Entrevista
Valentina Demarco: algo que vibra en el pecho
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A los ocho años, Valentina Demarco cruzó el umbral del Conservatorio 'Arturo Berutti' buscando un piano, sin saber que la música terminaría llevándola mucho más lejos que una partitura. Tras una vida de docencia y academia en San Francisco, un viaje inesperado hacia el corazón de Brasil transformó su pulso: hoy, entre los pasillos de la Escuela de Música de Brasilia, Valentina abraza el violonchelo para redescubrir su propia voz y aprender que, a veces, hay que deconstruir el silencio para volver a sonar
Por Manuel Ruiz
Valentina Demarco (31) dice que el primer estimulo que tuvo para acercarse al presente que construye a diario, lo tuvo a los 8 años. Ella, sentada en un pupitre de la escuela Mitre quedó maravillada con lo que una profesora de música del Conservatorio Superior de Música “Arturo Berutti” le contó sobre lo que significaba hacer música, tocar un instrumento. Ese día, cuando salió del colegio y le dijo a su madre que la llave al “Conser” porque quería ir. No sabía bien a qué y no sabía que instrumento iba a tocar hasta que la secretaria de la institución le apuro la voluntad con una característica frialdad “¿Qué instrumento queres tocar nena?”. La niña Valentina dijo sin saber bien porque, el piano.
Y entonces: una vida. Que hoy la encuentra en Brasilia, la capital de Brasil, estudiando y perfeccionando su capacidad para tocar el violonchelo en la Escuela de Música de Brasilia (Escola de Música de Brasilia) desde hace ya dos años de casi 23 siendo parte del Conser como alumna, y docente.
“En el Conser empecé cuando tenía 8 años. Empecé a estudiar piano. Ahí me formé musicalmente, y después que terminé la escuela, seguí el profesorado. O sea, no me fui nunca, hasta ahora. No me había ido nunca, porque después de que terminé el profesorado tuve la suerte de trabajar ahí también como profe”, cuenta Valentina que el día anterior tuvo una presentación con sus compañeros de la orquesta de la EMB en donde interpretaron conciertos de Bach y Vivaldi.
“A los 18 empecé a dar clases de piano, para juntar una platita para irme a Bariloche, y después formalmente, digamos, empecé a dar clases particulares de instrumento y ya recibida, empecé a dar clases en las escuelas, pasé por Ravetti, Isfa y Fasta. Di clases en distintas academias también, y en mi academia propia, que bueno, es un espacio que se llama "Ton y Son" Espacio Musical y que tengo desde ese entonces, y en el conservatorio, dando clases de piano y otras materias. Y en el medio de todo este trabajo, decidí irme a Villa María a estudiar la Licenciatura en Ciencias de la Educación hasta que volví en pandemia a San Francisco”.
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Hasta ahí, hasta hace unos años nomás, si bien cuenta Demarco tuvo experiencias con bandas y búsquedas fuera de la academia, la música parecía ser una gran hora cátedra. Primero como alumna y después como docente.
Hasta que un viaje, que terminó siendo otro gran viaje.
Un cello en Brasil
“A Brasilia vine a seguir el sueño de profesionalizarme en violonchelo. Esa era mi búsqueda, pero no sabía que se me iba a dar en Brasilia. Yo quería irme a Córdoba en ese momento, conocí a alguien y se abrió la posibilidad de estudiar en la escuela. Me preparé y me animé a rendir el examen de ingreso, y aposté con todo lo que eso implicaba. Ya va a ser dos años y medio ya que estoy acá, el trayecto que estoy haciendo es un título técnico con orientación en violonchelo que ofrece la Escuela de Música de Brasilia, y son seis semestres, o sea, tres años, yo estoy cursando ya el último año”, abre Valentina la narración de una experiencia que además de profesionalizante, está siendo algo mucho más profundo y que comenzó cuando la sonoridad de ese instrumento la envolvió en los pasillos del Conser.
