Análisis
De la “economía de guerra” a la guerra del bolsillo
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Las metáforas bélicas aplicadas a la política son habituales entre nosotros. Hoy, el país vuelve a enfrentar una batalla decisiva. Mientras persiste el énfasis en el ordenamiento de la macroeconomía, el desafío pasa por la economía cotidiana. Como en tantas otras circunstancias de la historia reciente, el éxito pasa por ganar la guerra del bolsillo.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
El 26 de abril de 1985, el presidente Alfonsín salió al balcón de la Casa Rosada. Ante la multitud reunida en la Plaza de Mayo “para defender la democracia”, pronunció su histórico discurso en el que anunció una "economía de guerra" con el objetivo de enfrentar la crítica situación social y la alta inflación. El mensaje solicitó un esfuerzo compartido de la sociedad para superar una herencia de "Estado devastado" y "economía desangrada”.
Juan Carlos Torre, funcionario de aquel gobierno radical, relató lo que devino luego de ese recordado episodio en su libro “Diario de una temporada en el quinto piso”. Escribió que “buena parte de la gente convocada se marchó descontenta. Los radicales, perplejos, escucharon en silencio a su líder político. La militancia radical regresó a sus comités, con la cabeza gacha, todavía no repuesta del shock. A los radicales no les convenció la intervención del presidente. Fue demasiado sincera, sin anestesia, no estaban preparados”.
Cuatro décadas más tarde, luego de innumerables traspiés económicos, la Argentina eligió a un presidente que describía en su discurso un panorama incluso más grave al que había planteado Alfonsín. Hastiada de fracasos, de corrupción y de experimentos populistas demagógicos, el voto de la mayoría de la sociedad exhibió la convicción de que era necesario afrontar un período difícil y de privaciones e, incluso, soportar la desmesura verbal, las contradicciones y los tropiezos políticos de novatos gobernantes, para luego recuperar -si alguna vez la tuvo- la percepción social de bienestar.
¿Cuál “guerra”?
En las palabras presidenciales pronunciadas durante la semana en Nueva York reapareció aquella palabra clave del mensaje de Alfonsín. Según Milei, “vamos a ganarla”. Nos comunicó que el país estaba en guerra, hecho que, hasta el momento, no se corresponde con la realidad.
No se refirió a la guerra que, en sentido metafórico, suele aplicarse a las vicisitudes económicas a las que estamos acostumbrados. Tampoco aludió la que tiene como enemigo a la “casta política”. Vale señalar que, en los últimos días, el propio gobierno sufrió heridas -muchas autoinfligidas- en ese frente. Por caso, la incorporación al gabinete de apellidos vinculados a espacios subterráneos del poder o la inclusión de la esposa de un alto funcionario en la comitiva que viajó a Estados Unidos, con el argumento de que el funcionario no podía “deslomarse” trabajando allí sin la presencia de su mujer.
Milei habló de la guerra de verdad, la que tiene como escenario el Medio Oriente. Se deduce que la intención fue reforzar el alineamiento con Estados Unidos e Israel. Pero la Argentina no está en guerra. Tampoco está en condiciones de librar una. Muchos menos de ganarla. Pero es verdad que el país vive, desde hace mucho, duras batallas en materia política y económica, con derrotas que apesadumbraron a la población, condicionaron la vigencia de varias administraciones y el futuro de ésta.
Este gobierno llegó al poder con la promesa de ordenar la economía. Avances hubo y muy concretos. Varios de los indicadores técnicos son elogiados aquí y en otras geografías. En alcanzar estos objetivos consistió la “guerra” de estos años recientes. A diferencia de 1985, la sociedad se preparó para afrontar un proceso que, aunque doloroso, era inevitable.
Sin embargo, la “economía de guerra” reclama hoy victorias en otro ámbito. El que se vincula con la vida cotidiana. Allí se legitima políticamente el esfuerzo social. En este punto, encuestas y publicaciones en la prensa y en las redes señalan que las consecuencias de la retracción económica han vuelto a ocupar un lugar central entre las principales preocupaciones de la ciudadanía. Aunque todavía persiste una disposición social a tolerar el ajuste con la expectativa de un horizonte de mejora, la paciencia no es infinita.
Las batallas culturales o ideológicas son importantes. Por ello, es comprensible que, en ese terreno, se asuman posiciones frente a los conflictos internacionales que hoy tensan al mundo. Pero la verdadera “guerra” que debe ganar la Argentina no se libra en Medio Oriente, ni en las redes sociales, ni en las disputas internas del poder. Tampoco se gana con discursos encendidos desde un atril o con ataques permanentes a adversarios reales o imaginarios.
La guerra por ganar es la de la economía cotidiana. Una guerra doméstica, en la que vastos sectores sociales llegan cada día al campo de batalla portando un arma que, como tantas veces en la historia reciente, va perdiendo poder de fuego: el bolsillo.
