Entrevista
“No le tengo miedo a la muerte, sino a no vivir”: Gustavo Rosso tras el accidente
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El triatleta sanfrancisqueño sufrió un grave accidente el pasado 24 de febrero mientras entrenaba en la autovía 19. Estuvo en estado crítico, atravesó varias cirugías y hoy encara una recuperación para volver a competir a fin de año. En una entrevista profunda, reconstruye lo ocurrido, reflexiona sobre el riesgo, la muerte y el sentido de la vida, y pone en palabras el valor del acompañamiento y el amor.
Por Luis Giordano
El 24 de febrero no tenía nada de distinto en la rutina de Gustavo Rosso. Como desde hace más de una década, su día comenzó temprano, entre el trabajo, la organización de su jornada y el entrenamiento. Ese martes le tocaban tres horas de ciclismo en la Autovía 19, un escenario habitual para alguien que compite en pruebas de larga distancia. “Fue un día más normal de los días de mi vida, en lo cual me levanto, desayuno, trabajo y entreno. Eso es lo que hago todos los días en los últimos 14 años. Ese día me tocaban tres horas de bici y salí a hacerlo como todos los martes, jueves y sábados”, comentó a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO, poniendo en contexto una rutina que no es casual, sino parte de una preparación exigente que incluye entre 250 y 300 kilómetros semanales.
Había salido a entrenar con Franco Tesio, aunque su compañero terminó antes y regresó. Gustavo continuó solo, como muchas veces. Faltaban unos 200 metros para la rotonda de ingreso hacia Frontera cuando la escena cambió por completo. “Veo un camión sojero que venía pegado a la línea blanca, que es donde voy yo para no molestar. Cuando vuelvo a mirar, ya estaba sobre la línea y viniéndose encima. Para un camión es un movimiento mínimo, de 50 o 70 centímetros, pero para mí es que se me venga encima directamente”, relató. En ese instante, la reacción fue automática: intentar abrirse hacia la derecha, aunque el margen era prácticamente inexistente. “Lo único que pude hacer fue tirarme hacia la derecha, pero ahí están los reductores de velocidad que para un auto no son nada, pero para una rueda fina de bici son enormes. Golpeo ahí y salgo despedido”, recordó.
El impacto, el cuerpo y el riesgo de vida
El golpe fue violento. Venía a unos 40 kilómetros por hora y el cuerpo no tuvo tiempo de absorber nada. “Golpeo la pierna, siento que toco el camión, vuelo y caigo. Primero la cabeza, después la clavícula y las costillas. Ahí es donde se rompe todo”, explicó. El diagnóstico posterior confirmó la gravedad: tres costillas fracturadas —una de ellas desplazada hacia el pulmón— y la clavícula partida en cuatro. Pero el momento más delicado fue inmediato. “Ahí estaba el riesgo de vida, porque el pulmón empieza a contraerse. Fueron 48 horas críticas en las que podía pasar cualquier cosa”, aseguró.
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A pesar de la violencia del impacto, nunca perdió el conocimiento. “Estuve consciente todo el tiempo. Cuando me caigo, lo primero que hago es levantarme, porque lo tengo incorporado de correr motocross: lo más grave no es caerte, es que te vuelvan a chocar”, dice. Esa reacción le permitió salir de la ruta y ganar unos metros, aunque rápidamente su propio cuerpo le indicó la gravedad de la situación. “Empiezo a respirar y siento como burbujea. Eso significa que el pulmón está pinchado. Ahí ya sabía que la cosa venía complicada”, agregó.
La espera, el dolor y una ayuda clave
En medio de esa situación, tomó una decisión rápida: pedir ayuda y avisar. “Lo primero que hice fue subir a la bici y hacer los metros que me faltaban para llegar, después llamé por teléfono, avisar lo que había pasado y decir que me esperen en el sanatorio. Sabía que no estaba bien”, relató. La espera de la ambulancia se volvió eterna. “Al principio el cuerpo te neutraliza el dolor, pero después de los 20 o 30 minutos aparece todo junto. Y cada vez respiraba menos”, describió.
En ese momento apareció una figura que hoy destaca con especial énfasis: Pablo Cozzi, un ciclista que se detuvo y se quedó a su lado. “Había un chico que me vio, se quedó conmigo, me hablaba. Yo necesitaba mantenerme despierto y él estuvo ahí todo el tiempo. Eso fue clave, porque en ese estado te podés caer, te podés ir”, recordó. Esa compañía, en medio de la ruta, se volvió determinante hasta la llegada de la ambulancia y el traslado al sanatorio.
Una recuperación que sigue
El ingreso al Sanatorio Argentino marcó el inicio de la etapa más crítica. Gustavo atravesó días complejos, con riesgo de vida y múltiples intervenciones. “Gracias a Dios y a la pericia de los médicos salí adelante. Fueron 48 horas muy delicadas, donde el pulmón podía seguir desinflándose y no había mucho margen”, explicó. En su relato, menciona especialmente a los doctores Matías Gandolfo, Hernán Butus y Javier Dona, además de todo el equipo del Sanatorio Argentino. “Volví tres veces a quirófano, estuve mucho tiempo internado y todavía me queda una intervención más. La atención fue increíble, desde terapia hasta enfermería”, destacó.