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“Pienso al instrumento como herramienta para la vida, para mi ser música no pasa por ser concertista de cello, es otro perfil el mío. Quizás porque tengo otro recorrido. Pero también lo vivo el cello como un sueño. Lo encontré en el Conser, cuando se abrió la catedra, empecé a conocerlo y a vibrar con su sonido y después, al participar también en la orquesta juvenil, que siento que fue lo que me terminó de impulsar el sueño de sentir que quería ser parte de esa experiencia, de ver qué me pasaba con el cello y también de alguna forma, volver a encontrar mi musicalidad desde otro instrumento, como darme otra oportunidad también en mi música, en ser música. La formación en piano desde tan chiquita y en el Conser, es como muy académica, rigurosa en cuanto a partituras y a un método de estudio muy específico, entonces como que entrando al profesorado se me despertó un montón de dudas, de mí misma, de mi recorrido, de mi deseo de hacer música y era como deconstruirme para volver a construir en mí como otra forma de sonar, eso siento siempre”.
“Me identifico mucho desde la docencia y también siento que me resguarde mucho en ese lugar como música. Y hoy, esto que estoy haciendo me hace vivirlo distinto, escucharme distinto y buscarme de otra forma sin dejar la docencia de lado”.
Y las preguntas como notas de en una partitura, se mezclan, crecen, se aclaran Si se tiene el valor y la claridad de hacercelas y contestarlas, claro: ¿por qué el cello después de una vida al frente de un piano?
“Uno se hace esas preguntas porque agarré el instrumento más de grande y como que lo elegí desde otro lugar. Creo que primero me encantó el sonido, por eso llegué a esa aula, escuchando y viendo de qué se trataba eso. Me acuerdo que yo ya trabajaba en el Conser cuando abrieron la cátedra. Yo venía muy como el piano y había probado también otros instrumentos: he tocado el clarinete, tomé clases de guitarra, después me compré de caradura un charango y siempre mi idea fue no solo divertirme, sino aprender para poder llevarlo al aula, y mostrar otros mundos. Y el cello, me cautivó porque ya la toma, la posición que requiere para ser tocado es como de estar abrazando a otro y receptar el sonido desde esa vibración, tan cerquita del pecho…”. Esos tres puntos suspensivos son de satisfacción, la musicalidad de la voz de Valentina del otro lado del teléfono. Y el silencio en vez de una última palabra, lo intensifica.
Un cello, con los otros
“El cello es un instrumento muy artesanal, a mí me fascinaba eso. Primero, esto de la postura que te mencioné y segundo, artesanal en la forma de construir el sonido, o sea, moves milimétricamente el dedo y se te cambia todo y renegás de eso. A mí me sigue costando, me costó y me sigue costando el hecho de lo corporal, en lo técnico, que implica el instrumento, porque tuve una formación desde chica en el piano. Hay un montón de cosas que yo fui destrabando, o preguntándome con otra conciencia de mí misma y de lo que implicaba el instrumento para hacer música, y es saberse horrible en el proceso, una lucha de todos los días, gustarse y no gustarse, y seguir buscando. Por eso lo uso también como una conversación de alguna manera conmigo misma, diálogo que hago conmigo misma en esto de ser música que a veces tiene una luz un poco apagada y a veces logra brillar un poquito, porque bueno, la autoestima, las emociones, el sentir que se puede, lleva mucho trabajo detrás. Yo digo que a veces no nos enseñan del todo como es el oficio del músico, tenemos muy en claro el recorrido que hace un deportista y todo lo que tiene que entrenarse y prepararse y cómo son sus días, pero yo por lo menos no tenía muy en claro todo lo que demanda el instrumento en sí. De adolescente, uno lo hace sin pensar, cuando uno es chico, toca sin cuestionárselo y de grande siento que uno se hace otras preguntas, todo eso me vuelve loca del instrumento y también me hace soñar con el trabajo en la orquesta. La experiencia en la orquesta a mí me hizo soñar en tocar con otros, el hecho de ensamblarse con otros sonidos y escucharse con ellos. Yo venía del piano: solitario, la forma de estudiarlo y la forma de tocar, con el cello uno toca en la soledad de su casa y estudia, pero después, cuando lo lleva al trabajo grupal tiene que despertar otras escuchas, ensamblarse en la calidad de esos sonidos, en el tipo de dinámica que determina la obra, en la búsqueda de la composición o de la estética que uno quiere crear, entonces eso es una búsqueda de una riqueza más sonora que es muy divertida también”.
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Valentina anda viajando en músicas. Sobre todo en la suya. Mientras descubre sonoridades, se descubre: lo que piensa de la música, de interpretarla, de enseñarla, de sus estructuras, de lo colectivo. La chica que un día se fue del Conser lleva un cello en la espalda y anda en busca de más músicas que la acerquen a eso que quiere ser hasta que el ritmo de su vida suene a otra cosa.
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