Infantilizar la diplomacia
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La participación del presidente Javier Milei en un acto opositor en Brasil parece confirmar que la política exterior se desplaza hacia una lógica de alineamientos ideológicos, campañas electorales y liderazgos personalistas que debilitan la diplomacia tradicional y generan conflictos entre países
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Los ataques verbales y las acusaciones de Javier Milei contra las autoridades brasileñas en un acto partidario de la oposición bolsonarista generaron una seria controversia diplomática con el país vecino, principal socio comercial de la Argentina.
¿Es normal que un jefe de Estado se inmiscuya en la política interna de otro Estado y apoye a los candidatos opositores? Para Milei, sí lo es. “Parte de nuestra misión como gobierno es advertir a las demás naciones para que cambien a tiempo, seguiremos ofreciendo nuestro testimonio en todas partes contra las mentiras del socialismo”, dijo en esa ocasión. A confesión de parte, relevo de pruebas. Es decir, ya no son solo gritos o acusaciones. Si bien este tipo de episodios no es nuevo, la forma en que se manifiestan altera criterios que durante décadas orientaron las relaciones entre los Estados.
En verdad, la política exterior en general descansa sobre el principio de que, en democracia, los gobiernos cambian, pero los intereses nacionales permanecen. En teoría, la máxima inicial de la diplomacia moderna se basa en que las relaciones entre los países pretenden alcanzar los objetivos surgidos de aquellos intereses. Así, los temas son el comercio, la seguridad, las fronteras, la infraestructura y la energía. Todo esto y mucho más debería sobrevivir a los cambios electorales.
Sin embargo, en especial desde los albores de este siglo, las alianzas forjadas en la sintonía ideológica parecen romper con aquella tradición. Estarían dando nacimiento a la diplomacia identitaria a partir del principio del alineamiento ideológico. Si no tienen ideas similares, los gobernantes dejan de vincularse con sus pares. Lo hacen con los dirigentes con ideas afines que están en la oposición. Ya no se observa al otro país como un vecino con el que se comparten intereses comunes y se hacen negocios. Se lo categoriza como un enemigo en la batalla cultural e ideológica.
En este tiempo, abundan los ejemplos en los que la política exterior empezó a adoptar la lógica de las redes sociales. La diplomacia crea disputas en el fangoso terreno electoral. Los tradicionales y pacatos comunicados de las cancillerías compiten con los discursos de campaña. Y las posturas de un país se miden más por los aplausos de la propia tribuna que por los resultados. De este modo, la dogmatización ideológica o la personalización de los vínculos internacionales prevalecen.
Más allá de las ideologías
Por cierto, este fenómeno no es nuevo ni propio de una línea política. La historia registra fuertes alineamientos ideológicos no siempre vinculados con la defensa de los intereses de un país en particular. Un ejemplo fue la Cumbre del ALCA en Mar del Plata, en 2005. Allí, ante más de 30 mil militantes, Hugo Chávez utilizó ese encuentro de mandatarios americanos como escenario de confrontación. Logró el rechazo al ALCA e inició la construcción de un bloque latinoamericano de gobiernos afines.
Asimismo, Lula tampoco fue ajeno a los intentos de influir en la política argentina. Expresó públicamente su respaldo a Daniel Scioli en 2015, mantuvo una relación cercana con Alberto Fernández y Cristina Kirchner y, según versiones, el oficialismo brasileño colaboró con asesores en la campaña de Sergio Massa. Incluso visitó a la expresidenta en el domicilio donde cumple su condena. Sin embargo, es necesaria la aclaración, esa participación no se expresó mediante discursos pronunciados en actos partidarios en territorio argentino para descalificar al gobierno de turno.
No obstante, la irrupción de Donald Trump en el escenario mundial aceleró la tendencia que Chávez había impulsado. Así, se incrementó la organización de los liderazgos como redes que trascienden fronteras. Y lo hacen con una intensidad manifiesta que llega hasta las descalificaciones o a la posible contradicción entre el objetivo de consolidar la prevalencia de una ideología y los intereses permanentes de una Nación.
Más allá del retiro de su embajador en la Argentina, Brasil seguirá siendo el principal socio comercial argentino y el Mercosur continuará siendo estratégico por más discursos de campaña que Milei pronuncie contra Lula. Quizás este modo de relacionarse con países que no comparten su visión sirva para reforzar la adhesión de las huestes libertarias. Como se infiere de sus palabras en el acto de apoyo a Flavio Bolsonaro, la meta es formar un bloque de países cuyos gobiernos comparten principios ideológicos. Nada nuevo. Esto ya lo ensayó el chavismo. Y, a la luz de lo que se observa en la actualidad, los frutos fueron perecederos.
Es que condicionar la diplomacia a la simpatía personal e ideológica entre líderes políticos termina infantilizando la diplomacia.
