Agustín Yoaquino: “Hay que detenernos para que nos afecte el sufrimiento del otro”
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En el Día Mundial de la Salud Mental, el psicoanalista Agustín Yoaquino reflexiona sobre el sufrimiento, los diagnósticos, la prevención y el rol de las políticas públicas. Además, advierte sobre el deterioro de los vínculos sociales y la aceleración de una época que, pese a la hiperconectividad, parece dejarnos cada vez menos conectados con quienes tenemos al lado.
Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. La fecha funciona como una oportunidad para poner en discusión un concepto que, aunque cada vez aparece con mayor frecuencia en las conversaciones cotidianas, no siempre resulta sencillo de definir: ¿qué entendemos cuando hablamos de salud mental? ¿Se trata de no sufrir, de no sentir angustia, de no atravesar momentos de malestar? ¿O implica también poder construir herramientas y vínculos para transitar aquello que inevitablemente forma parte de la vida?
Para el psicoanalista, Agustín Yoaquino, la fecha puede ser entendida justamente como una invitación a detenerse y pensar. No solamente desde el lugar de los profesionales de la salud, sino como sociedad.
“Me parece que justamente la importancia que tiene es más bien como una excusa para poner el tiempo, para reflexionar qué lugar le damos a la salud mental, qué lugar le damos a nuestra vida, pero también qué lugar le damos como sociedad”, planteó a POSTA.
Su mirada parte de una advertencia: hablar cada vez más de salud mental puede ser positivo, pero también puede generar un efecto paradojal si esa conversación queda reducida exclusivamente a categorías, diagnósticos o explicaciones científicas.
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En una época en la que palabras como ansiedad, depresión, estrés, vínculos tóxicos o trastornos aparecen permanentemente en las conversaciones, Yoaquino propone recuperar una pregunta que muchas veces queda detrás de esas etiquetas: qué le está pasando realmente a una persona.
Una búsqueda que comenzó por otro lado
La historia profesional de Yoaquino no comenzó directamente en la psicología. Antes estuvo la matemática y una formación vinculada a las llamadas ciencias duras. Con el tiempo, aquella inquietud se desplazó hacia lo humano y, posteriormente, hacia una pregunta todavía más amplia: la condición humana y aquello que hace sufrir.
“Hay una inquietud que precisamente tiene que ver con qué lugar le damos en cada uno a eso que tiene que ver con el sentir, con el sufrimiento”, explicó. Esa búsqueda lo llevó hacia la psicología, primero desde un lugar científico y luego hacia otras preguntas vinculadas con aquello que no necesariamente encuentra una respuesta sencilla.
En ese recorrido también apareció una dimensión habitual entre quienes eligen esa profesión: la intención de ayudar a otros. “Es un poco la búsqueda o la ilusión que tiene, creo, alguien que se acerca a estudiar psicología”, señala. “Es habitual escuchar que los que llegan tienen esta búsqueda de querer aprender algo para poder ayudar a los demás”.
Pero para Yoaquino, esa motivación inicial se encuentra después con algo más complejo. Entre el trabajo sobre aquello que le sucede a cada persona y el conocimiento que se incorpora durante la formación, se construye una manera de acompañar el sufrimiento.
Cuando ponerle un nombre no alcanza
Uno de los puntos centrales de su mirada aparece al analizar el crecimiento de las conversaciones sobre salud mental. Que hoy se hable más del tema que décadas atrás puede ser un avance. Sin embargo, esa mayor visibilidad también puede llevar a otro problema: intentar explicar rápidamente cualquier malestar mediante una categoría.
“Que se nos invite a decir algo o a dar un saber, una respuesta respecto a la salud mental, creo que como que es un arma de doble filo porque nos hace que se empiece a hablar de eso en términos demasiado científicos”, sostiene.
Yoaquino observa ese fenómeno también en su trabajo clínico. Según explica, es habitual que una persona llegue antes de hablar de aquello que le sucede con una definición ya incorporada. “Es normal que llegue alguien que antes de hablar de lo que le está pasando le ponga un nombre tomado desde ese lugar”, cuenta.
Así aparecen expresiones como “soy ansioso” o “tengo depresión”, que pueden funcionar como una explicación inmediata pero, al mismo tiempo, cerrar la posibilidad de formular nuevas preguntas.
“Si eso no es solamente como un punto de partida para ir más allá de eso, para reflexionar en torno a eso, queda como solamente algo que se nombra y nos hace caer un poco en la trampa de creer que porque le ponemos un nombre a algo sabemos de lo que estamos hablando o nos estamos ocupando de eso”, advierte.
Para el psicoanalista, incluso una clasificación que pueda tener un fundamento científico puede convertirse en una barrera si termina funcionando como una respuesta definitiva. “A veces incluso lo entorpece, o sea, es una obstrucción, es una barrera”, afirma.
Y la cuestión también alcanza a la manera en que miramos a los demás. Una etiqueta puede convertirse rápidamente en una forma de establecer distancia, de ubicar al otro en una categoría y dejar de preguntarse qué hay detrás de aquello que está manifestando.
Por eso Yoaquino plantea cierta cautela frente a la pretensión de que la ciencia pueda ofrecer una respuesta para todo sufrimiento. “Tan solo tenemos ciencia para tanto dolor”, recuerda, al citar una canción de Gabo Ferro.
Y utiliza esa frase como una reflexión especialmente dirigida al propio campo de la salud: preguntarse hasta dónde una explicación científica alcanza para abordar algo que, en muchos casos, requiere también de otra búsqueda y de otra reflexión.
