Opinión
En el umbral de la tolerancia
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Encuestas exhiben un deterioro de las expectativas económicas, hecho que comienza a erosionar la tolerancia social frente a la corrupción. Con antecedentes claros en la historia reciente, el gobierno enfrenta un cambio de clima: ya no alcanza con promesas, crece la demanda de resultados y, especialmente, de transparencia.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
En una de sus últimas mediciones, el Termómetro Ciudadano que elabora la consultora Opinaia marca que “el 40% de los encuestados considera que el esfuerzo económico actual no vale la pena”.
Por su parte, el 42% sigue pensando que vale la pena, aunque las mejoras se verán a largo plazo, y solo el 18% sostiene que ya son visibles. En ese marco, el desempleo se afirma como la principal preocupación de los argentinos, según el estudio relevado en marzo de este año.
Las estadísticas del Indec difundidas en la semana ratifican esta percepción social.
Los números sugieren que algo está empezando a cambiar. La caída de puestos de trabajo es un dato que siempre inquieta. Confirma la sensación de que las expectativas están resquebrajándose. Y, al mismo tiempo, abre la puerta a un fenómeno que ha tenido varios capítulos en la historia reciente.
La resonancia pública de casos en los que se investigan posibles maniobras ilícitas en el seno del gobierno deja expuesta la sensación de que la tolerancia frente a la corrupción depende de las percepciones sociales sobre la marcha de la economía. En este caso, se activan preocupaciones sociales que habían quedado en segundo plano desde la asunción de Milei. Un contexto internacional de creciente tensión, una inflación que, aunque contenida respecto de picos anteriores, sigue siendo elevada para los estándares de normalidad que maneja el mundo, el encogimiento de las actividades productivas y la incertidumbre sobre el empleo, entre otros factores, son determinantes para configurar una atmósfera distinta.
La estabilidad y la promesa de bienestar luego del esfuerzo habían amortiguado tensiones. Pero varias de ellas están comenzando a ubicarse en el centro de la escena. En este punto, desde Maquiavelo, el realismo político sugiere que al gobernante se le perdona casi todo si garantiza la prosperidad. Aunque la figura pueda parecer de otro tiempo, cuando los índices de confianza en un gobierno comienzan a caer, escándalos como el de $Libra trepan a la tapa de los diarios. Y muchos siguen escalando hasta volverse incontrolables.
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Una realidad conocida
Este comportamiento social es un patrón recurrente. Carlos Menem fue reelegido con amplio respaldo mientras la estabilidad de la Convertibilidad contenía los costos de muchos episodios de corrupción. Fernando de la Rúa llegó con una promesa de ética pública que se desmoronó en paralelo al deterioro económico y el escándalo de la Banelco. Durante los años del kirchnerismo, las denuncias de maniobras corruptas coexistieron con altos niveles de apoyo que erosionaron cuando el estancamiento y la inflación se convirtieron en preocupaciones. En el gobierno de Mauricio Macri, la agenda ética perdió gravitación frente a la crisis de 2018. Y la crisis desatada tras la foto de Olivos durante la pandemia mostró cómo un episodio puntual puede demoler una gestión cuando el malestar social ya está en marcha.
Entonces, en el momento en que la ciudadanía vuelve a preguntarse si el esfuerzo tiene sentido, crece el impacto de episodios que golpean al gobierno. Entre ellos, las revelaciones periodísticas del caso $Libra -vinculadas a posibles irregularidades en el manejo de fondos-, las investigaciones sobre la Andis -bajo sospecha por maniobras bajo investigación- y el revuelo generado por los viajes del jefe de Gabinete –“deslices éticos” que hacen crujir relatos que proponen lo contrario-.
Frente a estos sucesos, las respuestas institucionales han sido débiles. Por caso, el flamante ministro de Justicia incluso planteó la posible nulidad de algunas investigaciones. Se trató de una defensa de los funcionarios más cercana al rol de abogado que al del funcionario que debe garantizar el funcionamiento judicial.
Por fortuna para el gobierno, ese proceso convive con la memoria reciente. La reaparición de Cristina Fernández de Kirchner, con su tono confrontativo, su jactancia y su monólogo en el juicio del caso Cuadernos -que solo refuerza la adhesión de su militancia incondicional-, reactivó el recuerdo de experiencias asociadas a la corrupción y el deterioro económico. Esa memoria funciona todavía, aunque no se puede precisar hasta cuándo, como dique de contención.
En este contexto, asoma un tiempo en el que el gobierno tendrá que enfrentar un cambio de escenario. La historia reciente enseña que llega un momento en el que el crédito basado en expectativas ya no alcanza por sí solo. Entonces, la percepción social se desplaza hacia resultados económicos que despejen la incertidumbre y, al mismo tiempo, con un rigor que no se manifiesta en épocas de cierta bonanza o expectativas de cambio, hacia demandas más estrictas de transparencia.
El umbral de la tolerancia parece acercarse. Un punto de inflexión en el que las denuncias, las controversias, las internas y la opacidad dejan de ser hechos aislados para convertirse en síntoma.
