El dato político
Festival sin nombres propios: una edición que mostró un cambio en la comunicación oficial
En el escenario de la Buena Mesa, la cartelería institucional de la Municipalidad de San Francisco evitó destacar figuras individuales y puso el foco en la marca ciudad. La decisión no pasó inadvertida y abre una lectura política que va más allá de lo meramente estético.
La 23ª edición del Festival del Humor, la Buena Mesa y la Canción no solo deja dos noches muy convocantes en el predio de la Sociedad Rural. También expuso un detalle que, en tiempos donde la comunicación política es parte central de la gestión, no pasó inadvertido: la casi nula presencia del nombre del intendente Damián Bernarte en la cartelería oficial ubicada en el escenario principal.
En un evento históricamente organizado por la Municipalidad de San Francisco, la gráfica institucional tuvo como eje la marca ciudad y la referencia al municipio, pero sin destacar de manera visible el nombre del jefe municipal, algo que en otras ediciones había sido más frecuente. El cambio no fue menor y, lejos de parecer casual, se inscribió en un contexto más amplio.
Semanas atrás, el Gobierno de Córdoba impulsó un rediseño de su comunicación oficial. El nombre del gobernador Martín Llaryora dejó de figurar en piezas gráficas y mensajes institucionales, en favor de un esquema más despersonalizado y centrado en “los cordobeses”, según se explicó desde el área de Comunicación provincial. Se eliminaron menciones explícitas a la “gestión” asociada a un nombre propio y se priorizó una identidad visual más sobria.
En ese marco, lo ocurrido en el festival sanfrancisqueño puede leerse como un gesto en la misma dirección. No se trató únicamente de una decisión estética. En la Argentina reciente, la tendencia a personalizar la acción de gobierno —con nombres de funcionarios estampados en vehículos oficiales o edificios públicos— generó críticas y hasta situaciones que rozaron lo caricaturesco. El supuesto mérito individual, presentado como si fuera ajeno al esfuerzo colectivo y al aporte de los ciudadanos, fue una práctica extendida.
El festival, como principal evento cultural del verano local, es una vidriera inmejorable. Allí confluyen artistas nacionales y locales, más de 25 puestos gastronómicos —incluidas las colectividades— y miles de vecinos que hacen del encuentro una celebración identitaria. En ese escenario simbólico, la ausencia de personalismos adquiere peso político.
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La Buena Mesa es también un espacio donde se proyecta la forma en que el Estado se presenta ante su ciudadanía. La decisión de no enfatizar el nombre del intendente, entonces, puede interpretarse como un intento de correrse de lógicas más asociadas al protagonismo individual. No es un dato menor en una provincia donde amplios sectores sociales han manifestado rechazo a prácticas que recuerdan al personalismo o a formas de comunicación vinculadas con liderazgos excesivamente centralizados. En ese sentido, el municipio pareció haber tomado nota de una sensibilidad social que privilegia la institucionalidad por sobre el culto a la figura del gobernante.
Por supuesto, toda decisión comunicacional tiene también una lectura estratégica. Despersonalizar no implica renunciar a capitalizar políticamente la gestión, sino hacerlo de otro modo. Es posible que está modificación obedezca a un clima social que refleja rechazo o hartazgo por la promoción personalista de los gobernantes, por lo que se optó, en lugar de subrayar un liderazgo individual, por destacar la marca ciudad. Quizás sea una señal de época.
