La expropiación del sentido común
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La política argentina actual tiende a privilegiar ideas y convicciones por encima de los hechos. Entonces, la realidad deja de actuar como un límite a las decisiones y el sentido común se convierte en un gran ausente
Por Fernando Quaglia | LVSJ
La política argentina actual tiende a privilegiar ideas y convicciones por encima de los hechos. Entonces, la realidad deja de actuar como un límite a las decisiones y el sentido común se convierte en un gran ausente.
Más allá de la frase que señala que “es el menos común de los sentidos”, referirse al sentido común exige ingresar en categorías filosóficas fundantes que implican esfuerzo para comprenderlas.
Aristóteles lo asemejó a la prudencia, entendida como la capacidad humana de juzgar de modo correcto situaciones concretas. Más adelante, en el siglo XVIII, un filósofo no tan conocido, Thomas Reid, señalaba que conocer implica la existencia de principios, no siempre visibles pero reconocibles por el ser humano, que dirigen la interpretación de los hechos. Antonio Gramsci introdujo un matiz diferenciador al sostener que el sentido común no es una verdad absoluta sino una construcción cultural que expresa relaciones de poder y se convierte en el piso desde el cual una sociedad interpreta la realidad.
En cualquier caso, tener sentido común exige respetar evidencias existentes antes de tomar decisiones. Es decir, entender que el sentido común se hace presente cuando las ideas se contrastan con la realidad, cuando la acción política no prescinde de las circunstancias en las que se desarrolla. Se podrá señalar que esto lleva al pragmatismo excesivo o al utilitarismo. Sin embargo, en determinadas situaciones, las ideas dejan de ser útiles cuando prescinden de los hechos. Aquí sí el sentido común puede corregir desvíos.
Las ideologías son valiosas para orientar decisiones, pero el sentido común sirve para impedir que el marco ideológico termine reemplazando a la realidad. Por ello, puede ocurrir que aplicar este enfoque a las vicisitudes de la política argentina abra la posibilidad de convertir el análisis en un laberinto. No obstante, vale la pena el intento cuando la realidad exhibe numerosas situaciones en las que parece demostrar que, en este ámbito, es el menos común de los sentidos.
Convicciones versus realidad
Alejada del sentido común está la tendencia a minimizar problemas cuya evidencia termina imponiéndose. Por ejemplo, restar importancia al drama de la morosidad de miles de familias argentinas cuando el ministro de Economía la atribuyó solo a especulación financiera o el presidente la presentó como una consecuencia de la ignorancia en la materia. Lo mismo cuando se tildó de tarados a los que reclaman por la situación del sector productivo. En ese sentido, también se está lejos cuando no se advierte que las preocupaciones sociales ya no pasan únicamente por la reducción de la inflación.
Tampoco parece responder al sentido común el envío de un proyecto para facilitar la extranjerización de la tierra precisamente cuando el Mundial de Fútbol volvió a poner en primer plano sentimientos nacionalistas. En la misma línea se ubica la decisión de desregular la actividad de los prácticos navales sin dialogar con quienes conocen el funcionamiento del sistema portuario, lo que generó pérdidas multimillonarias en el ámbito del comercio exterior. La misma ausencia quedó plasmada en el deterioro innecesario de la relación con Brasil, principal socio comercial del país, al tiempo que se intenta construir un liderazgo regional basado en lo ideológico por sobre los intereses reales de la Argentina.
De todos modos, los problemas reales de gestión del Gobierno se atenúan cuando algunos dirigentes opositores actúan como si fuesen los jefes de campaña del oficialismo. Así, además de algunos aciertos, los errores en la vereda contraria se transforman en un activo para el bando libertario.
Es que la oposición tampoco muestra apego al sentido común. Un exministro cuestiona el proyecto de reforma del Banco Central y dice que si ganan las elecciones harán “todo al revés”. El mismo espacio político rechazó con énfasis la iniciativa de liberar la compra de tierras a los extranjeros, pero nunca termina de explicar la cesión de una porción de territorio nacional para la instalación de una base china. Y desde La Rioja, en un rapto de chavismo tardío, un gobernador anuncia nacionalizaciones y expropiaciones generalizadas.
Son cuestiones diferentes, pero revelan la dificultad para sostener coherencia con la realidad, puesto que la toma de posición está condicionada por la conveniencia política ante la cercanía del tiempo electoral o por la imposibilidad de exhibir una alternativa atractiva.
En definitiva, la prudencia de Aristóteles, los principios de Reid o la construcción cultural de Gramsci no asoman como aspectos visibles de este tiempo político. Los hechos existen, aunque contradigan las convicciones propias. Son un límite que debe ser reconocido porque las ideas están obligadas a rendir examen ante el “tribunal” de la realidad. Como no suele ser así, el único expropiado es el sentido común.
