Análisis
Ni juntos ni cerca
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La Argentina está dividida por el conflicto político. Y también se deteriora por la indiferencia. Vivimos oscilando entre dos fenómenos que, combinados, rebajan a formalidades el concepto de democracia.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Ocurrió hace varias semanas, pero la misa en la Basílica de Luján en la que se recordó el primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco resulta ser un ejemplo cabal de lo que pretende reflejar el título de esta columna.
En un sector, los funcionarios oficialistas con la estridente ausencia de la vicepresidenta de la Nación que no asistió para no sentarse junto a ellos. Más allá, los opositores encabezados por el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Gestos adustos, comentarios por lo bajo, ni un saludo a la distancia, exhibidos sin prurito en un recinto muy caro a los sentimientos religiosos del pueblo argentino en el que coincidieron dirigentes que llegaron hasta allí solo con el objetivo de no dejar que “los otros” se apropien de la figura y el legado del Pontífice.
Aquella escena se ha tornado habitual. Los políticos que no comparten las mismas ideas evitan saludarse, se destratan, se muestran hostiles siempre, agreden con palabras. La enemistad es la marca de la disputa por el poder. Desde hace años, la lógica de trincheras domina la vida pública.
El caso del legado del papa Francisco resulta ilustrativo. Ni siquiera en torno a una figura global que ha construido su mensaje sobre la idea de encuentro es posible alcanzar un consenso básico. Cada facción lo recorta, lo interpreta, lo utiliza según su conveniencia. La figura se fragmenta, se vuelve campo de disputa. Ni siquiera aquí es posible acordar un mínimo común. La consecuencia es que la fractura política adquiere una dimensión cultural profunda.
Es la grieta en toda su dimensión. Un fenómeno que se verifica en muchas otras naciones, y se ha exacerbado en este tiempo. Caracterizado de la siguiente manera por la periodista y escritora estadounidense Anne Applebaum en su libro El ocaso de la democracia: “El irritante y disonante sonido de la política moderna; la ira que rezuman los informativos de televisión; el increíble ritmo de las redes sociales; los titulares que se contradicen entre sí cuando pasamos de uno a otro; la contrastante torpeza y lentitud de la burocracia y los tribunales: todo eso ha desconcertado a aquella parte de la población. La propia democracia siempre ha sido ruidosa y estridente en sí misma, pero cuando se siguen sus reglas, a la larga acaba creando consenso. No ocurre así con el debate moderno, que en algunas personas inspira, por el contrario, el deseo de silenciar al resto por la fuerza”.
La indiferencia
La polarización cada vez más agresiva viene hoy acompañada de otro fenómeno. Quizás sea menos visible y más silencioso, pero no por ello intrascendente. Mientras la confrontación política se intensifica, varios sectores de la sociedad parecen replegarse hacia su propio “metro cuadrado”. Asoma la indiferencia como producto de la desconfianza en lo público a raíz de las promesas incumplidas y las frustraciones reiteradas.
La enemistad política se potencia con la indiferencia pública. Los vínculos entre la dirigencia están rotos por la grieta. Los sociales se debilitan con el alejamiento y la distancia que la ciudadanía toma por los asuntos que deberían interesarle.
De este modo, a la agresión permanente y la acción política destinada a destruir los puentes con quienes piensan distinto se le suma la destrucción de lazos culturales que, en otro tiempo, fortalecían la cohesión social. El odio visible y la indiferencia silenciosa conviven y se retroalimentan, con consecuencias notorias.
Por caso, la política no tiene capacidad de alcanzar acuerdos mínimos. Esa imprevisibilidad debilita las condiciones de gobernabilidad. Al mismo tiempo, en la sociedad, se profundiza el recelo porque se extiende la idea de que la dirigencia vive de la charlatanería, la mentira y la desinformación. El repliegue daña el tejido comunitario y las crisis de convivencia van de la mano con la falta de empatía y el desinterés.
En los temas centrales de la vida pública no es posible estar juntos. Hastiados de no conseguir los consensos más elementales y de observar cómo los dirigentes siguen fomentando la enemistad, la vida social -que poco tiene que ver con el microclima especial de la minoría que “debate” con similar agresividad en las redes sociales- tampoco halla cómo estar cerca. Entonces, convivir con el conflicto solo agiganta la polarización y la autonomía personal se convierte en indiferencia.
