Entrevista
Eduardo Quichi y la fuerza como forma de vida
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Pasó por el mountain bike, el triatlón, el pole sport y una lesión cervical que lo obligó a reconstruirse desde cero. Hoy, a los 52 años, enseña calistenia y sostiene una convicción simple pero profunda: entrenar no es una cuestión estética, es una apuesta a la autonomía y a la calidad de vida futura.
“Es preferible ser el más viejo del gimnasio que el más joven del geriátrico”. Eduardo Quichi lo dice sin estridencias, casi como una reflexión al pasar, pero detrás de la frase hay una filosofía entera. Tiene casi 52 años —“voy a cumplir ahora en marzo”, cuenta— y hace tres que enseña calistenia en Energio. Sin embargo, su vínculo con la disciplina empezó mucho antes, hace aproximadamente once años, cuando el pole sport apareció en su vida.
En aquel momento su pareja era instructora y fue ella quien lo acercó a la actividad. Empezó a practicar, se formó, hizo cursos e instructorado. “Para entrenarlo se usa mucho la calistenia porque es todo control del cuerpo, se trabaja con autocarga, con el peso corporal”. Ahí empezó a interesarse por esa lógica de entrenamiento donde el propio cuerpo es la herramienta.
Con el tiempo tuvo su propio estudio, hasta que la pandemia lo obligó a cerrar. Desde 2020 continúa en Energio, donde además pudo desarrollar formalmente la enseñanza de calistenia tras completar el instructorado específico. “En calistenia exclusivamente llevo unos tres años, pero en pole sport hace once”.
Su historia deportiva, en realidad, es anterior a todo eso. Mountain bike durante una década, competencias, desafíos. Luego el triatlón, que conjugaba ciclismo, natación y acondicionamiento físico. Hasta que una caída cambió el rumbo. “Pisé un pozo tapado, volé por arriba del manillar y caí de cabeza”. La lesión en la vértebra C5 lo dejó más de un mes con cuello ortopédico y pérdida de sensibilidad en el brazo izquierdo. “La cervical es jodida porque ahí pasan todas las conexiones del cerebro hacia los músculos”, afirma.
La recuperación fue progresiva. Y fue en ese proceso donde el pole primero y la calistenia luego se transformaron en herramienta y en descubrimiento: “La usé para empezar a recuperarme físicamente y ahí me despertó el amor por la disciplina”.
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La mayoría de quienes llegan a Energio buscando calistenia no lo hacen persiguiendo una proeza atlética. Llegan con curiosidad. Y, muchas veces, con aburrimiento. “Hay gente que no se acostumbra a la rutina tradicional del gimnasio. Les resulta tediosa”, explica Quichi.
La diferencia —dice— no está en levantar más peso sino en cómo se usa el cuerpo. En la calistenia no se persigue únicamente la hipertrofia, aunque también pueda lograrse. “No trabajamos grupos musculares específicos como cuando hacés un curl de bíceps y aislás el músculo. Acá el bíceps trabaja, pero también trabajan los hombros, la espalda, toda la cadena asociada”.
La autocarga —el propio peso corporal— genera algo más que fuerza: genera control. Libertad de movimiento. Coordinación. Conciencia corporal. Y eso cambia la experiencia. “No es tan aburrido porque te lleva al desafío. Colgarse, hacer una inversión, intentar una vertical”.
Nada es inmediato. Todo es progresivo. Y en ese proceso aparece algo que para él es central: la autoestima. “Hay gente que jamás pensó en hacer una vertical y en un par de meses la está haciendo. Y se siente bien consigo misma. Siente que puede hacer otras cosas”.
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Quichi insiste en bajar la fantasía de las redes sociales. Los videos que circulan muestran atletas que dedican horas diarias al entrenamiento. Pero el que entra a Energio es un trabajador, una trabajadora, alguien que quiere mejorar su salud y sostenerlo en el tiempo.
Ahí aparece el argumento más profundo de su filosofía: el músculo como herramienta de supervivencia.
“A partir de los 40 o 45 empezamos a perder masa muscular”, explica. El ejercicio de fuerza no solo la mantiene, también puede desarrollarla. Y agrega un dato que repite como una revelación: el músculo es el único órgano del cuerpo que puede crecer y renovarse continuamente. Pero también puede desaparecer si no se usa.
Para entenderlo, recurre a la evolución. “Somos seres de hace 30 mil años”. En la selva había que trepar. En la sabana, correr. En cada entorno, el cuerpo se adaptaba. El músculo respondía a la exigencia. Se desarrollaba porque era necesario.
Hoy el contexto cambió. Conseguir alimento ya no implica horas de búsqueda. “Vamos a la heladera y sacamos 1500 calorías en minutos”. El gasto energético se redujo drásticamente. El cuerpo, entonces, entra en modo ahorro. Si no hay necesidad de fuerza, la elimina. Porque el músculo consume energía. Y el organismo está programado para economizar.
Por eso habla de volver a las raíces. No para imitar acrobacias imposibles, sino para recuperar el movimiento natural: saltar, trepar, sostener el propio peso. Con objetivos realistas. Con conciencia de que al otro día hay que trabajar, cuidar hijos, hacer compras.
“Lo importante es mantenerse saludable con el movimiento y usar nuestra masa muscular”, resume.
Hay otra palabra que aparece seguido en su discurso: lesión. “Si te lesionás, parás. Y si parás, después cuesta arrancar”. Por eso insiste en empezar despacio. A veces incluso baja expectativas. Los alumnos llegan con ideas que vieron o escucharon. Él los trae a tierra. “Empecemos de a poco. Si el potencial está, avanzamos. Si no, vamos de menos a más”.
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No hay épica exagerada. Hay progresión. Hay paciencia. Hay constancia. Y en esa constancia —dice— está la verdadera transformación.
Las clases son grupales, pero con progresiones adaptadas. Hay alumnos de 20 años y otros de más de 60. “La calistenia es amplia, no es prohibitiva de otras actividades. Podés jugar al fútbol, hacer pádel o musculación y usarla como complemento”.
El tesoro de la calidad de vida
Cuando habla de calidad de vida, la reflexión se vuelve personal. Recuerda la experiencia con su padre tras un ACV y la dependencia física que implicó. “Es feo porque uno no quiere ser una carga”. Y ahí vuelve a la sentadilla, ese gesto simple que resume autonomía: “Es lo que te levanta del piso, de la cama, del sanitario”.
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Fuera del gimnasio, Quichi es inquieto. Pasión por las motos y la mecánica, armar y desarmar, música —fue profesor de guitarra a los 14—, ama la naturaleza y los desafíos. “Me apasiona la vida. Me apasiona vivir y estar en movimiento”. No puede estar demasiado tiempo quieto.
Hoy su foco está en sus hijos: una hija de 22 años, próxima ingeniera civil, y un nene de 10. Ambos, cuenta, heredaron algo de sus pasiones. “Los chicos son como flechas que uno apunta y salen disparadas. Después no sabemos para dónde. Tratamos de apuntarlos para el lado de lo bueno”.
En definitiva, su mensaje es simple: moverse no es una moda. Es una decisión que se paga sola con el tiempo.
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