Análisis
Frases que regresan una y otra vez
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La historia económica argentina repite escenas conocidas. Ante un tropiezo, como el índice de inflación de marzo que fue del 3,4%, resurgen promesas de mejora y sentencias de que “lo peor ya pasó”. Pero una y otra vez, el relato optimista choca con la realidad
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Fuerte impacto provocó la difusión del índice de precios al consumidor de marzo pasado. El 3,4% registrado fue un cimbronazo para el optimismo gubernamental, aun cuando ya se advertían paraguas abiertos que presagiaban una nueva tormenta. En este contexto, van quedando vacíos aquellos pronósticos de que en agosto la inflación comenzaría con cero.
Es un nuevo frente que se suma a los varios temporales que siguen azotando la credibilidad del gobierno libertario, en especial el que se ventila en la Justicia y tiene como protagonista al jefe de Gabinete.
El ministro de Economía, Luis Caputo, admitió días antes que el índice del costo de vida comenzaría con 3. Pero, pese al impacto del dato, fue enfático al señalar que “lo peor ya pasó” y que se vienen meses de crecimiento y recuperación productiva. Algo similar hizo el presidente de la Nación, quien, aun reconociendo que no le gustó el número que difundió el Indec, apeló a la paciencia de los argentinos con la esperanza de que la situación mejore.
Las reacciones del titular de Economía y del primer mandatario no se salen del manual que parecen haber estudiado los funcionarios desde hace décadas. Existe una tradición discursiva en la política argentina que pronostica bienestar, pero que una y otra vez termina chocando con la realidad a poco de andar. Ante los tropiezos, el relato insiste con los mensajes esperanzadores y las apelaciones voluntaristas.
Las palabras sobre la inflación y la marcha de la economía van y vienen en la política nacional. Las frases se van, pero regresan. Algunas reformuladas, otras con objetivos similares. También están las que se mantienen intactas. Conceptos que exhiben una secuencia recurrente. A las promesas de que los problemas quedarán atrás la realidad se encarga -una y otra vez- de ponerlas en vereda. Pueden cambiar las fórmulas discursivas, pero no la lógica: el presente puede ser difícil, pero el futuro será mejor.
Habituada a escuchar promesas de mejoras que pocas veces llegan, la sociedad argentina tiene bien desarrollado su escepticismo. Ha constatado que la credibilidad no se edifica sobre frases bonitas o promesas de cambio, sino con hechos que las respalden.
Pruebas al canto
Al final de la dictadura militar, Lorenzo Sigaut afirmó que “el que apuesta al dólar pierde” en una de las frases que más chocaron con la realidad. Domingo Cavallo pronosticó que con la Convertibilidad vendrían “seis décadas de crecimiento y prosperidad”. De la Rúa, diciendo que es muy lindo dar buenas noticias, auguró que “el 2001 será un gran año”. Durante aquel año dramático, Eduardo Duhalde prometió que los que habían depositado dólares recibirían dólares.
En octubre de 2007, Néstor Kirchner aseguraba que “la inflación del Indec es la correcta”, pese a que, en enero de ese año, su secretario de Comercio, Guillermo Moreno, había intervenido el organismo y comenzado a falsear las estadísticas. Cristina decía que el déficit fiscal “no es la causa” del crecimiento de precios, mientras la dinámica inflacionaria mostraba lo contrario. Kicillof pedía tranquilidad “porque esto está estudiado en profundidad”, mientras los controles de precios se profundizaban. En ese período, hasta hubo un efímero ministro -Hernán Lorenzino- que no pudo responder una pregunta sobre el tema. El “me quiero ir” quedó para la historia.
Más acá, todavía se espera el “segundo semestre” de Macri, quien fracasó con sus recetas graduales para terminar con “la borrachera que provoca cierto placer, pero cuando perdura en el tiempo genera una estafa a los que menos tienen", según su propia definición. Después se borraron pronto los senderos de estabilización de Martín Guzmán. Y Sergio Massa, fiel a su ubicuidad, dijo: “Ya tengo bastante con el Ministerio de Economía. Mi obligación para 2023 es bajar la inflación, no pensar en candidaturas". Por supuesto, fue candidato. Y los precios siguieron escalando.
Los estudiosos de la comunicación política dirán que el discurso optimista ordena expectativas en contextos de fragilidad. Abundarán en análisis sobre la construcción de narrativas que sean capaces de sostener políticamente las acciones de un gobierno. Afirmarán que se trata de una herramienta útil para capear temporales. El problema aparece cuando la estrategia se hace rutinaria y la realidad no acompaña el relato. Cuando el anuncio de que “lo peor ya pasó” deja de ser un diagnóstico para transformarse en una frase hecha.
Es verdad que ningún programa económico puede sostenerse si no existe un horizonte de mejora. Pero la confianza nunca brotará cuando la experiencia demuestra que los gobernantes intentan convencer a la ciudadanía de que -como Menem decía- “estamos mal, pero vamos bien”, luego de que transcurrieron decenas de inviernos desde aquel que Alsogaray dijo que había que pasar.
En realidad, a nadie le gustó -no solo al presidente- que el índice de inflación de marzo comience con 3. Pero, desde hace años, en la Argentina los números siempre han preocupado. En cambio, las palabras ya no sorprenden.
