“Termosellar”, una costumbre
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El verbo no existe en el diccionario de la RAE. Pero las bolsas plásticas con dólares en un vestidor ofrecen una metáfora adecuada para describir una práctica habitual de la política nacional. Una forma de coherencia selectiva que permite seguir adelante sin aprender, corregir ni cuestionar.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Una mujer recorre cámara en mano un vestidor de dimensiones exageradas, casi un departamento dentro de otro. Mientras filma, abre cajones, cajas, valijas. Adentro, ordenados con una prolijidad elogiable, se observan fajos de dólares en bolsas de plástico termoselladas. Todos organizados. Casi con la fecha en la que llegaron a ese vestidor.
No es difícil hacer inferencias. Alguien pensó que esa montaña de dinero iba a durar mucho tiempo allí, hasta que fuese posible disfrutar de semejante suma. Y alguien decidió registrar imágenes. Las razones por las que lo hizo importan menos que la escena de dinero
cuidadosamente preservado, aislado y protegido del paso del tiempo.
Los billetes sellados, ordenados y apilados en un vestidor funcionan como metáfora de una costumbre que existe en la Argentina desde hace varias décadas. Alguna parte de su dirigencia practica el termosellado como modo de gestionar la realidad para que los hechos no modifiquen su narrativa.
Encapsulando a Adorni
Utilizando la lógica esgrimida por el todavía hoy jefe de Gabinete en su intento por explicar su crecimiento patrimonial, sería posible afirmar que Martín Insaurralde hubiese “ahorrado en negro como todos los argentinos”. Pero Manuel Adorni no podría hoy salir a “defender” a quien ocupó un cargo similar en el actual gobierno de la provincia de Buenos Aires. Sus desventuras mediáticas y judiciales se lo impiden. Mucho más luego de las fallidas explicaciones sobre su patrimonio que obligaron a reproducir el mecanismo clásico de esconder, guardarse y esperar.
Frente a esa realidad, la decisión fue encapsular. Termosellar a Adorni, despojarlo de algunas de sus funciones y manejar los tiempos en el Congreso para evitar la interpelación y una posterior moción de censura. Retirarlo de la primera plana mientras se espera que los hechos permitan decidir si se lo rescata o descarta.
No obstante, la operación de “guardado” no alcanzó la prolijidad de los fajos alojados en el vestidor de Insaurralde. Porque la envoltura narrativa que pretende morigerar el impacto choca con la épica discursiva de un gobierno que construyó buena parte de su capital afirmando que venía a combatir los privilegios de la vieja casta política. Y también porque la maquinaria de termosellado libertario todavía está en construcción. Se está fabricando en tiempo real. En esto difiere del kirchnerismo, que ya lo tiene consolidado. La diferencia está en el grado de desarrollo de las acciones tendientes a proteger el relato cuando los hechos amenazan con desmentirlo.
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El termosellado ideológico
El caso de los billetes de Insaurralde le quita -otra vez- el velo al ya varias veces expuesto termosellado kirchnerista. Los espacios políticos construidos alrededor de un ideas férreas o de liderazgos intensos se articulan en la forja de una identidad ideológica definida. Y crean su propio sistema inmune. Cuando un hecho los amenaza, se activan anticuerpos que no modifican creencias, sino que adaptan los hechos al discurso. Se cava una trinchera en la que la posverdad florece.
El kirchnerismo duro es dueño de una narrativa repetida sobre la condena de Cristina Fernández de Kirchner. La Justicia no es independiente, los jueces responden al poder de turno, los tribunales son una herramienta de persecución política, las causas son construcciones destinadas a eliminar a la única líder capaz de representar al pueblo. Lawfare, exclaman.
Y entonces, aparecen los videos de Cirio e Insaurralde. Y los hechos deben reinterpretarse.
El ministro bonaerense Carlos Bianco, vocero del gobierno de Kicillof, aseguró que el caso "deberá esclarecerlo el Poder Judicial, que determinará de dónde provienen esos fondos y, si se comprueba la existencia de un delito, definirá las sanciones que correspondan". Ninguna referencia a lawfare. Ninguna sospecha sobre los jueces. Ninguna mención a la persecución política. La Justicia, de repente, es un árbitro confiable al que hay que dejar trabajar.
Se asiste de este modo a un termosellado ideológico en el que se procura descomponer una contradicción evidente. Es verdad que son situaciones judiciales diferentes, difíciles de equiparar y con expedientes que transitan instancias distintas. La cuestión es el cambio de valoración que se hace del Poder Judicial. Entonces, surge el interrogante: ¿por qué el Poder Judicial es una herramienta de persecución cuando el expediente tiene el nombre de Cristina, y una instancia confiable cuando tiene el de Insaurralde?". Más allá de las críticas legítimas que puedan formularse sobre el funcionamiento de la Justicia, son los jueces quienes deben determinar responsabilidades en ambos casos.
Es una postura que exhibe inconsistencias y reflota la lógica del termosellado. Una costumbre que refleja la mayor o menor capacidad de cualquier espacio político para procesar un hecho incómodo sin alterar su discurso. Si el escándalo viene de adentro y daña la imagen, se protege al protagonista hasta que resulta imposible hacerlo. En ese momento, se lo eyecta y se sigue. Si el escándalo viene de afuera, se interpreta como persecución, se denuncia y se sigue.
No se aprende, no se corrige, no se cuestiona. La máquina selladora no distingue el contenido de su envase. Solo importa que el paquete se cierre para seguir.
