Una sábana que se volvió bandera
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Las multitudinarias celebraciones tras la clasificación a la final del Mundial volvieron a visibilizar un sentimiento nacional que durante largos períodos está integrado a la vida cotidiana. Por eso una simple sábana sobre Malvinas pudo adquirir un enorme valor simbólico.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Un aficionado la arrojó al campo de juego donde la selección festejaba el épico triunfo sobre Inglaterra. Giovanni Lo Celso y Lisandro Martínez la tomaron de sus puntas y la levantaron hacia la tribuna.
No era una bandera oficial. Mucho menos un documento diplomático ni una declaración gubernamental. Se trataba de una simple sábana de hotel convertida en pancarta. Algo que en cualquier otro contexto pasaría inadvertido se transformó luego del partido en un objeto con un valor simbólico extraordinario.
¿Cuál es la razón por la que un objeto precario, pintado con aerosol, puede adquirir esa potencia emocional? No es la sábana. Ni siquiera la frase, la misma que desde hace años puebla las carteleras y pizarrones de nuestras escuelas. Es el contexto en el que apareció.
La masividad del Mundial de Fútbol estableció el significado. Un campeonato que cada cuatro años rompe las prácticas de lo que el sociólogo -británico, vaya paradoja- Michael Billig denomina “nacionalismo banal”. Esto es, los mecanismos rutinarios y formas cotidianas por las que la Nación es recordada en forma permanente.
La escarapela en el pecho, la bandera en el mástil, los carteles sobre Malvinas son recordatorios que permanecen “mudos” hasta que alguna efeméride o la efervescencia social por algún acontecimiento los amplifica y les devuelve su poder. La bandera que antes colgaba desapercibida en un colegio ahora se reconvierte en pintura facial, en decenas de miles de camisetas celestes y blancas e insignias que pueblan las tribunas. Ocurre lo mismo en todas las latitudes, según Billig. Los símbolos nacionales adquieren su fuerza cuando una comunidad los rescata para expresar sus sentimientos y reforzar su identidad.
En este marco, es preciso señalar que la reivindicación argentina sobre las Malvinas existe desde hace casi dos siglos. Esa porción usurpada de nuestro territorio forma parte del sentimiento nacional. Un sentimiento amplificado por el recuerdo del conflicto de1982 y por el ejemplo de los excombatientes. También figura desde siempre en los mapas escolares, en los carteles de las rutas y, aun con idas y vueltas, es un tema permanente de política exterior. Antecede al Mundial. El fútbol es parte de nuestra identidad, pero no es el generador del reclamo. Sin embargo, enfrentar a Inglaterra lo hizo visible otra vez. Aquí sí una contienda deportiva disparó la emocionalidad que está instalada en los argentinos.
No todo es lo mismo
La polémica llegará pronto a su cima. Y la espuma dialéctica terminará por desvanecerse. Sin embargo, se hace necesaria una distinción. No toda apelación al sentimiento nacional supone lo mismo. Una cosa es reivindicar un reclamo de soberanía, ampliamente compartido por la sociedad argentina, y otra muy distinta convertir al rival en objeto de descalificaciones por su ideología o su origen nacional o étnico. Entre ambas posturas existe una gran diferencia que el fervor del Mundial no debería borrar. Los episodios registrados en distintos países, donde incluso se ha cuestionado la pertenencia nacional de futbolistas hijos de inmigrantes, muestran hasta dónde el nacionalismo puede derivar en expresiones xenófobas que nada tienen que ver con la defensa de una postura soberana.
No obstante, la respuesta a la pregunta del comienzo quizás sea más sencilla. Era esperable que aparecieran símbolos asociados al reclamo por Malvinas en el estadio de la ciudad de Atlanta. De todos modos, no se trató de una operación ideológica o de inteligencia ni de una declaración diplomática con pretensiones de incidir en la larga controversia sobre la soberanía de las islas. Tampoco resolverá la discusión sobre la conveniencia o no de haberse exhibido al final del partido.
Pero una improvisada pancarta confirmó que el fútbol puede ser el contexto propicio para convertir un objeto común en una expresión de pertenencia colectiva. Durante unos minutos, esa sábana pintada en un hotel expresó la necesidad de reconocernos en un "nosotros", sin exigirle a un plantel de jugadores que cargue sobre sus espaldas el peso del histórico reclamo por Malvinas.