La salud mental también es una cuestión pública
Hablar de salud mental implica, para Yoaquino, salir de la consulta individual y mirar las condiciones sociales en las que las personas viven. Durante su formación tuvo una materia vinculada a salud pública y salud mental. Aunque actualmente desarrolla principalmente su actividad en el ámbito privado y aclara que no trabaja específicamente dentro del sistema público, sostiene que resulta inevitable pensar la salud mental como parte de la salud pública.
En ese punto aparece también la discusión sobre las políticas públicas. Yoaquino menciona la existencia de la Ley de Salud Mental y de una legislación provincial, y explica que esas normas plantean una revisión y una reestructuración de dispositivos de abordaje que durante muchos años funcionaron de otra manera. “Tal vez todavía no ha transcurrido tiempo suficiente para que sepamos cómo hacer con eso, cómo implementarlo”, considera.
Pero su preocupación está también puesta en las condiciones actuales del sistema público. “Estamos viviendo actualmente un contexto político que en este sentido no está poniendo las cosas fácil, más bien todo lo contrario”, señala. Desde su perspectiva, los recortes y las dificultades para conseguir recursos suficientes pueden afectar la posibilidad de abordar la salud mental con la complejidad que requiere.
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Yoaquino advierte que, ante ese escenario, existe el riesgo de volver a lógicas que históricamente buscaron separar o apartar aquello que resulta incómodo. Para él, esa lógica no pertenece solamente a las instituciones. También existe una dimensión social de esa tendencia a apartar aquello que incomoda.
“Eso que está mal, eso que está fallado, ya sea por sufrido, por depresivo, por ansioso, por tóxico o por loco, hacerlo a un lado o confinarlo en un lugar donde como sociedad no moleste y podamos seguir tranquilos, eso lamentablemente pasa”, describe.
Prevenir no significa eliminar el sufrimiento
La prevención es otro de los grandes temas cuando se habla de salud mental. Yoaquino propone pensarla desde un lugar diferente al de intentar construir una vida sin sufrimiento. “El punto ahí en la prevención en todo caso tiene que ver con la disponibilidad de alguna forma de recursos, de herramientas a nivel social, a nivel colectivo, a nivel familiar”, explica.
La prevención, desde esta mirada, no puede descansar únicamente sobre el individuo. “De individuo no tenemos nada, estamos inevitablemente entre otros aún cuando estamos solos”, sostiene. Es allí donde ubica uno de los principales factores protectores: la existencia de una red. Una red familiar, social y comunitaria que pueda acompañar cuando alguien atraviesa una situación de sufrimiento.
“Lo que veo es que el lazo con los otros está muy degradado”, sostiene.
En ese sentido, destacó la importancia de hablar con las personas afectadas. “Creo que lo necesario es cierta disposición a la incomodidad que implica el sufrimiento que nos puede traer alguien cercano”, señala. Pero esa disposición no siempre aparece en una sociedad marcada por la aceleración. “No es solo la sensibilidad con la que tenemos al lado, sino la sensibilidad para el que también está un poco más allá”, explica.
Por eso propone algo que parece sencillo, pero que en una época atravesada por la velocidad adquiere otro significado: detenerse.
“Creo que lo que podría decir respecto de esto es que podamos detenernos, sobre todo detenernos porque vivimos en una época de mucha aceleración, detenernos para que nos pueda afectar también el sufrimiento que nos llega del otro, y que eso pueda permitir cierta disposición a acompañar”, destacó.
Pero además incorpora otro elemento: el desarrollo tecnológico.
Yoaquino aclara que no se trata de un campo que tenga profundamente estudiado, pero considera que la velocidad de los cambios tecnológicos es tan grande que todavía no existe suficiente distancia para dimensionar todos sus efectos. “Desde que existe el smartphone, van a un ritmo, a una velocidad que no nos da tiempo para dimensionar los efectos que está causando”, afirma.
Entre esos efectos ubica una modificación en la manera en que las personas se relacionan con quienes tienen alrededor. “Creo que es uno de los factores principales que hace que hoy vea gente más pendiente de lo que pasa en una red social, de su teléfono, de lo que le está pasando al que tenemos al lado”.
“Tampoco invento nada cuando digo que vivimos en la época de mayor conectividad y en realidad es cuando menos conectados estamos”, señala. El teléfono móvil concentra esa paradoja.
Volver a estar con otros
La conversación termina regresando al punto desde el cual Yoaquino comenzó a pensar la salud mental: el sufrimiento y la relación con los demás. No propone una sociedad sin malestar. Tampoco una vida en la que cada dificultad tenga una explicación inmediata o un diagnóstico que permita cerrarla. Su planteo pasa por otro lugar: poder soportar la pregunta.
Preguntarse qué nos pasa antes de apresurarnos a ponerle un nombre. Preguntarnos qué le pasa al otro antes de ubicarlo dentro de una categoría. Preguntarnos qué tipo de vínculos estamos construyendo. Y también qué efectos tiene sobre nosotros una época marcada por la aceleración, el consumo y la conexión permanente.
En ese sentido, el Día Mundial de la Salud Mental puede funcionar como algo más que una fecha en el calendario. Puede ser, como propone Yoaquino, una excusa para detenerse. Para mirar aquello que duele sin intentar apartarlo inmediatamente. Para recuperar la posibilidad de escuchar.
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