Después de la pausa de hidratación
:format(webp):quality(60)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/07/luis_caputo.webp)
Durante el Mundial de Fútbol la política argentina entró en un largo impasse. Conflictos, disputas, negociaciones y tensiones permanecieron suspendidas por un acontecimiento que monopolizó la atención pública de nuestro país y el mundo. Ahora se reanudó el juego.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Terminó el Mundial. La selección argentina fue subcampeona. A la decepción por no conseguir el título le siguió una reacción popular que fue muy distinta a la que se presentó frente a otras finales perdidas. Se reconoció el proceso y el trabajo en equipo. También los liderazgos austeros y sensatos, exentos de posturas demagógicas y con la sensibilidad a flor de piel.
Es verdad que el cierre del Mundial también dejó episodios que deslucieron parcialmente ese recorrido. Las reacciones de unos pocos jugadores resultaron innecesarias y alimentaron interpretaciones conspirativas sobre un supuesto sentimiento antiargentino en otras latitudes. Las hogueras virtuales de las redes sociales hicieron el resto, amplificando esos episodios hasta darles una dimensión mayor que la que realmente tuvieron. Sin embargo, el reconocimiento a los valores que encarnó esta selección quedó por encima de esos excesos, que merecen una revisión crítica, pero no alcanzan a opacar lo construido durante todo el proceso.
El Mundial significó un tiempo muerto para los grandes temas del país. El Congreso se aletargó y proyectos de ley trascendentes volvieron a su cajón. También varias decisiones en materia económica parecieron suspenderse debido a que la atención de la opinión pública estaba centrada en los partidos de la selección. Así, mientras el país miraba las remontadas de Messi y sus muchachos, la política se dedicó a esperar. “El 2027 empieza después del Mundial”, fue la consigna.
Y ya empezó. Como si el Mundial hubiera sido apenas un paréntesis en una dinámica que nunca cambió y de la que la dirigencia pretendió arrimar a su propio arco algunas enseñanzas de la "Scaloneta" para mejorar el clima político. Todo volvió a medirse en clave electoral, con la mirada puesta en las legislativas del año próximo. Se reactivó la confrontación entre las distintas fuerzas y también dentro de cada una de ellas. El cortoplacismo volvió a imponerse tanto en los discursos como en las decisiones, mientras la agenda pública acumula problemas que no admiten demoras.
El gobierno y los sectores autodenominados progresistas quedaron en offside frente a “ola antiargentina” que se desplegó luego de la final que ganó España. Los libertarios procuraron capitalizar este hecho para su batalla cultural. No tuvieron mayor éxito. En la vereda de enfrente fueron muchos los que no pudieron conciliar el sueño al escuchar las acusaciones de discriminación y racismo que hicieron personajes representativos en el mundo de las ideas que defienden.
La confusión se mantuvo cuando, era inevitable, se retomó una agenda política que había quedado eclipsada por el Mundial. Volvieron a discutirse las reformas que el Gobierno pretende impulsar -entre ellas la electoral y el futuro de las Paso-, la polémica por la ley de tierras y las modificaciones al régimen de inocencia fiscal. También regresó al centro del debate el desafío de consolidar la estabilidad sin resignar la demorada reactivación económica, en medio de declaraciones oficiales -como la de Luis Caputo sobre los dólares "en el colchón"- que remitieron a situaciones similares del pasado.
Elecciones y Justicia
Al mismo tiempo, la política volvió a organizarse en función del calendario electoral. Mientras el oficialismo procura reordenar su estrategia y exhibe una unidad que las fotografías muestran más sólida de lo que en realidad es, las distintas expresiones de la oposición continúan inmersas en sus propias incertidumbres, con dirigentes enfrascados en disputas personales y movimientos destinados a despejar sospechas sin terminar de definir un rumbo común. La "rosca" recuperó protagonismo y también los gobernadores comenzaron a tomar decisiones con la mirada puesta en el tiempo electoral que se avecina.
Ni siquiera el fútbol quedó al margen del regreso de la política. El “Chiqui” Tapia de traje blanco inmaculado, observó el horizonte judicial detrás de sus anteojos negros, bajó del avión, cruzó la alfombra roja y esbozó una mueca con sorna. Sonreía. Pese a que en Estados Unidos ya se investigan las sospechosas operaciones financieras de la dirigencia del fútbol nacional, sabe que en algunos ámbitos tribunalicios continúan aquí jugando su propio partido. Un pase para adelante, varios para el costado y otro al arquero. No solo es lentitud.
La discutida pausa de hidratación del Mundial sirvió, en algunos casos, para corregir errores, reorganizar posiciones y replantear estrategias de cara a los tramos decisivos de un partido. La pregunta es si la dirigencia hizo eso durante las semanas en las que estuvimos pendientes de la selección o simplemente aguardó a que pasara el campeonato pensando que un nuevo título fungiría como un bálsamo que acomodase la realidad a sus propios intereses.
Después de su golazo a Inglaterra, Enzo Fernández hizo el “Topo Gigio”. Para el columnista Luciano Román, en La Nación, ese gesto “tiene algo de desafío y de desahogo, pero también podría leerse como la predisposición a escuchar. A veces toca oír el aliento, la felicitación, el fervor de la idolatría; otras veces, la crítica constructiva y hasta las preguntas incómodas”.
Después de esta larga pausa de hidratación, la política volvió a la cancha. En el Mundial, los equipos aprovecharon ese intervalo para corregir errores, redefinir estrategias y escuchar a su entrenador. La dirigencia argentina, en cambio, volvió a jugar como si nada hubiera ocurrido. Es difícil corregir estrategias o tomar decisiones acertadas si antes no existe la disposición a escuchar.