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Sin embargo, la recuperación no fue lineal. A la fractura de clavícula se sumó una complicación inesperada: una bacteria. “La operación salió perfecta, pero entró una bacteria que me generó un problema y me atrasó todo. Hoy, más de 40 días después, sigo con la clavícula con problemas”, cuenta. El dolor sigue presente y limita su movimiento. “Los huesos se mueven, se golpean entre sí y duelen. Es una sensación muy fuerte. Me queda al menos un mes más para resolverlo y después recién empezar la rehabilitación”, agregó.
El sostén: familia, ciudad y amor
En ese proceso, el acompañamiento fue fundamental. Gustavo no duda en remarcarlo. “Ahí te das cuenta de todo. De quién está, de quién aparece, de la gente que se preocupa de verdad”, dice. Agradece a su familia, a su entorno cercano y también a la comunidad. “La cantidad de mensajes que recibí de la ciudad fue inconmensurable. Es increíble. No pude responder a todos, pero lo sentí y lo valoro muchísimo”, afirmó.
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Pero si hay un nombre que atraviesa todo su relato es el de Maru, su pareja. “Los primeros 30 días yo no me podía mover. Ella me levantaba, me llevaba al baño, me bañaba, me cambiaba. Todo. Cuando una persona hace eso durante 30 días y lo hace con una sonrisa, eso no es normal. Eso es amor”, expresó con los ojos húmedos. La relación comenzó en agosto del año pasado, pero el accidente marcó un antes y un después. “Uno puede compartir, viajar, salir, pero cuando estás en una situación así, donde sos una bolsa de huesos que no puede ni levantarse, ahí conocés realmente a la persona. Y ella no se movió de mi lado”, agregó.
La pérdida y la vida que sigue
La historia personal de Gustavo ya había sido atravesada por el dolor. En 2009, su esposa Solange Magnano falleció producto de una mala praxis médica. Una pérdida que lo marcó profundamente. “Son golpes que te cambian para siempre. Pasás por el enojo, por negar, por escapar, hasta que aceptás. Y cuando aceptás, recién ahí podés abrir otra puerta”, recordó.
Hoy, con otra mirada, puede hablar también del presente. “La madre de mis hijos fue el amor de mi vida, pero hoy puedo decir que Maru también es el amor de mi vida. La vida me dio otra oportunidad y este accidente, dentro de lo negativo, me confirmó lo que siento”, aseguró.
La muerte, el miedo y el sentido de vivir
Su relación con la muerte no es teórica. Forma parte de la cuarta generación de Rosso Hermanos, la empresa funeraria fundada por su bisabuelo. “Convivo con la muerte todos los días. Veo situaciones de todo tipo. Y te puedo asegurar algo: es la única certeza que tenemos”, afirmó.
Sin embargo, su mirada es clara. “No le tengo miedo a la muerte. Le tengo miedo a no vivir lo que quiero vivir y a sufrir antes de morir. Eso sí me da miedo”, explicó. El accidente lo enfrentó a ese límite de manera concreta. “Cuando llego a terapia y me dicen que estaba en riesgo la vida, ahí tuve miedo. Pero miedo a no seguir, a no poder vivir todo lo que quiero vivir”, agregó.
La ruta, el riesgo y la decisión de volver
Lejos de buscar culpables, Gustavo asume su posición. “Yo tengo claro que el que no tiene que estar en la ruta soy yo, no el camión. El camionero está trabajando”, sostiene. No hubo contacto con el conductor. “No paró, pero es entendible. En la ruta pasan estas cosas”, dice.
Aun así, no piensa dejar de entrenar. “En dos o tres meses voy a estar de nuevo entrenando. Es así. Lo tengo claro”, afirmó. Y lo explica con una lógica propia: “Si algo te hace feliz, no lo dejás por miedo. Vivir es riesgoso. Desde que nacemos, puede pasar cualquier cosa”.
El objetivo: volver al Ironman
Hoy, la prioridad es recuperarse. Mantener la cabeza fuerte y el cuerpo lo más activo posible dentro de las limitaciones. “Estoy haciendo lo que puedo para perder la menor cantidad de masa muscular y estar listo para cuando pueda volver”, explica.
El horizonte está puesto en noviembre. “Si Dios quiere, voy a correr el Ironman. Y si no, será el siguiente, pero voy a volver”, asegura. La fecha no es casual: coincide con el aniversario del fallecimiento de Solange. “Siempre elegí noviembre. Es una forma de estar, de recordar, de seguir”, concluye.
El accidente lo puso frente a la fragilidad. Pero también reforzó sus certezas. Gustavo Rosso lo resume sin vueltas: “Cuando tenés motivos para vivir, no te querés morir”.
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