Fiesta de nuestra cultura
Dos noches que confirmaron que la Buena Mesa ya es una marca de identidad
La 23ª edición del festival volvió a reunir a miles de personas en la Rural. Con una grilla cada vez más sólida, el evento se consolida como el gran punto de encuentro del verano en San Francisco.
El predio de la Sociedad Rural volvió a latir al ritmo del Festival del Humor, la Buena Mesa y la Canción. Durante dos noches, la ciudad se reunió alrededor de un ritual que ya no necesita presentación: música en vivo, mesas compartidas, largas filas en boleterías y reposeras sobre la avenida Cervantes para quienes eligen escuchar desde afuera, mate en mano.
La 23ª edición dejó algo más que números. Desde la municipalidad arriesgaron algunas cifras. Pero el dato frío no alcanza a explicar lo que ocurre cuando febrero llega y San Francisco se reconoce en su propio espejo.
En lo organizativo, el festival mostró un crecimiento sostenido. Los tiempos del escenario fluyeron, la grilla tuvo ritmo y el recambio artístico evitó baches. La combinación entre talentos locales y figuras nacionales volvió a ser una decisión acertada: abrir el escenario mayor a artistas de la ciudad no es solo un gesto simbólico, es una declaración de identidad.
La primera noche tuvo momentos de alto impacto con Los Tekis, Abel Pintos —que abrió con “Tu voz” y sostuvo un diálogo constante con el público— y Los Auténticos Decadentes, que estiraron el cierre hasta entrada la madrugada. El domingo, en cambio, tuvo ADN cuartetero: Damián Córdoba encabezó el tramo final que convirtió el predio en una pista popularísima, acompañado por Dale Q’ Va y DesaKTa2, entre otros.
La gastronomía volvió a ocupar un lugar central. Con alrededor de 25 puestos, incluidas las colectividades, el festival reafirmó que la buena mesa no es un complemento, sino parte del corazón del encuentro. Este año, la decisión de centralizar la venta de bebidas en el Gigante de Bomberos modificó la dinámica habitual de trabajo en los espacios gastronómicos, algo que algunos integrantes señalaron como un cambio sensible. Aun así, el movimiento fue constante y las filas en cada carpa dieron cuenta del interés del público.
Hay algo que se percibe edición tras edición: el festival muestra mejoras. No solo en el calibre de los artistas convocados, sino en la puesta en escena, la logística y la proyección que logra. Lo que comenzó hace más de dos décadas como una apuesta local hoy compite en visibilidad y convocatoria con eventos consolidados de la provincia.
Pero el verdadero valor no está solo en el ranking. Está en esa postal repetida y siempre nueva: familias enteras, grupos de amigos, generaciones mezcladas cantando lo mismo. En tiempos fragmentados, el festival vuelve a unir.
El balance es positivo y la sensación compartida es clara: la ciudad volvió a encontrarse consigo misma. Ahora el calendario marca espera. Hasta 2027, quedará la certeza de que el festival no solo se sostiene: crece. Y con él, también crece la identidad que lo impulsa.
