Qué y cómo
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La política suele ser eficaz para explicar qué sucede y qué se propone, pero menos para responder cómo se alcanzarán los objetivos. La actualidad económica del país vuelve a exponer esa distancia, que no es patrimonio de un gobierno y que las redes sociales amplifican.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
A lo largo de la historia, pero mucho más en este tiempo signado por la proliferación de medios y técnicas de comunicación masiva, la política ha solido ser muy eficaz para decir qué está pasando, qué se ha logrado, qué se viene para el futuro y por qué la sociedad debe confiar. Sin embargo, mucho menos clara y transparente ha sido cuando llega el momento de explicar cómo se llegará desde la situación actual hasta ese futuro venturoso que se promete.
Cuando el qué y el cómo dejan de tener relación directa, el relato político puede seguir siendo funcional, pero empieza a perder su capacidad para explicar la realidad que vive la gente. La Argentina, la actual y la de las últimas décadas brinda ejemplos contundentes de esta contradicción.
Los qué proclamados por Milei son los mismos del comienzo: estabilización de la macroeconomía, superávit fiscal, disminución de la inflación y recuperación de la actividad que llegará como consecuencia de las reformas y desregulaciones aplicadas. Este esquema es el que defendió el presidente, haciendo alarde -otra vez- de su intemperancia, en el discurso que pronunció en la reunión del Council of the Americas días atrás.
No obstante, las negativas tajantes y los airados cuestionamientos presidenciales frente a la creciente demanda social para que los frutos del ordenamiento lleguen a la vida cotidiana parecen haber abierto tímidas grietas en el seno del gobierno. Otras voces del oficialismo plantean una reformulación de ese qué. El ministro de Economía, Luis Caputo, reactivó un verbo que no figuraba en el relato gubernamental. Precisamente, habló de reactivar. Y la senadora Patricia Bullrich admitió la necesidad de acercar a la ciudadanía los beneficios de la consolidación macroeconómica.
Aun admitiendo que estas posibles contradicciones sean parte de una estrategia comunicacional en la que Milei le habla solo a sus más militantes y Caputo y Bullrich bajan el tono y procuran insuflar una dosis realismo, el cómo surge con fuerza. ¿Cómo se consigue que los beneficios prometidos dejen de ser una expectativa?
El verdadero problema
Así las cosas, el gobierno parece tener relativamente claro el qué, pero no cómo traducir la estabilización en crecimiento que trascienda a todos los sectores. Es decir, cómo se traduce el ordenamiento macro en crecimiento, empleo, consumo, inversión y mejora de los ingresos, entre otras variables.
Este problema no es solo económico. La cercanía del proceso electoral acentúa su contenido esencialmente político. Si la decisión es resistirse a revisar o corregir, mostrarse inflexible y no ampliar la agenda pública, un qué consistente no encontrará un cómo capaz de convertir la promesa de transformación en una experiencia cotidiana.
Por cierto, incluso soslayando los modos extemporáneos y hasta groseros de las apariciones públicas del presidente, la distancia entre relato y realidad no es una característica original de la gestion libertaria. Tampoco una particularidad del mileísmo o el kirchnerismo. Ni siquiera es un “invento” argentino. Es un hecho palpable en la mayoría de las democracias, que ha contribuido a la crisis de las instituciones, al desprestigio de la dirigencia y a la reaparición de experiencias populistas o autoritarias que convierten determinadas interpretaciones en verdades difíciles de discutir.
Para peor, la lógica de las redes sociales multiplica esta capacidad. En esas burbujas, ya no se comunica solo una interpretación de la realidad, sino que cada ciudadano recibe una narrativa que se amolda a sus propias convicciones y tiende a rechazar cualquier otra.
De todos modos, la política siempre necesita relatos que contemplen los qué y los cómo. El problema asoma cuando esos relatos niegan aspectos de evidentes de la realidad y reemplazan a la explicación de los hechos. Porque el qué puede convencer durante un tiempo, pero el cómo es lo que finalmente permite verificarlo.
En definitiva, un gobierno, el de Milei o cualquier otro, puede difundir información y estadísticas para sostener que la economía está mejorando. Es posible que esos datos armonicen con la verdad. Pero las demandas seguirán creciendo si el relato político se conforma con decirnos en qué debemos creer y no puede responder cómo la promesa se convierte en realidad.
