La degradación de la empatía
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Es una palabra repetida del discurso político, pero también en una práctica selectiva. A veces sirve para comprender a los propios solamente. Y no es utilizada para reconocer a los otros. Varios ejemplos revelan cuánto cuesta llevar la empatía del discurso a los hechos.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
No son siempre públicas, pero sí reiteradas, algunas quejas en determinados círculos politicos sobre los cuestionamientos casi generalizados que la opinión pública hace del accionar de la clase dirigente. Es verdad que las generalizaciones ingresan en la categoría de injustas cuando se esparcen sin matices. Pero también es una realidad que son reiteradas las conductas que contribuyen a acrecentar el malestar social y a elevar el tono de las críticas.
Un listado de hechos da cuenta de conflictos de intereses, carencia de idoneidad, corrupción, privilegios, falta de rendición de cuentas, nepotismo, clientelismo y arbitrariedad, entre otros. Indican una distancia real entre las demandas de la ciudadanía y el discurso dirigencial. Son expresión de la división entre la empatía emocional del discurso y la empatía cognitiva que requiere destrezas mentales y, fundamentalmente, criterios éticos para plasmarse en la realidad.
Milei llegó al gobierno con una prédica que empatizaba con el sentimiento de hastío de una mayoría de argentinos. La idea de “casta” fue un eje discursivo que prendió y le permitió asumir el poder. Sin embargo, el caso Adorni -no el único pero sí el más emblemático- dañó seriamente al gobierno porque reveló la contradicción entre el discurso moralizador y las acciones privadas o públicas del ex jefe de gabinete.
También se encuadra en este panorama la obstinación de Milei y otros funcionarios en enfatizar la responsabilidad contractual de los deudores morosos por encima de las circunstancias que llevan a una familia a endeudarse para comprar alimentos o cubrir otros gastos básicos. Cuando el diputado Benegas Lynch dijo que la morosidad es responsabilidad del que compró un televisor para el Mundial y ahora no lo quiere pagar porque Argentina no salió campeón, ya no se puede hablar de frases desafortunadas o anecdóticas.
Se hace evidente, entonces, la falta de empatía con los votantes que, hastiados del período kirchnerista, pretendían un cambio que incluyera una dimensión ética y no solo el regreso de cierta racionalidad económica. Pero también con quienes, más allá de sus preferencias políticas, padecen restricciones económicas, laborales y productivas y esperaban que, luego del ajuste, ese cambio contemplara sus dificultades.
No hay exclusividad
Los ejemplos de falta de empatía cognitiva de la dirigencia política se repiten en todas las vertientes ideológicas y también en latitudes distintas. Por caso, el ex candidato presidencial Sergio Massa se presenta como el paladín de la unidad en un movimiento que afirma pensar primero siempre en los más débiles y vulnerables. Como es habitual en él, hace gala de su contorsionismo político. Aunque a veces le sale mal.
De un vuelo privado en una nave propiedad de un empresario “amigo” para unas lujosas vacaciones en el Caribe se desprende esta condición. El periodismo develó que supuestamente intentó ocultarlo saliendo de Uruguay y volviendo por Paraguay. ¿Por qué esconder? Simplemente porque la contradicción entre el discurso público y las acciones privadas resulta tan evidente que cualquier explicación parece insuficiente. ¿La austeridad es una virtud cuando la practica el pueblo y una opción personal cuando la practica el dirigente?
En el mismo sentido, se conoció que una dirigente sindical abonó casi 200 mil dólares para comprar el departamento del piso inferior al que ocupa Cristina Kirchner bajo prisión domiciliaria. La prensa porteña publicó que personas consultadas en el edificio manifestaron no conocerla y no hay pruebas de que viva allí, lo que deja abierta la puerta a especulaciones sobre los verdaderos motivos de la adquisición. Algo similar ocurre cuando un legislador provincial contrata como “asesores” a personas con antecedentes penales y condenas judiciales y la respuesta institucional se limita a autorizarle una licencia temporal en el cargo. En estos casos, vale preguntarse si la empatía debe empezar por los propios y terminar allí.
El plano internacional exhibe otra faceta de la misma trama. Al mismo tiempo en que miles de marroquíes desesperados protagonizaban, semanas atrás, una oleada migratoria casi sin precedentes en la ciudad española de Ceuta, el presidente del gobierno español difundía un video en el que daba a conocer su playlist de Spotify. Recién un mes después, el gobierno central español , a través de su ministra de Defensa, pidió disculpas por no haber encarado la crisis con la seriedad del caso. En un contexto en el que las posiciones oscilan entre la xenofobia y la defensa de un gobierno que no supo responder adecuadamente a la crisis, convendría preguntarse si la dirigencia puede reclamar empatía con quienes migran sin mostrarla también hacia las comunidades que deben afrontar las consecuencias de una migración descontrolada. Comprender a un vulnerable no significa ignorar a otro vulnerable.
Cuando se la utiliza como herramienta del discurso político pero sirve para comprender a unos y negar a otros, la empatía deja de ser un valor y se degrada como principio moral. Se convierte en la espada oxidada de una forma de hacer política.
