Análisis
La dinámica de la calesita
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El fallo favorable para la Argentina en el caso YPF derivó en nuevas disputas. Ni siquiera lo que podría considerarse un triunfo se escapa de la confrontación permanente y del intento de imponer un relato. Todos se autoperciben exitosos, mientras el carrusel sigue girando y las incertezas acechan.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
La petrolera YPF es, desde hace días, protagonista de la realidad nacional. Viene ajustando los precios de los combustibles en un contexto internacional tensionado por la guerra en Medio Oriente, entre otros factores. A eso se suma el fallo de la Justicia de Estados Unidos, que fue recibido con estruendoso alivio por el gobierno nacional.
Lo que en términos judiciales constituye un resultado favorable -al menos en esta instancia- fue rápidamente presentado como un triunfo político y utilizado como proyectil para arrojar a los adversarios. Es decir, se evita el pago de 16 mil millones de dólares (o más según algunas interpretaciones), pero apenas la política toma nota de la auspiciosa novedad, la convierte en un elemento de la batalla ideológica. “Me atribuyo el éxito y humillo al otro”, es frase de cabecera.
Atreverse a señalar que hubo continuidad en la estrategia defensiva en los tribunales de Nueva York resulta difícil de explicar. No es sencillo sostener este argumento en un país donde los líderes políticos están enfrentados y no se dirigen la palabra. Lo que puede denominarse “continuidad” fue más inercia que empuje. No hubo coordinación estratégica entre gobiernos sucesivos. Lo que existió fue la persistencia de una línea defensiva que ningún gobierno reformuló de manera integral, no por acuerdo estratégico sino por falta de alternativas claras y de consensos, lo que impide -en este caso y en muchos otros- alcanzar el estatus de política de Estado.
Autopercepciones
En ese marco, Milei y Kicillof, los protagonistas de esta saga, usaron el fallo para conseguir oxígeno político. Y no dudaron en convertirlo en herramienta de la batalla ideológica y cultural.
El presidente celebró la decisión del tribunal norteamericano con su tono agresivo habitual. Aprovechó para insistir en descalificar a quienes, embebecidos en su lógica ideológica, tomaron decisiones que sentaron al país en el banquillo. En ese contexto, la sentencia judicial también contribuyó, al menos momentáneamente, a desplazar el impacto de las semanas de zozobra que atraviesa el gobierno por la “confusión” entre lo público y lo privado de su jefe de Gabinete.
Por su parte, el fallo le quitó a Axel Kicillof el mayor peso de su potencial campaña presidencial: enfrentar debates en los que tendría que justificar ante los contribuyentes un gasto tan elevado decidido por él mismo. El gobernador de Buenos Aires entrevió la oportunidad de reivindicarse como el impulsor exitoso de la YPF estatal y utilizó el fallo para escalar su “cruzada” cuyo objetivo es convertirse en el líder del peronismo. Los abucheos que recibió en un acto de egreso de policías de su provincia son signo de está todavía lejana de alcanzar esa condición. Además, en su mochila todavía pesan las críticas de los jueces sobre la violación del estatuto de la empresa y la inseguridad jurídica que sembró.
Así, en ambos casos, la narrativa del triunfo histórico asoma efímera porque funciona en el corto plazo, pero no tiene la consistencia necesaria para sostenerse más allá de la coyuntura. De este modo, la épica con la que la política abordó el éxito en los tribunales neoyorquinos forma parte de una dinámica de calesita en la que predomina la incapacidad estructural de la dirigencia para construir sentido común compartido. Es un movimiento constante sin desplazamiento, en el que la sortija no sale.
En definitiva, la política argentina sigue rodando en círculos. Hasta lo que puede considerarse un triunfo queda atrapado en una lógica de confrontación que impide encontrar nuevos puntos de partida.
