Entrevista
Del básquet a los caballos: el camino que José Crespo eligió para sembrar raíces
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Llegó desde Salta a San Francisco para jugar al básquet profesional y fue campeón con San Isidro, pero encontró en los caballos un camino de identidad, resiliencia y enseñanza. Desde El Refugio, su escuela de equitación, José defiende la cultura campera, organiza cabalgatas y transmite valores ligados al cuidado, la naturaleza y las tradiciones que busca mantener vivas.
Por Cecilia Castagno | LVSJ
José Antonio Crespo tiene 54 años y una historia que se construyó lejos de los mandatos. No nació entre caballos ni creció en un campo. Llegó a San Francisco desde Salta Capital para jugar al básquet profesional y, con el tiempo, se transformó en un referente de la cultura del caballo en la ciudad. Hoy es el impulsor de El Refugio Escuela de Equitación, un espacio que funciona desde hace varios años y que resume su forma de entender la vida: respeto, paciencia, transmisión y raíces.
“Yo no vengo de una familia de caballos”, aclara de entrada. “Soy salteño, vine a jugar al básquet a San Francisco. El vínculo con los caballos lo fui construyendo con los años”, cuenta en diálogo con Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. Su acercamiento a este mundo no fue por herencia, sino por elección. Y también por una convicción profunda de que las tradiciones se sostienen cuando alguien decide cuidarlas.
El punto de partida fue en 2016, casi sin darse cuenta. José integraba la agrupación tradicionalista El Matrero y participaba de un desfile patrio del 25 de Mayo. Al terminar, algunos vecinos se acercaron para pedir si podían dar una vuelta a sus hijos en los caballos. “Habían parado a otros gauchos y no los habían querido llevar. Yo dije: qué buena idea esto, porque hay muchos chicos que quieren montar y no tienen la posibilidad”, recuerda. Subió a dos nenes junto a un amigo y los hizo recorrer unos metros. “Se fueron felices. Y ahí se me quedó eso en la cabeza”, confiesa.
En ese momento no tenía espacio ni proyecto. Trabajaba en la fábrica de muebles de caño Aimaretti y tenía apenas dos o tres caballos propios. “Empecé a ver la necesidad, sobre todo de los chicos. No es fácil tener un caballo”, explica. Con su esposa, Natalia Callieri, madre de tres de sus cuatro hijos, decidió dar un paso más: imprimieron panfletos y los llevaron a la escuela Sarmiento, donde estudiaba uno de sus hijos. Así comenzaron las primeras experiencias, en un terreno prestado.
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“Yo me considero un sembrador, por lo nuestro, por las raíces y por las tradiciones, porque creo que estas cosas se sostienen cuando alguien decide cuidarlas y transmitirlas”
“Arrancamos con una profe de Educación Física, Lorena Giordani, que llevó chicos. Y así empecé, en un espacio que no era mío”, relata. Luego buscó un lugar propio hasta encontrar el predio actual, en Urquiza y Roma, en el acceso norte de la ciudad. “Era un espacio abandonado. Empezamos a limpiar, a desmalezar, con los caballos. Encontré un monte espectacular”, describe.
Hoy El Refugio no es solo un espacio de equitación. Es también un lugar de contacto con la naturaleza. “Siempre estamos forestando. Este año plantamos más árboles y cítricos: mandarinas, naranjas, todo con semillas. La idea es que los chicos se lleven ese contacto con la tierra”, explica. Incluso, son los propios chicos quienes plantan algunas especies. “Para que sean parte de la historia”, resume.
José habla de “sembrar” casi como una filosofía de vida. “Yo me considero un sembrador. Por lo nuestro, por las raíces, por las tradiciones”, dice. Para él, la cultura del caballo sigue vigente, aunque reconoce cambios. Consultado por el debate en torno a la doma y el Festival de Jesús María, evita la polémica, pero reflexiona: “La idea es que no se pierda, que siga, que siga mejorando. Antes había más rigor. Hoy hay más conciencia”.
