Entrevista
Vocación de servicio en la medicina infantil: la historia de María Julia Orellano
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Sanfrancisqueña y especialista en traumatología infantil, repasa su formación, los desafíos de su profesión y el compromiso cotidiano de atender a niños en uno de los centros de salud más importantes de la provincia. “Hay veces que tengo que revisar un muñeco antes de revisar al chico”, confiesa.
A sus 38 años, María Julia Orellano construyó una trayectoria sólida dentro de la medicina, con un camino marcado por la formación constante, la experiencia en el sistema público y una fuerte dedicación al cuidado de niños y niñas. Médica egresada de la Universidad Nacional de Córdoba, su recorrido profesional implicó años de estudio, práctica y especialización.
“En la época que yo lo hice, había que hacer un año de cirugía general. Hice un año de cirugía general, después hice cuatro años de traumatología de adultos en el Hospital de Urgencias y después hice tres de traumatología infantil en el Hospital de Niños de la Santísima Trinidad”, explicó sobre su formación, que refleja la exigencia del camino elegido. Actualmente se desempeña en ese hospital pediátrico de referencia de la capital provincial, además de trabajar en el Hospital Municipal Gumersindo Sayago de Villa Carlos Paz, en consultorios privados y viajar una vez al mes a San Francisco para atender en la Clínica Regional del Este.
Su elección por la traumatología tiene raíces claras. “La traumatología siempre me gustó porque es muy resolutiva. Si algo está roto, buscamos arreglarlo, buscamos acomodarlo, entonces eso es muy resolutivo”, señaló en diálogo con Posta/ LA VOZ DE SAN JUSTO. Pero fue el vínculo con los pacientes más pequeños lo que terminó de definir su especialización: “Me llevo muy bien trabajando con ellos. La verdad que los niños son súper leales, súper sinceros”.
Nacida en San Francisco, donde reside su familia, Orellano cursó la primaria en la Escuela J. Bernardo Iturraspe y el secundario en el Colegio Superior San Martín. Desde allí inició un recorrido que la llevó a consolidarse como una profesional reconocida dentro de su especialidad, especialmente en el ámbito público.
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El día a día en el servicio de traumatología infantil está lejos de ser previsible. “A veces son días complejos. En consultorio hay muchísima gente, no solamente los pacientes con turnos, sino también todos los que vienen a la guardia, los fracturados y demás. Entonces, a los 15 turnos programados se les suma todo el resto y terminamos viendo unos 30 pacientes cada uno”, relató. A esa dinámica se suman las cirugías: “Tenemos cirugías de urgencia, que se hacen lo más rápido posible, y cirugías programadas, que son las que ya tienen una fecha asignada”.
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A lo largo de su carrera participó en innumerables intervenciones quirúrgicas. No lleva la cuenta exacta, pero sí conserva en la memoria algunos casos que la marcaron especialmente. “Casos complejos hay muchos, porque es un hospital de referencia y recibimos pacientes de toda la provincia e incluso de otras provincias como La Rioja, Catamarca o Santiago del Estero”, explicó. Entre ellos, recordó uno en particular, que la atravesó especialmente por su gravedad y por el contexto en el que ocurrió. “Una niña que había sufrido una explosión ingresó con una fractura expuesta. La operamos ese mismo día, después requirió otras cirugías y tuvo una muy buena recuperación”, contó. El hecho se remonta a 2023, cuando una explosión en una cámara séptica en una vivienda de la localidad de La Para provocó la muerte de un bebé de 10 meses y de un hombre de 35 años. Como consecuencia de la onda expansiva, la niña fue despedida y terminó arriba de un árbol, con múltiples heridas de consideración, salvándose de milagro. “Son situaciones muy duras, pero también son las que te marcan. Ver después la evolución y que pueda recuperarse es muy importante para nosotros”, agregó.
