Todavía está
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Sigue desafiando al tiempo, a las críticas y a esa ansiedad que provoca imaginar el fútbol sin él. Después de ganar todo, de conmoverse hasta las lágrimas y de convertir cada partido en una promesa de belleza, persiste una certeza: mientras Messi vista la celeste y blanca, la ilusión argentina tendrá un motivo para seguir latiendo.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Un adulto de casi 40 años llora como un chico al final de un partido de fútbol. Acaba de liderar una de las remontadas más memorables de la historia de los mundiales. Ya ganó todo lo que podía ganar. Lo que se le pedía y hasta lo que no se le exigía. Hace tiempo que superó el reproche estulto de muchos -muchos en serio- que hoy lo alaban, pero durante años dictaban sentencia: no cantaba el Himno, no sentía la camiseta o no obtenía títulos con ella, la misma que vuelve a vestir ese martes al mediodía.
Todavía debe soportar a ideólogos que le espetan acusaciones por “no estar del lado correcto de la vida”, que es el de ellos y el que exigen que todos transitemos. Y aguantar también a miles de voces airadas que profieren sinsentidos esparcidos por las redes sociales.
El tipo llora. ¿Qué se puede decir de él que no se haya dicho? Mirá si va a ser tibio. Continúa siendo objeto de comparación, a veces intencionadamente aviesa, con el genial Diego. A lo largo de dos décadas nadie como él logró encarar y atropellar -en el buen sentido- a sus rivales. Consiguió el milagro de que la pelota sea una extensión de sus pies. Aún regatea con el encanto de los elegidos. Cuando camina en la cancha analiza la mejor alternativa. Sigue batiendo récords. Tiene un romance perenne con las redes rivales. No genera conflictos. Respeta. Y se hace respetar.
Hace 11 años, luego de dos finales perdidas, este cronista recordó en LA VOZ DE SAN JUSTO cómo nació su pasión por el fútbol. Y evocó a Rojitas, una de las máximas figuras de la historia de Boca Juniors, a quien nunca vio jugar, que solo ganó un par de títulos locales, pero sigue siendo una referencia personal ineludible. Es que, en tiempos de escasas pantallas, la radio despertaba la imaginación. La idea de aquella nota pasaba por señalar que, incluso sin títulos, ese adulto que llora ya significaba un canto a la belleza del deporte más bonito. Había que darle las gracias y pedirle perdón por tanto destrato. Porque, como casi siempre sucedía, cuando se hacía del balón podía ocurrir lo imposible.
Como ocurrió en ese tremendo partido del martes. El que al finalizar lo hizo lagrimear.
Aquellas reflexiones de hace más de una década se basaron en un texto del periodista catalán Martí Perarnau, publicado en el portal español Sport en julio de 2015, que vale la pena releer: “Cuando ya no esté, el fútbol nos parecerá un deporte diferente y habrá un gran vacío. Se vivirá un duelo inmenso, largo como un ayuno. Un duelo de proporciones colosales. Un vacío en el estómago del fútbol. Cuando no esté cambiará nuestra mirada sobre el fútbol porque andaremos angustiados recordando lo que fue y ya no es. Porque es lo más próximo a una certeza. Es la certeza de que ocurrirá lo impensable, lo incierto, lo improbable. Que por difícil que sea, sucederá”.
Continúa Perarnau: “Cuando ya no esté, el balón será un huérfano en busca de alguien que lo acune y le pasee por caminos divertidos. Harta de ser maltratada, la pelota será la primera que llorará por el adiós de quien tanto la quiso. Ya llora un poco ahora que Xavi se va y Pirlo empieza a irse. Lloró cuando Zidane se fue y Ronaldinho se aniquiló, pero nada será comparable a su adiós, que abrirá un paréntesis sin final, un agujero ignoto. Cuando no esté, el tiempo dará marcha atrás y regresaremos a algún lugar prehistórico donde todo vuelva a empezar, de nuevo la larga marcha en busca del elegido”.
Durante años, ganaban el partido las voces de la crítica, a veces despiadada. Cuando el pitazo final parece estar asomando, esos cultores del pesimismo pierden fuerza. Ya no tienen razón de ser. Se van diluyendo en las lágrimas de ese chico de casi 40 años.
Quizás vuelva a suceder lo de Qatar y dentro de una semana volveremos juntos a llorar de alegría. O quizás esta noche, tras el partido con Suiza, ya no esté más con la celeste y blanca. Y lagrimearemos junto a él.
Pero mientras los quizás no se conviertan en certezas, una expectativa hermosa y contradictoria sacude a millones de argentinos habituados a sufrir por un resultado y también a disfrutar de su magia.
Es verdad: el tiempo dará marcha atrás cuando deje la selección. El vacío será inmenso. Y la pelota llorará.
Pero tranquilos. Messi todavía está.
