El “otro” siempre es peor
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Las instituciones de una democracia liberal pueden debilitarse cuando la polarización convierte al adversario en una amenaza. La contradicción aparece cuando la pertenencia política lleva a tolerar en los “nuestros” aquello que se condenaría sin dudar en los “otros”.
Por Fernando Quaglia
Se acerca el nuevo año electoral. Las fuerzas políticas o, mejor dicho, sus dirigentes han comenzado el largo, arduo y agotador camino en procura del destino de éxito medido en cantidad de votos que les permitan llegar al poder o mantenerlo.
Son las reglas de la democracia. Aunque sería propicio reflexionar sobre si las características de la práctica actual -en el país y en el mundo- rellenan todos los casilleros de lo que, a lo largo de la historia, célebres pensadores definieron como condiciones centrales para la vigencia de los principios democráticos en una sociedad.
Manuel Arias Maldonado es un reconocido catedrático de Ciencia Política español que escribió recientemente un artículo titulado “¿Podemos salvar la democracia liberal? (https://ethic.es/podemos-salvar-democracia-liberal) , en el que plantea que los peligros que amenazan actualmente a la democracia liberal ya no se presentan principalmente como una alternativa totalitaria o dictatorial, sino que también pueden manifestarse en las actitudes de ciudadanos y dirigentes que dicen defenderla pero no respetan sus normas y debilitan las instancias de control.
En otras palabras, un gobierno o un partido opositor puede accionar debilitando la separación de poderes, atacando a jueces y medios de comunicación, colmando de militantes los puestos de la administración pública, usando la mentira y desacreditando de manera permanente al adversario. En esta “hipocresía democrática”, el rol del ciudadano es, para el autor, central, puesto que mientras “manifiesta su preferencia abstracta por la democracia, procede sin embargo a apoyar en las urnas a formaciones o líderes que contribuyen a erosionarla”. Así, se habla “el lenguaje de la democracia pese a que que justamente se atenta contra ella”.
Este fenómeno global tendría en nuestro país características particulares. En primer lugar el “nosotros o ellos” como mecanismo de construcción política que se prolonga en un lenguaje fácil de reconocer. De este modo, conceptos usados con intención peyorativa como casta, kukas, zurdos, la derecha, fachos, vieja política, odio a periodistas y varios otros se convierten en categorías morales que se convierten en matriz del accionar político. Esto significa que el mecanismo de identificación es similar aun cuando la ideología y la historia de las distintas fuerzas sean diferentes.
Así, si lo hace o lo dice el adversario, se habla de autoritarismo, ataque a las instituciones, intolerancia, persecución o intentos de proscripción. Si lo mismo parte del propio espacio político se trata de una reacción necesaria, de una exageración propia del temperamento del dirigente o de una respuesta a la provocación. La misma conducta o palabras similares pueden adquirir significados completamente diferentes según quién sea el protagonista.
Polarizar es la cuestión
Desde hace años, la proximidad electoral hace mucho más visibles esos esquemas que terminan siendo fundamento de la grieta. Derrotar al otro es un objetivo que ordena la lucha política. Pero el respeto por determinadas reglas no puede quedar subordinado solo a la necesidad de impedir que el adversario llegue o vuelva al poder.
La polarización se extrema con esta dinámica política, aunque genera una paradoja. Frente a las elecciones próximas, el gobierno plantea la amenaza del regreso del kirchnerismo. Pero necesita que este adversario mantenga una relativa fortaleza política para que sea funcional a sus intereses. En sentido inverso, la dirigencia pero-kirchnerista solo habla de Milei porque es el rival a partir del cual puede recrear su propia identidad.
Entonces, ya casi no se necesita convencer a la ciudadanía de que las propuestas de “nosotros” son mejores. Solo basta con generar el clima que permita diluir todos los errores o excesos de unos porque es demasiado peligroso que los otros triunfen en la elección. Predomina una lógica que acepta que alguien de los “nuestros” pueda equivocarse, excederse o, incluso, hacer algo que yo no apruebo. Pero se tolera pues enfrente están “ellos”.
¿Qué sucede cuando el clima lleva a ciudadanos a disimular en los propios aquello que consideran inadmisible que hagan los adversarios? Es una pregunta que suena a advertencia y que el texto de Arias Maldonado plantea como una enfermedad que puede volverse crónica debido a que “la democracia plena ha dejado paso hace tiempo a una democracia de rasgos iliberales donde la excepcionalidad institucional coexiste con una aparente normalidad cotidiana”.
