Entrevista
“El amor que ellos te dan recarga el mundo”: Natalia Odasso eligió sembrar esperanza en Acapulco
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En un barrio estigmatizado, ella eligió quedarse. Lo hizo con la fuerza de una vocación que complementa su profesión de abogada y escribana: ayudar a los demás. Desde hace cuatro años colabora en el merendero Sonrisas para un Niño, convencida de que el cambio empieza por los gestos más simples.
Natalia Odasso tiene 32 años, es abogada y escribana. Pero su vida no se resume en expedientes, firmas o trámites legales. Desde hace cuatro años, dedica gran parte de sus días al comedor y merendero Sonrisas para un Niño, en barrio Acapulco de Josefina, a pocos minutos de San Francisco, donde vive actualmente, aunque es oriunda de Sastre. Su historia combina dos facetas: la profesión que eligió como carrera y la vocación de servicio que la empuja a construir algo más grande en un lugar estigmatizado por la droga y la violencia armada.
El punto de partida de ese camino solidario fue una nota periodística sobre el merendero que dirige desde hace nueve años Norma Vocos, vecina de la esquina de Calle 3 y Calle 16 de Acapulco. Natalia se conmovió con lo que leyó y decidió acercarse. Lo que parecía un gesto ocasional se convirtió en un compromiso de vida. “Me acerco al merendero, me acerco a preguntar qué era, qué necesitaban, qué podía hacer. Primero hablo con Norma, que es la que lo tiene en su casa, y me dice: vení esta tarde que está abierto. Cuando voy y los veo a todos ahí, fue como un amor a primera vista. Dije: ya acá me quedo. Ahí me di cuenta que lo mejor que a veces uno puede dedicar es el tiempo”, recordó en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO.
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Con el paso de los meses, Natalia se involucró cada vez más. “Empecé a mover un poco más el tema del merendero. Norma es un ángel que lo sostiene hace nueve años. Cuando me engancho, ellos me ponen como madrina. Y empezamos a sacar a los chicos al cine, al teatro…”, contó. Hoy asiste casi todos los días, “menos los martes”, y los sábados ayudan también con un almuerzo. “Hacemos mucha cantidad y los chicos se llevan su ‘tapercito’. Lo que sobra se lo llevan a su casa”.
Su motor es la energía que recibe de quienes la rodean en Acapulco: “Lo más gratificante son esas miradas, esos abrazos, ese amor. Vuelvo a casa recargada, con una energía increíble. Ellos vienen y con un abrazo te recargan el mundo”, confesó con emoción.
El arraigo con la solidaridad tiene raíces familiares. “Soy de Sastre, vengo de una familia súper trabajadora, que siempre ayudó a los demás. Nunca me faltó nada, pero siempre estuve cerca de los merenderos, de donar ropa. Cuando te encontrás con las historias de cada chico, ahí es donde te choca el alma. Son historias muy fuertes”.
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En la rutina diaria, ese compromiso ya es parte de su vida. “Ir al merendero es como una actividad más de mi día. Ellos me eligieron como madrina y esperan que yo vaya. Se genera un vínculo de amor puro. Muchos vienen de historias duras y necesitan alguien que los abrace, que les diga que son valiosos”, explicó.
Sobre la situación social que percibe, fue clara: “Está complicado. Hay de todo, pero también veo mucha gente queriendo ayudar. Tengo amigas que no llegan a fin de mes y, sin embargo, para el Día del Niño cocinaron una torta para los chicos. Eso emociona”.
La conciliación con su profesión no fue un obstáculo, al contrario. “Trabajo en una escribanía y me llevé a mis compañeras a colaborar. El apoyo es fundamental”, destacó. Y a otros jóvenes profesionales les aconseja animarse: “No hay que empezar con algo grande. Se puede arrancar por donar ropa que no uses. Si realmente te apasiona, el universo te va poniendo los caminos. El mensaje es empezar, aunque sea por algo pequeño”.
Su labor se desarrolla en un contexto difícil: un barrio estigmatizado por la violencia. “El estigma es fuerte. Yo la primera vez fui con miedo. Pero en Acapulco hay mucha gente trabajadora, espectacular. Claro que los chicos viven esa realidad: escuchan tiros y se agachan. Juegan en el patio y se tiran al suelo cuando sienten disparos. Eso duele. El merendero es su red de contención, su refugio seguro”, aseguró.
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Ese refugio es también su sueño. “Quiero que exista un espacio físico, un galpón, un lugar donde no solo reciban la merienda, sino talleres para los padres, un ropero solidario, algo más integral. Que no sea solo comida, sino también aprendizaje. Mi objetivo es armar ese refugio. En toda guerra siempre hay una trincherita donde uno está seguro. El merendero debe ser ese lugar”.
En ese camino, se proyecta a futuro: “Ahora empieza el movimiento de ese sueño. Vamos a buscar terrenos, quiero que se convierta en fundación para darle entidad. Sé que lo vamos a lograr”.
La muerte de Zamir Torres, el niño de 4 años asesinado el 9 de julio en Frontera, golpeó fuerte a todos en el merendero. Natalia lo recuerda con dolor: “Fue una tragedia súper sentida para los nenes. No puedo bajarme del barco ahora. No puede haber otro Zamir. Esa contención necesita estar. Y si nadie lo ve, seremos nosotros los que intentemos. Nunca se me ocurrió irme. Al contrario, más todavía pienso: vamos por este sueño”.
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Así, entre expedientes legales y meriendas, Natalia Odasso sostiene su doble vocación. Una profesión que da certezas y un costado solidario que la impulsa a no resignarse. “Ellos me enseñan todos los días que la vida puede ser diferente. Que aunque haya tiros y droga, también existe el amor, la ternura y la esperanza”, concluyó.