Entrevista
Giovanna Cavalleris: “Yo no sé vivir sin bailar”
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/bailarina.jpeg)
Tiene 23 años y una historia que habla de pasión, disciplina y amor por la danza, pero también esfuerzo silencioso. Integrante del Ballet Municipal Patria, brilló en el último Festival de la Buena Mesa. Detrás de cada aplauso hubo horas de ensayo, responsabilidades familiares y una convicción profunda: no renunciar a lo que a uno lo sostiene, aun cuando la vida golpea fuerte.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
Lo primero que dijo fue su nombre completo y su edad, con esa mezcla de timidez y firmeza que la caracteriza: Giovanna Cavalleris, 23 años. “Gio”, como le dicen todos. Una joven que arriba del escenario se transforma y abajo sostiene una vida atravesada por responsabilidades que no siempre se ven.
En un momento de la charla, casi sin proponérselo, dejó caer una frase que terminó explicándolo todo: “Yo no sé vivir sin bailar”. No lo dijo como una exageración ni como una consigna romántica. Lo dijo con naturalidad, como quien habla de algo tan indispensable como respirar. Y ahí su historia cobró otra dimensión.
Su historia habló de pasión por la danza, sí, pero también de amor por la familia, de disciplina, de sacrificios y de esa decisión cotidiana de no abandonar lo que la hace bien.
Al contrario de lo que muchos podían imaginar, Giovanna no comenzó en el folclore. “Yo empecé a bailar árabe desde muy chiquita. Mi recuerdo consciente es a los seis años, cuando entré a la Academia FEM de María Eugenia Ferreyra, que es a quien le debo mi formación en todo”, contó.
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/giovanna_cavalleris.jpeg)
Desde entonces, la danza fue su casa. Se formó como profesora de danzas árabes y como bailarina integral. Mientras cursaba el secundario, sumó clásico, contemporáneo, jazz, telas. “Siempre me gustó saber un poquito de todo”, explicó. Y lo dijo con esa curiosidad intacta que todavía la mueve.
A los 15 años llegó el primer contacto con el Ballet Municipal Patria. Buscaban una bailarina con determinadas características y recurrieron a su maestra. “Hice una intervención en un baile folclórico, pero no bailaba folclore. Eran apariciones. Y fue, justo, para un festival de la Buena Mesa”, recordó.
Quedó fascinada. El trabajo del elenco, la potencia escénica, el compromiso. Pasaron algunos años hasta que, en 2019, volvió a contactarse y finalmente ingresó de manera estable. “Ellos me dieron la base de folclore. Yo ya venía con tango y otras disciplinas. Fue un antes y un después”, señaló.
Disciplina que forma carácter
Para Giovanna, la danza fue tan formativa como cualquier deporte de alto rendimiento. “Desde muy chica nos inculcaron respeto por el cuerpo, por el entrenamiento, por la comida, por las decisiones que tomamos. Hay noches en las que no salimos porque al otro día tenemos ensayo. Es una elección”, explicó.
Hoy es psicopedagoga, trabaja, estudia, da clases y ensaya tres veces por semana por la noche, cuando “la vida formal” termina. “A la noche nos dedicamos a la danza”, dijo.
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/giovanna_cavalleris_1.jpeg)
El Ballet Patria —dirigido por José Bolea y Soraya Molina— mantuvo formación constante durante todo el año: clásico, contemporáneo, entrenamiento físico y preparación específica para cada evento. “Nos presentan los proyectos a principio de año y organizamos nuestra vida en función de eso”, contó.
Porque nadie en el elenco vive exclusivamente de la danza. Cada integrante equilibra trabajo, familia y responsabilidades. Y aun así, el nivel artístico no se negocia.
Bombos, ensayo y piel de gallina
El último Festival del Humor, la Buena Mesa y la Canción fue especialmente intenso. El desafío de incorporar bombos mientras bailaban los obligó a redoblar el esfuerzo.
“Nunca habíamos tocado bombos mientras bailábamos. Fue heavy”, dijo entre risas. Ensayaban horas y horas. En enero y febrero se reunían casi todas las noches, a veces hasta la madrugada. “Terminábamos a las dos de la mañana y al otro día nos levantábamos a trabajar”.
Con sus amigas practicaban incluso fuera de los ensayos formales. “Nos juntábamos en la pileta y tocábamos el bombo todas las tardes. Era para que salga”.
Para ella, lo más valioso fue el proceso: el mate compartido, el ballet invitado de Chile, el compañerismo. Pero cuando se apagó la música y llegó el aplauso, algo se acomodó por dentro.
“Fuera del escenario soy más solitaria, más reservada. Pero arriba cambia todo. Y cuando escucho el aplauso vuelvo a darme cuenta de lo que estamos haciendo. Es gratificante. Es un respiro después de tanto sacrificio”.
Burbuja protectora
Hay historias que no necesitan detalles para entender su profundidad. Giovanna habló de una enfermedad que atravesó a su familia, de pérdidas y de responsabilidades asumidas muy joven. De crecer rápido. De sostener.
“No sé si llamarlo terapia, pero la danza fue mi burbuja. Lo que me protegió. Lo que me sostuvo la cabeza cuando todo alrededor era difícil”, confesó.
Hubo meses en los que no pudo ensayar porque la prioridad era acompañar. Hubo noches en las que, después de acostar a todos, se iba a bailar. “A veces me autocastigo si falto. Soy muy exigente conmigo misma. Pero entendí que también necesito esto”.
Hoy comparte el cuidado de su hermano con su hermana y padre. Trabaja, estudia y ensaya. Se organiza. Se cansa. Se emociona. Y vuelve a elegir el escenario.
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/giovanna_cavalleris_2.jpeg)
“No quiero dar lástima. Esto es lo que nos tocó y aprendimos a valorarlo. Cuando nos decían que quedaban pocos meses, había que disfrutar esos meses. Poner música y bailar era algo que disfrutábamos todos”, dijo, con la voz quebrada pero firme.
En su casa aprendieron algo esencial: nadie puede cargar solo con todo. “También hay que darse tiempo para uno. No es malo hacer lo que te gusta”.
Herramienta de vida
Como psicopedagoga, Giovanna trasladó esa convicción a sus pacientes. “Yo les inculco mucho el arte. No solamente la danza. Que canten, que desfilen, que hagan fotos. El arte es algo que todos necesitamos para expresarnos”.
Su propia historia fue prueba de eso. No como escapismo, sino como sostén. Como espacio propio en medio del ruido.
“Si pasás la etapa complicada de la adolescencia sin dejarlo, la danza te queda para siempre”, sostuvo. Y ella la eligió, incluso en los momentos más duros.
No renunciar
La sonrisa que el público vio en el escenario de la Buena Mesa no fue improvisada. Fue el resultado de años de disciplina y de una decisión íntima: no abandonar lo que la hace bien.
Giovanna Cavalleris bailó esa noche como tantas otras. Pero su historia recordó algo más profundo: que el arte no es un lujo, sino una necesidad. Que el aplauso no es vanidad, sino reconocimiento al esfuerzo. Y que aun cuando la vida obliga a crecer de golpe, siempre hay un espacio donde volver a ser uno mismo.
En su caso, ese espacio fue —y sigue siendo— la danza. Porque, como ella misma lo dijo sin vueltas, no sabe vivir sin bailar.
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/s.jpeg)
