Sandra Valdemarín: "Incorporé a la biblioteca como una parte más de mí"
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La profesora de Historia recientemente jubilada y presidenta del Centro Cultural y Biblioteca Popular San Francisco, Sandra Valdemarín llegó como lectora y terminó siendo una de las personas que ayudó a rescatar la institución cuando atravesó su peor crisis.
Hay historias que comienzan con un cargo, una elección o una responsabilidad institucional. La de Sandra Valdemarín empezó mucho antes, cuando apenas era una niña que descubría el placer de leer. No hubo un hecho extraordinario ni una escena puntual que marcara ese inicio. Simplemente, en su casa los libros formaban parte de la vida cotidiana y la lectura era un hábito tan natural como cualquier otro.
Ese vínculo temprano terminó moldeando buena parte de su recorrido personal y profesional. Primero como estudiante, luego como profesora de Historia y, con el paso de los años, como una de las personas que más tiempo y esfuerzo dedicó a sostener el Centro Cultural y Biblioteca Popular San Francisco, una institución que este año celebrará su centenario.
"La lectura tiene que ver un poco con lo que uno elige. Cuando uno arranca de jovencito a leer, mucho depende del ámbito familiar. Leer en tu casa es lo más importante. Yo leía todo, hasta los fascículos de las colecciones. Después fui desechando qué me gustaba y qué no", destacó a Posta.
Aquellos primeros años estuvieron marcados por una curiosidad permanente. Mientras otros chicos encontraban entretenimiento en distintas actividades, ella elegía abrir un libro. Con el tiempo comenzó a seleccionar autores, temas y géneros. La Historia ocupó un lugar central, impulsada también por la profesión que eligió, aunque nunca dejó de ampliar el horizonte hacia otras lecturas.
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Su llegada a la Biblioteca Popular de San Francisco tampoco fue producto del azar. Antes de radicarse en la ciudad ya era socia de la Biblioteca Cultura y Progreso de Morteros, su lugar de origen. Cuando se mudó, sintió que debía volver a encontrar ese espacio que siempre había acompañado su relación con los libros.
Durante muchos años fue simplemente una usuaria más. Entraba, recorría los estantes, retiraba algún ejemplar y volvía a su rutina. Nunca imaginó que algún día terminaría presidiendo la institución. "Hace más de treinta años que vengo a la biblioteca. Desde que llegué a San Francisco me hice socia y seguí viniendo siempre. Primero era solamente buscar libros; después el compromiso fue exigiendo otras cosas", comentó a Posta/LA VOZ DE SAN JUSTO.
Ese compromiso comenzó a crecer cuando realizaba una investigación académica para una tesis. El trabajo analizaba cómo circula la información dentro de distintos espacios de la comunidad y uno de los casos elegidos fue precisamente la biblioteca. Lo que inicialmente era una investigación universitaria terminó convirtiéndose en una mirada mucho más profunda sobre el funcionamiento de la institución. A medida que avanzaba en ese trabajo fue encontrando una realidad que no esperaba. Detrás de las estanterías repletas de libros aparecían problemas administrativos, dificultades económicas y una organización que atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia.
"Estoy hablando de 2008, 2009 y 2010. Ahí empiezo a ver las problemáticas de la biblioteca: cuestiones administrativas, de gestión, balances que no se presentaban y muchas dificultades para sostener el funcionamiento cotidiano", recuerda.
Lo que ocurrió después fue casi espontáneo.
"No me involucré sola. Se armó un grupo de gente espectacular. Había profesores, arquitectos, docentes, amas de casa y vecinos. Todos entendimos que la biblioteca necesitaba ayuda y empezamos a reunirnos para ver qué podíamos hacer", recordó.
La decisión de involucrarse
A medida que avanzaban las reuniones, Sandra y el resto del grupo fueron descubriendo que la situación era incluso más delicada de lo que imaginaban. No se trataba únicamente de balances pendientes o de cuestiones administrativas sin resolver. Había problemas estructurales que comprometían el funcionamiento de la institución y ponían en riesgo su continuidad.
