Una tarjeta roja y una puerta abierta
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La habilitación del futbolista de la selección de Estados Unidos Folarin Balogun tras la intervención de Donald Trump ante la Fifa repite un patrón de conducta que ya no se ejecuta en las sombras. Las instituciones se debilitan cuando las excepciones a las normas se activan por influencia política.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
El ariete de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, pudo jugar en octavos de final del Mundial de Fútbol frente a Bélgica, pese a haber sido expulsado en el partido anterior. El combinado norteamericano perdió 4 a 1 y se despidió del torneo. La anécdota, sin embargo, es que pudo vestir la camiseta estadounidense después de que el presidente de su país interviniera ante las autoridades de la FIFA para que la sanción fuera revisada
No es la primera vez, ni será la última en la que la política se entromete con el más popular de los deportes. Aunque en este caso no sirvió de mucho. Episodios insólitos se recuerdan en la historia de los mundiales. Basta evocar al emir de Kuwait, Fahd Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, durante el Mundial de España 1982, quien no dudó en ingresar a la cancha tras un gol de Francia. Los jugadores del país árabe reclamaban que había sonado un silbato antes de la conversión. Se comprobó que provenía de la tribuna. Vestido con su túnica tradicional, el jeque encaró al árbitro soviético Miroslav Stupar para que anule la jugada. Y el juez aceptó. No alcanzó. La selección kuwaití lo mismo fue goleada.
En el episodio de 1982, la presencia física de un dirigente en el campo de juego alcanzó para alterar una decisión arbitral. El caso que comenzó con el llamado de Trump adquiere una lógica similar, puesto que no hizo falta ingresar al terreno ni desafiar al árbitro. Bastó con activar una excepción prevista en el código disciplinario de la Fifa, que permite revisar las sanciones impuestas a los jugadores expulsados. El debate se sostiene ante la sospecha de que su aplicación haya quedado condicionada por el peso político de quien la reclamó. Queda expuesta así la prepotencia que consiste en acomodar las normas a la conveniencia de quien se arroga el poder.
Al mismo tiempo, la explicación del presidente de la Fifa se ciñó a lo reglamentario, pero dejó ver un pragmatismo institucional difícil de evitar. Infantino defendió la independencia de sus órganos judiciales y admitió haber recibido un llamado de Donald Trump. Cedió frente al poderoso, pero actuó minimizando el episodio. Porque fue solo la llamada de un amigo con el que tiene lazos cordiales y es el líder de la Nación anfitriona. Hasta qué punto una excepción prevista por el reglamento puede considerarse ajena al peso político de quien la solicita, es un interrogante que inquieta.
Un estudioso de las teorías de Antonio Gramsci podría advertir allí una expresión de hegemonía. Es decir, la capacidad de un actor poderoso para obtener una decisión favorable, surgida de un interés particular, que será presentada y aceptada como una aplicación natural, neutral y legítima de las reglas.
Más allá del fútbol
Lo acontecido puede extenderse más allá de los protagonistas y del fútbol. En ambos casos la norma se ajusta al poder y no al revés. Algo que es tan antiguo como la política y recurrente en el fútbol. Y que tiene ejemplos en todos los rincones del planeta. Se reproduce en las organizaciones deportivas y en varios otros ámbitos. Cuando se habla de “secanucas” en la AFA queda claro el mismo patrón. Pero también cuando un banco central es presionado por las autoridades del Ejecutivo para emitir moneda que cubra los enormes déficits, cuando algún organismo regulador cede ante el poder o cuando se discuten los nombramientos en la Justicia. En algunos casos, aunque no se viole una regla, las conductas deterioran la fortaleza institucional porque dependen de la intención de complacer a quienes concentran el poder.
Para el histriónico mandatario norteamericano ganar una discusión es central, es hacer justicia. Más aún si existe algún resquicio legal que permita ser interpretado o utilizado. No importa el modo cómo se imponga la pretensión. El que manda tiene siempre razón. El riesgo de esta postura fue sintetizado en La Nación por la periodista Gail Scriven: “Trump cruza una línea roja cada semana, y cada vez más, el mundo es su patio de juego. Soy el jefe, les dice a sus pares del G7 en la cara. Pero cada vez emerge con más fuerza en Estados Unidos y en el resto del mundo la pregunta: ¿qué o quiénes pueden ponerle un límite?”.
En definitiva, la historia demuestra que el poder suele pretender ajustar las normas a su propia mirada, a sus intereses. Sí es una novedad que ya no se haga en las sombras. No hace falta forzar la entrada. Basta con que dejen la puerta abierta quienes deben resguardar las reglas.