“No es que se busque lastimar al caballo”, afirma. “Hay controles veterinarios, se cuida cómo llega y cómo sale el animal. Si se lastima, puede ser por una caída, pero no porque se busque dañarlo”. Y agrega: “Se trabaja para mejorar la genética, como en cualquier disciplina”.
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En El Refugio viven 18 caballos. La más antigua es “La Viejita”, una yegua de 28 años. “Siempre se mantiene gordita, linda”, dice con una sonrisa mientras la observa galopar. “Este trabajo demanda todo el día. Yo vengo a las seis de la mañana y me voy a las nueve de la noche”, reconoce.
Su primer caballo fue también su mayor maestro. “Lo compré con ocho meses, era chúcaro. Todo lo que aprendí sobre caballos lo aprendí acá, en San Francisco”, cuenta. Frente a los consejos de usar el rigor, eligió otro camino. “Siempre pensé en llegar al animal desde el buen trato”. Por eso se formó, hizo cursos de doma, manejo, equinoterapia. “Ese caballo me llevó a hacer cursos y hoy soy instructor”, afirma. El animal, sin embargo, tuvo un final trágico tras una lesión grave. “Tuvimos que sacrificarlo. Fue muy duro”, recuerda.
Cabalgatas para acercar la ruralidad a la ciudad
Además de la escuela, José organiza cabalgatas para chicos y adultos. “Es una forma de vivenciar la ruralidad desde la ciudad”, explica Crespo. Las salidas recorren caminos rurales y no es necesario tener caballo propio. “Nosotros brindamos todo: caballo, montura, frenos. La idea es que disfruten”, asegura. Y remarca la importancia de inscribirse con anticipación. Los interesados pueden realizar la inscripción a través del perfil de Instagram @elrefugio_josecrespo o comunicándose por WhatsApp al 3564 41-0564.
Antes de los caballos, la vida de José giraba alrededor de una pelota naranja. Llegó a San Francisco en 2006 para jugar en la Primera del club San Isidro. “Ganamos el Provincial en 2010 y ascendimos. Jugué una temporada más en la B”, recuerda. Luego pasó por El Ceibo y se retiró por las lesiones y la edad. “Tenía 38 años”, precisa.
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Su decisión de quedarse en la ciudad también tuvo que ver con el amor. Aquí formó su familia y atravesó distintos trabajos hasta dedicarse de lleno a lo que le apasiona. Incluso un grave accidente con caballos no logró alejarlo. “Me quebré el brazo, tuve desplazamiento de pelvis y dislocación de rodilla”, relata. “No me enojé con el caballo. Creo que fue un mensaje para frenar un poco”, reflexiona desde su fe.
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Una travesía a los pagos de Yupanqui
La pasión sigue intacta. El próximo 31 de enero, iniciará junto a un amigo una travesía a caballo con destino a Cerro Colorado, como forma de rendir homenaje a Atahualpa Yupanqui. La idea, cuenta, venía rondándole desde hacía tiempo. El recorrido tendrá como punto de llegada a la localidad cordobesa que el músico y poeta eligió como lugar de vida, donde construyó su casa y residió durante muchos años, y que quedó para siempre ligada a su obra y legado cultural. “Era algo que me daba vueltas en la cabeza”, confiesa José.
Cuando habla de valores, no duda: respeto, comunicación y cuidado. “El caballo te avisa. Agacha la oreja, se corre. Hay que aprender su lenguaje”, explica. Su espacio, dice, está abierto a todos. “La idea es transmitir. Yo lo poco que sé quiero transmitirlo todo, porque alguien tiene que seguir con esto”.
En tiempos acelerados, José Crespo eligió otro ritmo. El del caballo, la tierra y la tradición que se sostiene cuando alguien decide no dejarla caer.
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