El impacto emocional de estos casos también forma parte del trabajo cotidiano. “A los padres se les intenta hablar con sinceridad y de la forma más clara posible para que entiendan lo que tienen los niños. Y cuando el niño está consciente, también hablamos con él. Nunca hay que subestimar el poder de la mente del niño, es increíble. Vos le explicás lo que vas a hacer, le pedís que te ayude y el niño responde”, aseguró.
Ese vínculo directo con los pacientes es, también, lo que sostiene su vocación día a día. “Me encanta trabajar con los chicos, me encanta divertirme con ellos, reírme, jugar. Hay veces que tengo que revisar un muñeco antes de revisar al chico. Y ellos te cuentan todo, desde el principio, qué estaban haciendo, cómo se lastimaron, con quién estaban. Trabajar con niños me encanta”, expresó.
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“La traumatología siempre me gustó porque es muy resolutiva. Si algo está roto, buscamos arreglarlo, buscamos acomodarlo”
La medicina ocupa gran parte de su tiempo. Aun así, Julia encuentra espacios para sus intereses personales. Realiza actividad física, viaja y practica buceo. “Soy buceadora certificada y en buceo avanzado”, contó. Sin embargo, reconoce que la profesión no se detiene: “Muchas veces estoy en mi casa o con mi familia y me llegan mensajes de pacientes, conocidos o colegas. Como somos pocos especialistas, me consultan para ver qué hacer en ciertos casos”.
En un contexto donde la falta de médicos se vuelve cada vez más evidente, Orellano deja un mensaje claro para quienes piensan en seguir ese camino. “Que lo hagan si les gusta y que elijan una especialidad que realmente les guste, porque lo van a hacer toda su vida. Esto requiere capacitación constante”, afirmó. En ese sentido, destacó su formación permanente: “El año pasado hice un curso avanzado de la Sociedad Argentina de Traumatología, ahora estoy haciendo uno de neuroortopedia y próximamente tengo otro en una asociación internacional”.
También se refirió a los avances tecnológicos en la medicina. “Desde poder ver radiografías en el quirófano hasta las historias clínicas digitales, todo ayuda. Incluso hay cursos sobre inteligencia artificial aplicada a diagnósticos y pronósticos”, señaló, aunque remarcó que estos avances no siempre llegan al mismo ritmo en todos los contextos.
El trabajo en el hospital, subrayó, es siempre colectivo. “Es un trabajo en equipo, por supuesto. En el Hospital de Niños tenemos un hermoso servicio, nos ayudamos entre todos”, afirmó. Y recordó sus inicios: “Cuando era estudiante venía a hacer guardias gratis, a ayudar. Ahí ya me gustó y supe que quería esto, aunque después fue difícil porque terminé la especialidad en pandemia y no había cargos”.
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“Los chicos tienen que jugar. A veces se caen y se lastiman, pero eso es parte de crecer. Hay que agradecer que son chicos sanos, que pueden correr, saltar y jugar”
En cuanto a las consultas más frecuentes, explicó que predominan las fracturas de muñeca. “Son las más comunes y tenemos protocolos para resolverlas en la guardia con sedación. También operamos muchas fracturas de codo”, detalló.
Finalmente, dejó recomendaciones para las familias. “Que no se desesperen, que busquen inmovilizar como puedan y que vayan con tranquilidad. No hay necesidad de poner en riesgo a toda la familia”, aconsejó. Y sobre la prevención, aportó una mirada clara: “Los chicos tienen que jugar. A veces se caen y se lastiman, pero eso es parte de crecer. Hay que agradecer que son chicos sanos, que pueden correr, saltar y jugar”.
Al hablar de la diferencia entre atender adultos y niños, fue contundente: “Al niño hay que explicarle todo lo que le vas a hacer, cómo lo vas a tocar, si le va a doler o no. El adulto ya está acostumbrado, el niño no”.
Con una carrera en pleno desarrollo, una fuerte presencia en el sistema público y una mirada centrada en el compromiso diario, Orellano sintetiza su forma de ejercer la medicina en una idea que repite como eje de su trabajo: sostener, todos los días, la vocación de servicio en cada paciente que llega a su consultorio o a la guardia.
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