La séptima función del lenguaje
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¿La retórica provocadora y destemplada del presidente es manifestación de su temperamento o forma parte de una maniobra de comunicación política? Aun cuando no se pueda encontrar la respuesta definitiva, una novela francesa ayudaría a reflexionar hasta dónde pueden las palabras ordenar la agenda pública, cuestionar objeciones y reforzar identidades.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
El 25 de mayo de 1980, tras compartir un almuerzo en el centro de Paris con el líder socialista francés Francois Mitterrand, el semiólogo Roland Barthes fue atropellado por una camioneta cuando cruzaba la rue des Écoles en dirección al Collège de France. En principio, Barthes sobrevivió al accidente, pero un mes después falleció como consecuencia de complicaciones pulmonares derivadas de ese hecho.
A partir de este suceso real, el escritor galo Laurent Binet escribió una novela en la que introduce la idea ficticia de que, en realidad, a Barthes lo asesinaron. Ese libro se titula “La séptima función del lenguaje” y en él se plantea que fuerzas oscuras cometieron el crimen para robarle un manuscrito en el que el teórico describía esa séptima función, que se sumaría a las seis establecidas por el lingüista Roman Jakobson: emotiva, conativa o apelativa, poética, referencial, metalingüística y fática.
La función número siete que imagina Binet en esa novela policial con ambiciones semiológicas permitiría “a quien la domina convencer a cualquiera de cualquier cosa en cualquier circunstancia”. Es decir, quien maneja las palabras ostenta la capacidad para manipular y persuadir a quien se le cruce.
Al respecto, la historia brinda ejemplos contundentes de uso del lenguaje como arma de poder. Sin embargo, es posible que nunca como en este tiempo se presenten condiciones para que sean mayoría los que pueden terminar convencidos de cualquier cosa en cualquier circunstancia por quien domina la séptima función.
En verdad, las palabras siempre hacen algo más que decir. En la política es natural la intencionalidad que procura persuadir a través de un relato que acomoda los hechos a una visión ideológica e identifica adversarios con el objetivo de maximizar la adhesión de los ciudadanos. En este punto, convendría plantearse si el insulto, la procacidad o la interpretación literal de ciertas frases son expresiones del temperamento de un político o forman parte de una función lingüística que intente reforzar identidades, centralizar la atención pública y desplazar la discusión hacia terrenos favorables al protagonista.
Las últimas exageraciones verbales del presidente Milei parecen confirmar en que su discurso no se agota en lo que dice, sino que también instala enérgicos debates y produce efectos duraderos. Que haya interpretado literalmente la frase de que “la gente no llega a fin de mes” y que haya tratado a quienes la sostienen como “una pelotudez” removió el avispero político y mediático. Y produjo un desplazamiento de la discusión, puesto que el problema planteado -las restricciones de los presupuestos familiares, la parálisis productiva y la caída de los ingresos- se desplazó hacia las maneras en que se lo enuncia. Lo mismo ha sucedido con sus exabruptos en tierra española durante esta semana.
¿Temperamento o estrategia?
Días atrás en La Nación, el columnista Pablo Mendelevich se preguntó si la literal interpretación de lo que ocurre cuando no se llega a fin de mes forma parte de lo que sería una escasa capacidad de empatía del presidente o es una estrategia que tendría como objetivo volver a mostrarse como el Milei “original” justo cuando comienza el año electoral.
“Es así”, dirán los que interpretan sus salidas de cauce lingüísticas como manifestación de un temperamento irascible. En este caso, vale aclarar que un efecto político no demuestra automáticamente una intención razonada con anterioridad. Sin embargo, también sería válido pensar que la literalidad, la descalificación y el insulto podrían servir para cohesionar a la propia tropa, inhibir a los críticos, mantenerlos a la defensiva, dominar la agenda pública e ilegitimar los cuestionamientos.
En tiempos de redes sociales, los improperios tienen circulación rápida y millones de reproducciones instantáneas. No importa si las reacciones son de simpatía o cuestionadoras. Lo que realmente interesa es que el debate sobre las cuestiones sustantivas de la realidad alcance también a las formas del relato, reforzándose así la polarización y fortaleciendo las cámara de eco digitales. Por cierto, los exégetas de la comunicación política sostendrán, con razón, que Milei es solo un personaje más de una saga en la que los modos de comunicar son protagonistas
La séptima función del lenguaje pertenece a la ficción. En la realidad, las palabras no necesiten convencer a todos de cualquier cosa. Les bastaría con establecer de qué se habla, cómo se discute y qué temas quedan ocultos. Pero en un ecosistema mediático que premia la reacción inmediata, el insulto puede terminar siendo más rentable que la explicación y la provocación más visible que una respuesta. Así, el lenguaje mantiene su capacidad para convencer, interviene en la definición de la agenda y guía los términos en que se la discute.
No obstante, queda abierta la pregunta acerca de si los exabruptos presidenciales responden a un temperamento verbalmente vehemente y confrontativo o si son parte de una estrategia política que busca réditos electorales.
