Ni apocalípticos ni integrados; por ahora, ajenos
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El mundo debate los riesgos y las oportunidades de la inteligencia artificial. Se discute cómo aprovechar sus posibilidades y contener sus riesgos. En la Argentina, la discusión apenas asoma entre una agenda política atrapada en las urgencias y disputas de siempre.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
La primera edición del libro se publicó en 1964. En una serie de ensayos magistrales sobre la cultura de masas, el semiólogo Umberto Eco se planteó el problema central de la doble postura ante el impacto de nuevos medios y lenguajes: la de los apocalípticos, que veían en ellos la “anticultura” y la de los integrados, que aceptaban la cultura de masas como una nueva forma de circulación y acceso a los bienes culturales.
La obra de Eco “Apocalípticos e Integrados” marcó una bisagra en los estudios de comunicación masiva, porque cuestionó el academicismo y reivindicó los productos de la cultura popular. Asimismo, identificó las dos posturas dominantes en la discusión sobre el impacto de los medios de masas en la segunda mitad del siglo pasado.
La humanidad vive hoy un tiempo de características muy diferentes a aquel en el que Eco escribió sus reflexiones. No obstante, mientras gran parte del mundo asiste a un debate crucial sobre el futuro de la inteligencia artificial, la discusión intelectual global parece atrapada en una nueva versión de aquella dicotomía que Eco presentó en los años sesenta.
Por un lado, están los apocalípticos de hoy, que advierten sobre riesgos existenciales asociados a la IA, capaces incluso de amenazar la vida en el planeta. Por el otro, los integrados celebran una era de productividad creciente, avances científicos acelerados y una eficiencia automatizada en todos los órdenes.
Basándose en conceptos del ensayista francés Gilbert Cohen–Séat, el pensador italiano retomó el concepto de una “iconosfera” dominada por las pantallas, en la que “cada día una parte del globo vivirá pasivamente mirando aquello que una restringida minoría preparará para ella”. Fue un presagio acertado. Esa “iconosfera” modificó la percepción humana al saturarla de imágenes, entre otros efectos. Más tarde, con la llegada primero de la Internet y todas sus herramientas y, luego, de la inteligencia artificial, se abrió una nueva era en la que las imágenes y las informaciones que circulan masivamente ahora pueden ser generadas, no por una minoría de seres humanos, sino por sistemas inteligentes.
Discusiones analógicas
Es tan profundo el cambio que permanecer aislado no puede ser una opción. Sin embargo, mientras el planeta procesa una transformación nunca vista, la Argentina se mantiene empantanada en discusiones analógicas de las que emergen los vicios tradicionales de la política vernácula.
El debate que sacude al mundo prácticamente no ha comenzado por aquí. En los círculos de poder todavía son escasas las voces que hablan de inteligencia artificial. Algún anuncio de instalaciones de bases de datos en la Patagonia, encuentros con determinados popes de las industrias, un proyecto que propiciaba la creación de sociedades integradas por máquinas inteligentes que no prosperó y poco más puede encontrarse sobre el tema en la agenda política argentina.
Aquí se cuentan con los dedos las discusiones serias sobre cómo regular la IA, cómo potenciarla para sus usos benéficos, cómo amortiguar sus consecuencias negativas, cómo insertarla en los sistemas educativos o productivos, qué variables éticas deben establecerse para su utilización.
Entonces, mientras la frontera tecnológica se expande a una velocidad inusitada, impulsada por la inteligencia artificial, la política doméstica permanece estancada en su analógica y repetitiva “torpeza natural”.
Por caso, mientras el mundo enfrenta el desafío de pensar qué será de la humanidad en la próxima década, aquí se piensa solo en la elección que viene. No se levanta la vista más allá del día a día. La energía política se consume en la lógica polarizada, en la rigidez de las posturas ideológicas y en el intento de adaptar la realidad al relato. Se revolean acusaciones, se potencian los mesianismos y las desprolijidades. Se antepone la lealtad a la eficiencia.
Como se señaló, en la polémica mundial sobre la nueva “algoritmósfera” generada por la inteligencia artificial, que se superpone a la “iconosfera”, hay líderes que se ubican en cada una de las categorías planteadas por Umberto Eco en aquel libro emblemático. Las diferencias entre ambas posiciones cada vez son más evidentes y se contraponen intereses poderosos. Sin embargo, en la Argentina solo pueden ensayarse inferencias acerca de quiénes se ubicarán entre los apocalípticos y quiénes entre los integrados. La incertidumbre, que es norma frente a la irrupción de una tecnología que no parece tener límites, se traslada a la realidad en muchos ámbitos.
En el país hay apocalípticos e integrados en todos los temas. Sin embargo, frente a la IA, la sensación es que la política argentina es simplemente ajena.
