Malvinas, más allá de la coyuntura
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La reaparición del reclamo soberano sobre las islas del Atlántico Sur en el debate político obliga a extender la mirada. Mientras se presentan oportunidades diplomáticas, disputas partidarias y reivindicaciones legítimas, la Argentina sigue debiendo una política de Estado permanente para una causa que trasciende gobiernos.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
El agónico gol de Lautaro Martínez frente a Inglaterra permitió que los argentinos disfrutáramos de una de las victorias más épicas del seleccionado nacional. Y la euforia por el triunfo deportivo se agigantó con la bandera sobre Malvinas desplegada en el campo de juego tras esa inolvidable semifinal.
A partir de allí, la cuestión islas fue reapareciendo en la escena política nacional. Y alcanzó su máxima repercusión con las declaraciones de Trump, quien amenazó a Gran Bretaña con revisar la postura neutral de Estados Unidos sobre la soberanía de las islas, y luego con el discurso de Milei del pasado jueves.
Así, el fútbol se erigió en el contexto propicio para convertir un objeto común en una expresión de pertenencia colectiva. Durante unos minutos, esa sábana pintada en un hotel expresó la necesidad de reconocernos en un "nosotros", puesto que la causa Malvinas es de todos. Es innegable su arraigo en el sentimiento nacional.
En este marco, las noticias provenientes de Estados Unidos generaron inferencias, expresadas en el discurso presidencial, sobre la debilidad actual de Gran Bretaña en el contexto internacional. Es una realidad que, especialmente luego del Brexit, el otrora poderoso imperio se sumió en una difícil realidad de la que no acierta a salir.
Sin embargo, las amenazas de Trump no constituyen todavía un cambio estratégico importante. Y nada hace presumir todavía que no sean más que otra de sus habituales bravuconadas. Aprovechar las fisuras británicas es una alternativa favorable, pero no sería viable construir la política sobre Malvinas a partir de las declaraciones del actual habitante de la Casa Blanca, cuya política exterior es propensa a barquinazos imprevisibles.
Frente a esta realidad, conviene preguntarse por qué la política argentina sigue discutiendo estrategias y no define una política de Estado permanente y coherente. La que la Constitución establece en la primera de sus disposiciones transitorias. La que señala que recuperar los territorios del Atlántico Sur y ejercer plenamente la soberanía son objetivos irrenunciables del país. Por eso, la discusión no debería ser si Milei estuvo bien o mal en reivindicar el derecho soberano. Tiene la obligación de hacerlo, como la tuvo cada gobierno democrático desde 1994.
¿Oportunismo o convicción?
Se puede advertir que la reinstalación de Malvinas en el centro del debate público es un intento del gobierno para recuperar el protagonismo en la narrativa política interna. Es una estrategia utilizada por todos los gobernantes en todos los tiempos. Cuando los problemas sociales y económicos se acentúan, apelar al sentimiento patriótico es una actitud repetida. El gobierno entrevió una oportunidad y actuó en consecuencia.
No es la primera ni será la última vez que esto ocurre. Desde la guerra de 1982, la causa Malvinas ha sido tironeada en función de las conveniencias políticas del momento. Sin embargo, nunca dejó de ser una reivindicación legítima. Por lo tanto, aunque el gobierno libertario encuentre en la intensificación de las acciones de reclamo por la soberanía una herramienta para recuperar la iniciativa, nada impide que pueda aprovecharse esta circunstancia para construir esa política de Estado que trascienda los límites de una gestión.
Claro que el oportunismo tampoco debería tener cabida en la oposición. Con la excepción de los sectores más radicalizados, las críticas escuchadas tras la cadena nacional siguen una línea argumental bastante definida. Se señala que Milei llega tarde, se recuerda la volatilidad de sus posiciones anteriores sobre Malvinas y se cuestiona que ahora recurra a una épica nacionalista que hasta hace poco parecía ajena a su discurso. Incluso se lo acusa de "galtierizarse" para sostener esa narrativa, como si ello fuese una virtud. Por otra parte, muchos consideran poco creíble este cambio de postura debido a la admiración que alguna vez manifestó por Margaret Thatcher. Todas estas objeciones pueden ser válidas. Sin embargo, también pueden descalificarse por contener el mismo oportunismo que buscan denunciar.
En uno y otro caso, la épica discursiva encuentra límites difíciles de franquear. El desarrollo de la exploración petrolera en la cuenca de Malvinas es un asunto sensible que merece una respuesta contundente. Las medidas anunciadas por el presidente podrían tener algún efecto puntual sobre determinadas empresas que tengan negocios o intereses en el país. Pero el alcance de estas disposiciones todavía es una incógnita. Y son varias las voces que anticipan su posible escasa efectividad.
Así las cosas, la utilización de Malvinas en la política interna no es una novedad. Habría que preguntarse en este caso quién está en condiciones de tirar la primera piedra. Pero el reclamo soberano no deja de tener vigencia. Por ello, se hace necesario pasar del oportunismo político efímero a la convicción de que debe crearse una política de Estado con criterios permanentes, alejados de intereses mezquinos y centrados en el profundo significado del mensaje plasmado en aquella bandera que apareció luego de ganarle a Inglaterra.
