Análisis
Cómo entender a Donald
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¿Y si las contradicciones no fueran errores, sino parte del método? La frase “siempre funciona” con la que Trump habría cerrado el debate interno sobre la decisión de lanzar un ataque contra Irán revelaría una manera de ejercer el poder que no es nueva, pero que se reformula por las particularidades del personaje. El intento de comprender a este polémico personaje exige ir más allá de sus palabras.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
Los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan revelaron en The New York Times los entresijos de la decisión de Donald Trump de lanzar un ataque contra Irán, luego de intensas reuniones con sus principales colaboradores y los líderes del gobierno de Israel, en febrero de este año.
En un párrafo de esa nota esclarecedora, señalan que el periodista Tucker Carlson -polémico vocero de la derecha norteamericana y defensor del movimiento Maga- “había acudido varias veces al Despacho Oval durante el año anterior para advertir a Trump que una guerra con Irán destruiría su presidencia”. Agregan que el presidente intentó tranquilizarlo por teléfono. “Sé que te preocupa, pero todo va a salir bien”, dijo. Carlson le preguntó cómo lo sabía. “Porque siempre es así”, respondió Trump.
La frase clausura cualquier discusión. Para el presidente de Estados Unidos, sus decisiones son acertadas. Aunque es válido interrogarse si es así en todo momento. Desde la lógica, basta encontrar un caso en que no hayan funcionado para que la afirmación tajante pierda validez. Además, pretender que un proceso político que incluye acciones militares de magnitud ingrese en la categoría de “siempre funciona” es, cuanto menos, una simplificación excesiva.
En términos retóricos, las afirmaciones absolutas buscan transmitir seguridad y control, pero justamente por eso pueden generar sospecha. Porque suenan más a una construcción discursiva que a descripción honesta de la realidad. Quizás como pocos líderes políticos de este -y otros- tiempos Trump abusa de este recurso, descarta la posibilidad de otros significados, no invita a debatirlos, cierra el sentido de modo terminante.
Ese tipo de afirmaciones también revela rasgos de personalidad. Algunos analistas hablan, incluso, de un perfil “ozempico”, en referencia al medicamento que hace adelgazar de modo rápido. Una forma de liderazgo que exhibe cambios rápidos, intensidad y una confianza extrema, casi artificial, en la propia eficacia. En Trump, esa combinación de histrionismo, poca empatía y vocación de control se convierte en una necesidad política.
El sistema es el estilo
Así, quien por la mañana amenaza con extinguir a una civilización como la persa y por la tarde promete un futuro esplendoroso para ese mismo pueblo y otros de Medio Oriente, desorienta y provoca desconcierto. También confunde, según el artículo publicado en el diario neoyorquino, a sus más consecuentes -algunos obsecuentes- colaboradores.
Para Trump, ser el eje central de cualquier proceso es una de las claves -aunque no la única- de su accionar. La coherencia no le preocupa en lo más mínimo. De otro modo no puede comprenderse que alterne amenazas con promesas, condenas con elogios o superponga mensajes opuestos sin ruborizarse. Como “siempre funciona” la contradicción no es un error, es un método, un sistema.
De este modo, no tiene problemas en advertir sobre escenarios catastróficos en Medio Oriente y, al día siguiente, anunciar prosperidad infinita; se lanza a cuestionar a Rusia por su invasión a Ucrania y luego afirma que Vladimir Putin es un viejo amigo; agrede al Papa León XIV y postea imágenes en las que se presenta como líder religioso; promete a su pueblo que no se inmiscuirá en conflictos bélicos y, tras cartón, ordena bombardeos fulminantes; se presenta como garante del orden internacional mientras dinamita consensos, amenaza con anexar Groenlandia o retirarse de la Otan.
En verdad, la reconstrucción del New York Times sobre la decisión de atacar a Irán, publicada en abril pasado, exhibe que hubo dudas y vacilaciones, se generaron tensiones internas y se plantearon escenarios no favorables. Por ello, aquello de que todo funcionará solo puede ingresar en el terreno del relato, de una determinada narrativa de supuesta omnipotencia.
Hace más de medio siglo, el sociólogo belga radicado en Chile, Armand Mattelart, publicó un libro que durante largo tiempo fue de lectura casi obligatoria para estudiantes de periodismo y comunicación social, titulado “Para leer al Pato Donald”. Allí sostenía que las historietas de Walt Disney difundían una ideología acorde con los valores del capitalismo y con una visión del mundo favorable a los intereses estadounidenses. El texto fue una invitación a la polémica en el marco de las luchas ideológicas en los años 70 especialmente.
En esa obra crítica a la cultura de masas de la que, para Mattelart, Disney sería portavoz, leer al Pato Donald implicaba el intento de hallar una matriz comunicacional que pretendía instalar una visión en la que Estados Unidos definía el tablero geopolítico y los hechos se subordinaban a ese objetivo.
En el mundo de las historietas de Disney, el Pato es un personaje que obliga a un esfuerzo para comprenderlo, debido a su lenguaje enrevesado y su comportamiento impulsivo y temperamental. Porque no se puede verificar cada palabra que pronuncia y porque sus reacciones a veces no son las que pueden esperarse en un contexto determinado. Y, aunque el dibujo animado tiene la intención de generar humor, la consecuencia similar: quienes interactúan con él casi siempre se alejan porque no lo comprenden.
Analogía mediante, tal vez el problema para comprender al personaje político que lleva el mismo nombre no pase tanto por desentrañar si dice la verdad o si se contradice. Porque sus palabras, sus impulsos y sus acciones van de la mano con su convicción de que siempre tiene razón. Como en aquel viejo libro será necesario captar lo que está implícito para tratar de entender a un Donald convencido de que todo lo que hace “siempre funciona”. Difícil tarea para quien ha generado con sus acciones un berenjenal geopolítico de proporciones y una realidad en la que van alejándose sus potenciales aliados.
Y, de modo más general, siempre es necesario encender las alarmas cuando cualquier personaje con poder asegura ser infalible.
