Menos mal que llega el Papa (II)
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Ante la inminente llegada de León XIV a la Argentina, su mensaje parece toparse con las actitudes de una dirigencia habituada a la confrontación. Una oportunidad para recuperar el sentido del bien común, desarmar la violencia verbal y recuperar el significado de la dignidad humana.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
El país recibe mañana al Papa León XIV. Desde aquella gira de Juan Pablo II en 1987 y con la frustración de no haber recibido al cardenal Bergoglio consagrado como Francisco, la visita del actual Pontífice posiblemente congregará multitudes como hace mucho tiempo no se observan en el país.
El alcance popular que tendrá la presencia del Pontífice puede contrastar de modo violento con la indiferencia y la escasa capacidad de movilización que, a diferencia de aquellos iniciales tiempos de restauración democrática, hoy exhiben las distintas fuerzas políticas.
En verdad, la llegada de León XIV puede constituir una ocasión para que la reflexión alcance cuestiones que exceden la fe. En tiempos en los que domina la polarización y se impone la falta de diálogo y la dificultad para alcanzar acuerdos, algunas de las miradas papales remiten a preguntas fundamentales sobre la vida pública y la sociedad.
La premisa repetida de “menos mal que llega el Papa” tiene la intención de ampliar la perspectiva de que su estadía en la Argentina ayude a recuperar referencias humanas en un país -y un mundo- atravesado por la confrontación.
Bien común
El concepto de bien común fue definido hace más de un siglo por el Papa León XIII en su Rerum Novarum, documento que dio origen a la Doctrina Social de la Iglesia. El texto de su Encíclica Magnifica Humanitas, León XIV demuestra que haberse impuesto ese nombre no es una coincidencia. Su identificación con aquel Pontífice que gobernó la Iglesia a fines del siglo XIX tendría la clara intención de reforzar principios hoy amenazados, pero que conforman el basamento doctrinario de las enseñanzas sociales y políticas del catolicismo.
Por ejemplo, el Papa refuerza la idea de que el bien común no es la suma de los intereses individuales. Y recuerda que hacerlo vigente requiere cooperación, responsabilidad y capacidad para construir acuerdos entre personas con ideas e intereses diferentes.
Es una reflexión que impacta en la realidad agrietada de la vida política nacional que no exige pensamiento único, sino empatía y capacidad de escucha como actitudes iniciales para desactivar el ya ajado “nosotros o ellos”.
En este punto, más allá de reconocer la importancia de que existan ideas diferentes en una sociedad democrática, León XIV cuestiona visiones ideológicas, sobre todo a las extremas. Por un lado, refiriéndose a lo que habitualmente se ubica a la izquierda, sostiene que “las grandes proclamas políticas en favor del pueblo y las ideologías comunitarias no sirven para nada si no están orientadas a la promoción de las personas con sus derechos inalienables”. Luego cruza la vereda y afirma que “del mismo modo, no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno y sin acceso a los bienes fundamentales”.
Conocer y reconocer
Conocer y reconocer no son sinónimos. Conocer al otro no significa reconocerlo. Esto último introduce el concepto de dignidad. El progreso de una sociedad debería medirse en base a qué importancia se les otorga a las personas, independientemente de sus ideas, riquezas o posiciones sociales. Claro que tampoco se trata de una contraposición entre la libertad individual y el bien colectivo. Reconocer la libertad del hombre implica también preocuparse por las condiciones que les permitirán ejercerla.
¿Qué sucede en realidad? Para muchos hoy alguien es digno si comparte nuestras ideas o nuestra manera de vivir. El concepto se vuelve relativo para quienes las cuestionan. Asimismo, el bien común se vuelve una abstracción si no hay respeto para sus derechos, sus intereses y las razones que tenga para esgrimirlos.
El Papa lo ha señalado con claridad cuando, en la referida Encíclica, afirmó que “la política recurre con facilidad a la desinformación, a la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos. Así, la diversidad del otro se vive cada vez más como una amenaza, alimentando el deseo de posesión, la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder y el miedo a la diferencia”.
Ingresa aquí también la reflexión sobre los sectores más vulnerables de una sociedad, por quienes León XIV mantiene la misma preocupación que Francisco. En su exhortación apostólica “Dilexi Te” (Te he amado), sostiene que la atención a “los más pobres no puede quedarse en la mera asistencia privada; exige de la política estructuras de justicia y decisiones valientes que combatan las causas de la miseria y devuelvan la dignidad a los olvidados."
Desarmar las palabras
León XIV también invita a desarmar las palabras. A tomar nota de la necesidad de evitar las que humillan o exacerban las controversias. Explica que “el poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana (…). La paz comienza por cada uno de nosotros, por el modo en el que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás; y, en este sentido, el modo en que comunicamos tiene una importancia fundamental; debemos decir “no” a la guerra de las palabras”.
Más allá de las afirmaciones de ocasión en las que -salvo algunos extremos- nadie tendrá la intención de quedar al margen, suena lógico preguntarse ¿de qué modo reaccionarán el presidente y muchos otros dirigentes cuando tomen nota del pedido de hacer un examen de conciencia “sobre las palabras que usamos y sobre la agresividad, abierta o encubierta, que las motiva”?
El Papa llega con un mensaje claro. Destinado, en principio, a los fieles cristianos que lo seguirán en sus distintas actividades. Pero el bien común, la dignidad humana y el reconocimiento al otro, entre otros, son valores de alcance universal.
Así, el mensaje de León XIV puede contribuir a que la Argentina reflexione sobre la necesidad de encontrar senderos de convivencia y reconocer prioridades. Por ello, menos mal que llega el Papa mañana. Su visita ofrece una ocasión para replantear preguntas que los actores de la vida pública no deberían dejar de hacerse.
