Análisis
La verdad también necesita tiempo
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La falsa noticia sobre la muerte del padre de Lionel Messi puso en evidencia un ecosistema digital que privilegia la velocidad sobre la verificación y el predominio de la opinión por sobre la fundamentación. En este y en todos los tiempos, la primicia no es la que llega primero, sino la que llega con la verdad comprobada.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
En el año 2006, el diario Clarín cumplió 60 años y celebró ese aniversario con un Seminario Internacional dedicado a los retos y encrucijadas del periodismo real en el siglo XXI, que se realizó en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba). Allí, hace ya dos décadas, destacados filósofos, sociólogos, ejecutivos y periodistas de todo el mundo analizaron las transformaciones que comenzaban a redefinir el ejercicio de este oficio.
Entre ellas, una sobresalía por encima del resto: la que avizoraba la irrupción masiva de la tecnología digital. Es la que señalaba que la simplificación de los métodos tecnológicos para generar sitios en Internet y la explosión de lo que en ese tiempo eran las “weblogs”, había instalado la creencia de que para difundir información no es necesario ser periodista. Es decir, cualquier persona se iba a convertir en creadora de contenidos.
Lo profético de esta aseveración está fuera de duda. Apenas dos décadas después, el entorno digital y algunos canales de streaming -no todos, por cierto- multiplican formatos que simulan la práctica periodística, pero prescinden de sus estándares profesionales. El resultado es una circulación de contenidos sin contraste de fuentes, la idea de que informar consiste apenas en opinar y una lógica de agresión e irresponsabilidad que diluye los límites éticos.
En aquel seminario, el sociólogo francés Dominique Wolton habló sobre la necesidad de continuar profundizando la mediación profesional para valorar los asuntos públicos y señaló que pensar que cualquier persona con un teléfono o un micrófono es periodista es una ilusión técnica peligrosa. Dijo: “Cuanto más canales hay, más mensajes hay, mayor es la necesidad de que haya periodistas para hacer ese trabajo que consiste en realizar un arbitraje dentro de la cantidad de información y seleccionar aquellas que son importantes para el público”. Y aseveró que la idea de que cada persona pueda ser emisor de mensajes masivos es parte de “un discurso demagógico que dice que ya no se necesitan intermediarios para acceder a la información. No es cierto, hoy más que nunca se necesitan periodistas, documentalistas, archivistas y docentes”.
El caso Messi
Lo que hace 20 años aparecía como una advertencia sobre el futuro hoy forma parte de la cotidianeidad informativa. La falsa noticia sobre la muerte del padre de Lionel Messi expuso en toda su magnitud la existencia de un modelo comunicacional que privilegia el impacto inmediato por sobre la verificación y convierte al espectáculo en el principal criterio editorial. Un sistema en el que la inmediatez desplaza a la responsabilidad profesional. Es decir, no se trató de un simple error o un accidente aislado. En ese sentido, en el libro Ética Periodística en la Era Digital, Luis Botello y Javier Darío Restrepo, destacan el riesgo de la “instantaneidad de las noticias y la búsqueda de interacciones directas” que colisionan con la calidad informativa.
Es una lógica de pseudo ejercicio periodístico validada por numerosas figuras con poder político o económico. Los nuevos formatos resultan más "amables" porque ofrecen una exposición sin el rigor ni la incomodidad de una entrevista y, además, garantizan repercusión inmediata en múltiples plataformas. Allí proliferan las charlas de café con interlocutores complacientes en lugar del intercambio crítico propio del periodismo.
Paralelamente, muchos equipos de comunicación oficial invalidan o simplemente ignoran los requerimientos de la prensa para evitar el filtro que supone la mediación de los medios tradicionales, procurando convencer de que solo es verdad lo que se difunde a través de canales oficiales Así, la vertiginosidad, la superficialidad y la ausencia de fuentes y preguntas terminan convirtiéndose en enemigos del pensamiento crítico.
La primicia, por más trascendente que sea, no exime de la verificación. Difundir un hecho irreversible como la muerte de un ser humano basándose únicamente en la presión de una productora a través de la “cucaracha” o de rumores y tendencias en las redes merece calificarse de escándalo. Además, las formas con las que se emitió esta falsa noticia rompen con el principio ético de intentar minimizar el daño que una información puede causar. No se trata de un anticuado precepto. No es el símbolo de una nostalgia teórica. Es el mandato ético que exige un freno cuando se está frente a la pantalla en vivo y ante las exigencias del apuro digital.
Volviendo a Wolton, este caso demostró el riesgo de la falta de intermediación profesional. La discusión no es quién puede comunicar, sino bajo qué reglas decide hacerlo. Chequear en lugar de hablar o clickear es, aún hoy, una tarea ineludible. Bien lo decía Gabriel García Márquez: la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor.
Por respeto al oficio periodístico, recuperar la conciencia del impacto de cada noticia es la única forma de preservar el activo esencial de la credibilidad y, más importante aún, no perder la humanidad en el camino.
