¿Debemos acostumbrarnos a que se aprenda menos?
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Los resultados de las Pruebas Pisa 2025 vuelven a exhibir el deterioro de los aprendizajes, pero la discusión pública amenaza con reducirse a buscar responsables. El desafío es más serio. Exige asumir la educación como prioridad, construir una política coherente para un mundo que cambió y no naturalizar el deterioro.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
El resultado de las Pruebas Pisa 2025, que se tomaron a estudiantes de 15 años en más de 90 países grafica con elocuencia el problema. En Lectura, la Argentina obtuvo 389 puntos, 12 menos que en 2022 y 72 por debajo del promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), responsable de esta evaluación internacional.
Respecto de la prueba del año 2000, en la que la Argentina se ubicó segunda, solo detrás de México, el descenso es de 39 puntos. Entre 91 sistemas educativos, se ubicó en el puesto 62 y es el octavo entre los 13 países de América Latina que participaron.
Los números también exhiben caídas significativas en el rendimiento escolar en Matemáticas y Ciencias, lo que permite sostener que el deterioro de los aprendizajes ya no puede ser atribuido exclusivamente a los efectos de la pandemia y, como consecuencia de ello, se ponen en cuestión algunas ideas que circulan en los debates educativos.
Un dato relevante es que el retroceso en Lectura alcanza a tres de cada cuatro sistemas educativos en el mundo y también afecta a los sectores socioeconómicos más favorecidos. Se puede inferir al respecto que se está frente a un fenómeno que excede la desigualdad educativa provocada por la brecha de ingresos en una sociedad, aunque esta circunstancia no se vuelve totalmente irrelevante.
En este contexto, más allá del chisporroteo político habitual, los malos resultados educativos no generaron demasiadas repercusiones. Se instala así la sensación de que el resultado de la evaluación produce títulos periodísticos, declaraciones y cruces políticos, pero después el sistema parece volver a su rutina.
Entonces, surge la preocupación de que el problema no sea solo que los aprendizajes retroceden, sino que, como sociedad, hayamos empezado a naturalizar ese deterioro. Si no hay una reflexión profunda sobre un tema que excede los marcos académicos especializados y se establece como normal que las nuevas generaciones comprendan menos, lean peor o tengan mayores dificultades para resolver problemas o razonar de modo crítico, se está transitando un camino mucho más pedregoso, en el que la posición en un ranking internacional termine siendo apenas un dato coyuntural.
Responsabilidades
Luego de conocerse los resultados, el gobierno nacional acusó a sus antecesores. Algunas provincias, como Córdoba, celebraron tener resultados más altos que el promedio nacional, hecho remarcable, por cierto, pero que no alcanza para aliviar el problema. Desde la oposición hubo tímidos intentos de desligarse de su responsabilidad, señalándose que “el problema es mucho más complejo”, de acuerdo con lo expresado por el ex ministro de Educación, Nicolás Trotta.
No está mal discutir qué rol les cabe a las políticas educativas a los gobiernos, a las condiciones de vida de la sociedad, a las familias, a las instituciones, a la irrupción de la tecnología y a las prácticas docentes, entre otras variables. Pero explicar situaciones y diagnosticar responsabilidades no significa que el problema esté resuelto.
Nuevos escenarios
Además, la discusión sobre el estado de la educación en el país no parece abarcar una nueva dimensión: el mundo en el que se aprende. La dispersión de la atención, la omnipresencia de las pantallas y las transformaciones culturales que la tecnología está produciendo enfrentan a la escuela a desafíos otrora impensados. Además, la irrupción de la inteligencia artificial exige -aunque no lo parezca- afianzar el desarrollo de las capacidades básicas.
Las respuestas de una máquina pueden ser una herramienta para aprender. Por eso, comprender lo que se lee hoy es mucho más importante que nunca. Que la IA escriba, resuma, calcule o busque información es una realidad con la que la escuela debe lidiar. Pero la infraestructura intelectual de la sociedad actual -y de la que viene- exige comprensión lectora, capacidad de escritura, razonamiento crítico y discernimiento ético. En este marco, el papel del docente se vuelve todavía más decisivo.
Ayer los maestros celebraron su día. Cada 11 de septiembre, los discursos reclaman que la educación sea asumida como una prioridad. Se recuerda a Sarmiento, se aprovecha para enaltecer la función docente, se expresan autoelogios oficiales por el apoyo de los gobernantes a la educación y se habla de la esperanza en el futuro venturoso del país gracias a lo que los estudiantes hoy aprenden. Pero este año se conocieron los resultado de las Pruebas Pisa, que constituyen una señal de advertencia y deberían obligarnos a discutir, en serio, qué debe hacerse para que los resultados sean distintos. Y, sobre todo, para evitar que nos acostumbremos al retroceso educativo.
