Análisis
Una respuesta a la “oficina de respuesta”
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El gobierno anunció una “oficina de respuesta” para vigilar y desmentir a la prensa, copiando el esquema de la Casa Blanca de Trump y reciclando mecanismos ya ensayados en la Argentina. Un avance que busca disciplinar la agenda pública y se cierne sobre la libertad de expresión.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
En el sitio web oficial de la Casa Blanca de los Estados Unidos se publica diariamente una página titulada “Media Bias” (https://www.whitehouse.gov/mediabias), en la que funcionarios de la presidencia exponen supuestas mentiras o desinformaciones atribuidas a la prensa estadounidense publica. Allí, el pasado viernes se pudo observar el logotipo de CNN, debajo de una frase condenatoria: “Engañoso, sesgado, expuesto”.
Si se sigue recorriendo ese portal, aparece el “Salón de la vergüenza de los delincuentes”, un registro de noticias falsas y engañosas que, según la Casa Blanca, habrían difudido los medios de comunicación. Luego, invita a desplazarse hacia abajo “para ver la verdad”. Inmediatamente asoma una suerte de tabla de clasificación de una “carrera hacia el abismo” que presuntamente protagonizan los principales medios de comunicación de los Estados Unidos.
En su esfuerzo por mimetizarse con el gobierno de Donald Trump, el presidente Milei, su asesor estrella en las sombras y el jefe de Gabinete anunciaron la creación de una “oficina de respuesta oficial” que tendría como misión patrullar las informaciones difundidas por los medios de comunicación y “desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios y la casta política”. Es decir, replicará lo que hace “Media Bias”.
La decisión de imitar esta arrogante, grotesca y agresiva actividad del gobierno contra el periodismo contra el periodismo en el país que se presenta como paladín de la libertad demuestra que la originalidad no es una cualidad frecuente entre nuestros actuales gobernantes, lo que se extiende también a buena parte de la dirigencia política. Más aún si se recuerda que durante el gobierno de Alberto Fernández se intentó un control similar cuando se lanzó un “Observatorio de la desinformación y la violencia simbólica en medios y plataformas digitales” (Nodio) o cuando durante el mandato de Cristina Kirchner funcionó la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.
Con una claridad casi nunca tan nítida, queda expuesta una maniobra oficial para que militantes digitales y voceros del pensamiento gubernamental intenten manejar la agenda pública, etiqueten como falsas informaciones “inoportunas” y cercenen la crítica y los disensos. Peor aún: están copiando las peores prácticas de los gobiernos kirchneristas contra la libertad de prensa y expresión.
Que el periodismo todavía se esté adaptando al nuevo ecosistema de medios en el que cualquiera puede lanzar informaciones y opiniones sin argumentación lógica, generando una selva mediática que todo confunde y ciénagas en las que la violencia discursiva está de moda, no implica que su función social haya dejado de ser relevante. Por lo menos así lo consideraban muchos dirigentes hoy oficialistas que denunciaban estos atropellos, pero esta vez guardan incómodo silencio.
Episodios de imitación como éste revelan cierta pobreza intelectual de dirigentes obsesionados por dominar -a cualquier precio- las voluntades ciudadanas. Joseph Pulitzer, en tiempos igual de agitados, pero más románticos y no cargados del actual escepticismo, escribió que “el periodismo difunde inteligencia como el sol difunde luz”. No siempre ocurre así. Pero la vigencia de la libertad de prensa, imprescindible para satisfacer el derecho de la ciudadanía a estar informada, interpela cada día a quienes abrazan con rigor y pasión este oficio en tiempos en los que predominan los nubarrones.
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