Análisis
No hubo nocaut, tampoco victoria
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El jefe de Gabinete cumplió con el rito institucional ante el Congreso, pero dejó abiertas las preguntas de fondo. Resistió el embate opositor, sin lograr despejar las dudas que erosionan su credibilidad pública.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Bajo aplausos y vítores ingresó al ring de la Cámara de Diputados. “¡Vamos Manuel!”, se le escuchó gritar al presidente en modo barra. Todo el oficialismo le tributó una bienvenida repleta de algazara, de la que se podía inferir la trascendencia política del combate que se aprestaba a librar.
Manuel Adorni, sentado en el centro del recinto, se dedicó a cumplir con el guion previsto. Leyó durante largas horas, recobró algunos tonos altaneros que había perdido en los escarceos surgidos tras la serie de denuncias en su contra y se volcó con toda decisión a cumplir con el objetivo propuesto: subsistir.
Lo consiguió. No lo noquearon. Pero tampoco logró que le levantaran la mano en señal de triunfo. Sostenido por un ruidoso “rincón”, liderado por el presidente de la Nación quien volvió a desplegar todo su arsenal de improperios y acusaciones, pudo terminar el round de pie, aunque sigue entre las cuerdas.
Como en tantos combates extensos, la pelea se definió más por la resistencia que por los golpes certeros. Hubo momentos de intensidad, cruces ásperos y gestos de confrontación, que no lograron torcer el resultado. El paso de las horas fue consolidando una lógica en la que sobrevivir se volvió más importante que imponerse y en la que el desenlace quedó abierto.
Objetivo ¿cumplido?
Con los matices propios de un Congreso que no siempre está a la altura de las circunstancias, la institucionalidad no sufrió. Puede afirmarse, entonces, que la estrategia legalista pergeñada por el oficialismo salió airosa.
Más allá de que la frecuencia mensual de presentaciones en el Congreso nunca ha existido ni en este ni en ningún gobierno anterior, se cumplió lo que establece el artículo 101 de la Constitución Nacional sobre los informes del jefe de Gabinete a las cámaras del Parlamento. Este “partido formal” exhibió escasas alternativas sobresalientes. Los cruces entre Milei y la izquierda extrema atrajeron los focos. Mientras, tomando como eje la cuestión patrimonial del jefe de Gabinete, los legisladores kirchneristas interrumpían con gritos y amagaban con una moción de censura que finalmente no se produjo.
Adorni no perdió el control de su discurso y tampoco dejó frases desafortunadas como en otras ocasiones. Mantuvo un tono firme y, como podía esperarse, hizo una defensa férrea del gobierno. Su estrategia tenía un fin claro: antes que intentar la victoria había que trabajar para no perder. Llegó al final sin mayores desbordes, aplaudido por las gradas libertarias y apuntalado por la falta de eficacia política de una oposición que no logró acorralarlo. Resultó ser, al final, un nuevo episodio de una conocida saga de la política argentina de la que el Congreso es escenario, pero no herramienta.
El jefe de Gabinete dará explicaciones en la Justicia. Así lo reafirmó en el momento en que finalizaba su faena. Logró mantenerse en pie, protegido por el respaldo del poder. Pero dejó intactas las sospechas que lo persiguen desde hace varias semanas.
Es decir, cumplió desde lo institucional. Pero sus deudas se mantienen y no solo tienen como acreedoras a ignotas jubiladas. También la ciudadanía merece respuestas. Mientras las espera, la opinión pública se pregunta si, como tantas otras veces, en las cuestiones más sensibles seguirá “estando de Adorni”.
