La política del “alcanzame el azúcar”
:format(webp):quality(60)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mario_pergolini.webp)
En un microclima del que participan dirigentes, periodistas y militantes se debate cada palabra de la política. Fuera de él, buena parte de la sociedad atiende otras urgencias. Confundir la indiferencia con la falta de convicciones puede llevar a que la discusión quede limitada a quienes están encerrados en aquella “burbuja”.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Mario Pergolini, quizás el personaje más lúcido de los medios de comunicación argentinos de las últimas décadas, lanzó la frase. Es posible que haya ensayado una de sus conocidas provocaciones para incitar a la reflexión. En una entrevista, disparó: “Al 80% de la gente le importa tres pitos. Milei, los insultos de Milei, lo que diga Milei de cualquiera. No les interesa, no está en su cotidianidad, no está en su charla".
"Dicen: 'Uy, mirá cómo insultó a alguien' de la misma forma que dicen: 'Alcánzame el azúcar'", sostuvo. Y agregó que lo mismo ocurre con los estadounidenses y su opinión sobre Donald Trump, con lo que el problema no solo se presenta fronteras adentro.
Los periodistas quedaron atónitos ante las afirmaciones de Pergolini. Lo sucedido invita a reflexionar sobre las burbujas en las que se mueve la comunicación política, tanto en el país como en el resto del mundo. Un ámbito que se presenta como abierto a todos, pero que suele limitarse a quienes manifiestan un interés particular por las cuestiones ideológicas, la gestión de gobierno o la batalla cultural. Desde esa burbuja, se puede perder de vista que las preocupaciones que ocupan el centro de sus análisis no ingresan en las prioridades de buena parte de la ciudadanía.
No hay datos concretos que certifiquen que el 80% de los argentinos se desentiende de la política. Es posible que esa cifra forme parte de la idea provocativa de Pergolini. Sin embargo, vale preguntarse cuánto interés manifiesta una amplia porción de la población frente a las vicisitudes diarias de la “alta política”. La cara de asombro de los periodistas porteños permite inferir que estarían sobreestimando el alcance de sus análisis.
La reacción de sorpresa quizás no sea solo de quienes entrevistaron a Pergolini. Seguir la agenda de los medios, consultar publicaciones en las redes sociales, leer columnas de opinión y discutir de política con personas pretendidamente informadas son situaciones que pueden generar un microclima en el que se pierde de vista a los que permanecen al margen de esas acciones. Están fuera no necesariamente por carecer de convicciones ideológicas, sino porque sus prioridades pasan por afrontar la incertidumbre económica, cuidar a sus familias y conservar el trabajo, entre otras urgencias cotidianas.
Está claro que las hipérboles del lenguaje presidencial generan desgaste y merecen reprobación. La inflación discursiva, la retórica incendiaria y el insulto degradan la discusión pública, estimulan el hostigamiento, favorecen la polarización y contribuyen a debilitar las reglas de convivencia democrática. Pero la chabacanería del debate puede ser importante solo para una minoría integrada por dirigentes, periodistas y militantes. Que sea una actitud reprochable no significa que su rechazo forme parte de las prioridades de parte de la ciudadanía.
Indiferencia
El politólogo irlandés Peter Mair en “Gobernar el vacío: la banalización de la democracia occidental” aporta la idea de que la indiferencia es importante para explicar las actitudes de los ciudadanos en general frente al mundo de la política. Señala que este aspecto “ha sido uno de los elementos más descuidados en el estudio de la relación entre los ciudadanos y la política, y su importancia muy subestimada”.
Mair admite que la indiferencia puede conducir a la hostilidad o a la pérdida de la confianza en el sistema político y en las instituciones democráticas, pero “sigue siendo un fenómeno importante por derecho propio y de ahí que también sea importante reconocer que la política y los políticos quizá sean considerados irrelevantes por muchos ciudadanos”.
Que los votantes concentren su atención en otros asuntos y resten importancia a la influencia de la política en sus vidas puede llevar a la dirigencia a creer que será fácil orientarlos ideológicamente. Esta interpretación resulta tentadora para quienes confunden la indiferencia hacia la agenda política con la inexistencia de convicciones. Una persona puede expresar hartazgo, desconfianza, indiferencia y falta de identificación con los partidos, sin que ello suponga carencia de opiniones o renuncia a sus propias ideas.
Así, la sorpresa de los periodistas ante las afirmaciones de Pergolini desnudó cierta soberbia de quienes se autoperciben como portadores de verdades que suponen compartidas por buena parte de la sociedad. Por ello, les cuesta comprender que una persona no se interese por lo que dijo Milei o cualquier otro dirigente, por la forma en la que lo dijo o a quién atacó esta vez y que solo esté pensando en ver si alguien le alcanza el azúcar.
La distancia entre la agenda política y las preocupaciones diarias puede alimentar esa subestimada indiferencia. La consecuencia podría ser que la política termine encerrada en sus propias discusiones y se dirija únicamente a quienes ya están dispuestos a escucharla.