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"En ese momento la biblioteca tenía una situación muy crítica. Había tres o cuatro años que no se hacían balances, no se daban a conocer las cuentas a los socios y había una estructura que generaba gastos que la institución no podía sostener", destacó.
No habla desde el dramatismo, sino desde la memoria. Han pasado más de quince años de aquellos acontecimientos, pero todavía recuerda la incertidumbre de esos días. La posibilidad de perder la personería jurídica y hasta el cierre definitivo dejaron de ser rumores para convertirse en una amenaza concreta.
Fue entonces cuando un grupo de socios decidió dejar de ser solamente usuarios de la biblioteca para asumir una responsabilidad mucho mayor. "Nos empezamos a juntar fuera de la biblioteca. Éramos personas muy distintas entre nosotros, pero todos coincidíamos en que había que salvarla. Así nació ese grupo que después terminó haciéndose cargo de la institución", cuenta. Aquella movilización desembocó en una asamblea que marcó un antes y un después en la historia de la institución.
Hace apenas unos meses se jubiló como profesora de Historia. Durante décadas debió repartir su tiempo entre la docencia, la familia y el trabajo voluntario dentro de la biblioteca. Ahora dispone de más horas para dedicarle a una institución que, según reconoce, forma parte de su vida cotidiana.
"Aunque sea vengo a ver a las chicas que están trabajando, a charlar un rato o a ver qué hace falta. Es un lugar de encuentro, de tranquilidad, donde hablamos de libros, compartimos lecturas y pensamos actividades", cuenta.
Esa idea de encuentro es la que, según Sandra, explica por qué la biblioteca sigue teniendo sentido en una época en la que muchas personas creen que todo puede resolverse desde una pantalla. Lejos de ser un sitio silencioso dedicado únicamente al préstamo de libros, el edificio mantiene una intensa actividad cultural durante todo el año. Presentaciones de libros, talleres, música, cine, debates y exposiciones conviven con la función tradicional de cualquier biblioteca popular.
La institución también mantiene una renovación permanente de su patrimonio bibliográfico. Sandra calcula que actualmente poseen más de 40.000 ejemplares, aunque reconoce que resulta difícil establecer una cifra exacta porque continuamente ingresan nuevos títulos y otros dejan de formar parte del catálogo.
"Todos los años incorporamos alrededor de 180, 200 o 250 libros nuevos. También se hace un expurgo de materiales que ya cumplieron su ciclo. La biblioteca está viva, se renueva constantemente. Esa imagen me parece importante porque mucha gente cree que es un lugar oscuro, viejo, detenido en el tiempo, y no es así", afirmó.
Esa renovación también puede verse en el edificio. Los murales que hoy llaman la atención de quienes pasan por la vereda fueron posibles gracias al compromiso de artistas que ofrecieron su trabajo de manera desinteresada.
El privilegio de llegar a los cien años
Mientras conversa, la actividad en la biblioteca no se detiene. Hay presentaciones de libros, talleres, reuniones y una agenda cargada de propuestas para celebrar un acontecimiento muy especial: los 100 años de la institución.
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Sandra habla del aniversario con emoción. No solamente porque le toca presidir la comisión en este momento, sino porque conoce el recorrido que hubo que hacer para llegar hasta aquí.
"Es un privilegio que nos toque estar trabajando justo cuando la biblioteca cumple cien años. Venimos transitando momentos buenos y otros no tanto, como toda institución, pero poder llegar a este aniversario es una enorme satisfacción", afirma.
Las celebraciones incluyen presentaciones de escritores sanfrancisqueños, espectáculos musicales, charlas sobre libros prohibidos durante distintos períodos de la historia argentina, actividades junto al Cine Club y múltiples propuestas culturales abiertas a la comunidad.
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