Menos mal que llega el Papa
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La elección en Brasil fue un golpe difícil de asimilar en el gobierno. La oposición celebró como si fuese propio el triunfo de Lula. Pero los hechos políticos de otro país pueden no ser un espejo fiel en el propio mientras persistan condiciones que dificultan la convivencia.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Los últimos diez días han prodigado episodios que son manifestaciones diferentes de un problema que se sostiene en el tiempo. En nuestro país y en varios otros. Circunstancias que expresan las dificultades de la política -y de sus protagonistas- para que la racionalidad y la previsibilidad se hagan presentes y contribuyan a reducir la incertidumbre, así como a establecer condiciones para procesar los conflictos.
El triunfo electoral de Lula fue un mazazo para Milei. El silencio que al que se llamó el gobierno contrastó con las expresiones airadas que lanzó durante sus intervenciones de apoyo a Bolsonaro. Aliados internos como Mauricio Macri y el PRO felicitaron públicamente al veterano presidente, otra vez Patricia Bullrich se desmarcó y el propio Partido Liberal brasileño terminó reconociendo los resultados. Mientras tanto, la Casa Rosada quedó sola en su postura de no reconocer el triunfo. Hasta Donald Trump matizó la situación señalando que se “lleva muy bien” con Lula.
En este contexto, la participación argentina en la salida de Brasil del ex candidato del Partido Liberal agregó ingredientes a una relación con Brasilia en la que las diferencias ideológicas han desplazado a los intereses comunes.
¿Alguna enseñanza podrá extraer el presidente luego del resultado de las urnas en Brasil? La escena internacional plantea interrogantes similares. ¿Y si Trump pierde las elecciones de medio término? ¿Y si Netanyahu no logra formar gobierno en Israel luego de comicios muy reñidos? ¿Y si, aunque no parezca verosímil hoy, el socialismo gana en España a fin de mes? La vida interna de cada país tiene sus particularidades. Los procesos no son equivalentes. Pero la fragilidad de los equilibrios políticos parece ser un punto de contacto que obliga a la cautela.
Salvo en regímenes autocráticos, ninguna victoria electoral otorga un poder ilimitado ni asegura la continuidad en el gobierno. Las mayorías cambian, los electorados cobran facturas y el humor social cambia con frecuencia. Aceptar esto es condición necesaria de la cultura democrática. Reconocer la legitimidad del adversario, procurar acuerdos, respetar las reglas y escuchar son actitudes que se dejan de lado en numerosas circunstancias.
Hogueras
La triste metáfora de las hogueras contra periodistas puede terminar convirtiéndose en un búmeran. El cedazo de la rigidez ideológica desgasta las alianzas puertas adentro y pone en riesgo las internacionales. Las afinidades políticas facilitan los vínculos, pero no garantizan su continuidad cuando cambian las circunstancias. La tozudez política puede llevar a chocar varias veces con la misma pared. Y esperar que el muro pida perdón.
Mientras tanto, el peronismo celebra el resultado electoral brasileño como si fuese propio. Y sus voceros anticipan un cambio de época. Pero quizás estén avivando un fuego equivocado. El desafío de Lula en Brasil es enorme: tendrá el Congreso en contra, los problemas económicos se acumulan y la Justicia está acusada de parcialidad, entre otros factores.
La oposición sigue sin resolver sus evidentes diferencias políticas, no termina de asumir los errores del pasado y está enfrascada en una disputa de egos. Pero celebró el resultado de la elección de Brasil y se apresuró a adoptarlo como hoja de ruta propia. No parece comprender que el optimismo exagerado no figura en el reflejo que muestra el espejo brasileño.
A un año de las presidenciales, ni siquiera están claras las reglas de juego. No es posible definir si habrá primarias obligatorias, ni tampoco si podrá ordenarse el festival de fechas electorales en el que se han convertido últimamente los procesos para elegir autoridades. Los sobresaltos financieros y económicos padecidos en anteriores procesos electorales deberían formar parte de la experiencia acumulada por los dirigentes políticos. Sin embargo, parece que algunos siguen esperando que les den el peine cuando ya están pelados.
El respeto por las reglas, el reconocimiento del otro y la disposición al diálogo son necesarios para sostener la convivencia, más allá de que no aseguren un triunfo electoral. “La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar su resultado final”, escribió el lúcido pensador y político checo Václav Havel.
Esperanza, convicción, certidumbre, sentido. Menos mal que llega el Papa.
