Historias de Liga
Volver al patio de casa: la historia de Daniel Aimar y el refugio llamado Crecer
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De una rodilla rota a los 19 a “estar en todo sin estar en nada” en Proyecto Crecer: la historia de un laburante de taller que dejó la seguridad para cumplir el sueño de dirigir, se curtió en inferiores, fue campeón con la reserva y hoy sostiene la trastienda de un club que volvió a marcar el ritmo en la Liga.
Por Leonela Zapata.
A Dani el fútbol le pasa por el cuerpo. Literal. Lo dice sin dramatizar, como quien ya hizo las paces con el dolor: a los 19 se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla izquierda y esa noche, para que en su casa no notaran la gravedad, fingió que “rengueaba” apenas. Al otro día no se podía levantar: la rodilla, cuenta, “el doble del diámetro normal”. Era otra época, de hielo y antiinflamatorio, de seguir trabajando como si nada, de aguantar.
Lo operaron recién a los 25, tres meses después de casarse. “Mi señora quedó embarazada y me tenía que cuidar a mí”, recuerda. Pero el verdadero calvario llegó después: veinte años de dolor intenso hasta que, a los 45, en una segunda intervención, descubrieron que el cuerpo nunca había aceptado uno de los tornillos. “Fue terrible”, repite. Y con eso alcanza para entender por qué, aun con pasión, jugar ya no era opción.
Sin embargo, el fútbol siguió. Se corrió de lugar. Se convirtió en oficio, estudio, obsesión por el detalle. “Hoy no es solamente jugar: hay que estudiar, capacitarse, aggiornarse”, dice. Y en esa idea se apoya para explicar el salto que dio a los 41: dejar un empleo estable en Alpes, con veinte años adentro, para meterse de lleno en una cancha chica.
Fue un 4 de junio de 2004. Ese día renunció, ya con un tallercito armado, y se ofreció en Club Belgrano para el Baby. Ese mismo día empezó el curso de monitor de la Liga Regional. “Mi señora no estaba de acuerdo”, admite. Pero el sueño era más fuerte: ser técnico. Y el camino, desde ahí, fue largo, de categorías formativas, de pruebas y de amistades.
En el medio aparece Matías, su hijo categoría 91, el disparador de todo. Dani quería, ante todo, que el pibe hiciera deporte. Matías arrancó con básquet, pero de chico lo invitaron a probarse de arquero en Belgrano. Le gustó. Quiso hacer las dos cosas. Se cansó del básquet. Y Dani, que venía de jugar “en campitos”, empezó a seguirlo, a preguntar, a mirar con otros ojos.
La cronología, en San Francisco y la zona, es un mapa de camiseta gastada: Liga Amateur, Liga Comercial (jugó para Palacio Municipal) hasta que la rodilla dijo basta. Después arrancó la experiencia de entrenar a las inferiores y juveniles en La Hidráulica, fue ayudante en Talleres de María Juana, y dio vueltas y vueltas entre operaciones y proyectos.
También hubo un capítulo clave de construcción colectiva: la Liga Juvenil. En 2008, en una reunión en el Palacio Municipal, lo presentaron como “el mentor” de la idea. “Yo me puse colorado: mentor no, yo solo transmití una idea”, se ríe. La idea era simple: había muchos chicos sin lugar, con apenas cuatro clubes para contenerlos. De esa misma mesa salió otro empujón: traer a San Francisco el curso de técnico nacional. Se hizo en la Universidad Tecnológica Nacional. Dani fue de los primeros en anotarse y se recibió en 2011. “Fue la única vez que trajeron un curso de técnico nacional acá”, subraya, como quien guarda una medalla de barrio.
Hasta que aparece Proyecto Crecer. Ahí empieza una etapa distinta. En 2016 salió campeón con la reserva; en 2017 combinó reserva y primera como ayudante de campo de Pablo Rivalta, y terminó dirigiendo el cierre de temporada cuando el técnico se fue faltando pocos partidos. “El fútbol te pone y te saca”, resume.
Después vino un paréntesis que también dejó huella: en 2022 aceptó el desafío de Cultural La Francia. “Fue bárbaro, mucho más allá del resultado”, insiste. Salió de su lugar de confort, manejó todos los días, conoció otras costumbres. Fue campeón, y la experiencia —aunque breve— le confirmó algo que ya intuía: el ambiente pesa tanto como el marcador. “Estamos a 50 kilómetros y hay cosas distintas”, describe.
Esa certeza explica su regreso. Desde hace dos años está otra vez en Proyecto Crecer, “en el patio de mi casa”. No como técnico principal, sino en una función que él mismo bautizó para no “vender humo”: logística. “Estar un poquito en todo sin estar en nada”, resume. En castellano de club: pases, planillas, árbitros, atención al visitante, orden de cancha. “Por eso el mote me parece bien puesto”, tira, con orgullo sin grandilocuencia.
Cuando se mete en el plantel, Dani habla como quien arma un motor: pieza por pieza. Celebra que se sostengan nombres base y que aparezcan “juveniles que pueden servir para Primera”. Menciona a Bruno Belotti y a Nico Bossio, y también las salidas que duelen: pibes que se fueron a otros clubes, arqueros que dudan, promesas con precontratos. “Hay decepciones, pero también jugadores interesantes para encarar este año”, define.
Fuera de la cancha, la vida también le marcó prioridades. “Del 2020 para acá no tuve vacaciones”, cuenta, porque se propuso terminar el gimnasio de su señora en la calle 9 de Septiembre. “Si uno hace una cosa, no hace la otra”, repite. Recién ahora se anima a pensar en un viaje: en junio su hijo se casa en República Dominicana, y la familia planea ir “todos de blanco”.
Pero si hay algo que Dani marca como condición indispensable para haber recorrido todo este camino, eso es la familia. Sin vueltas ni poses, lo dice claro: sin el acompañamiento y, sobre todo, la libertad que siempre le dieron su esposa Mónica y sus hijos Luz y Matías, nada de esto hubiera sido posible. “Yo me puedo dedicar al fútbol porque en casa me bancan”, resume.
Durante años de talleres, entrenamientos, viajes, reuniones y canchas, el respaldo familiar fue el sostén silencioso. Mónica, que también cargó con su propio esfuerzo y sus dolores, fue clave para que él pudiera insistir cuando el cuerpo pedía freno.
Luz y Matías crecieron entendiendo que el fútbol no era un capricho, sino una parte esencial de su vida. “Si no tenés ese apoyo, no llegás”, asegura Dani, convencido de que detrás de cada tarde de cancha hubo siempre una familia que sostuvo desde atrás.
En Crecer lo entusiasma el proyecto, pero también la convivencia. Cuenta que el primer año fue pesado, con técnicos que no conocían el club. Para el siguiente, buscaron gente de la casa. Pone nombres y valores: Omar (Bossio), que escucha; Nacho Ludueña, Miguel Quiroga, y otros que “conocen a la perfección” el lugar. “Al conocer el club se nos hace mucho más fácil”, explica. Y destaca un plantel corto pero rendidor, con pocas lesiones, sostenido por una dirigencia que esta vez se involucró de verdad.
También habla de la Liga Regional San Francisco y del nuevo formato con categorización. Él está convencido de que ordena y empuja a mejorar: “La evolución es lógica, siempre querés ser mejor”. Su mirada no esquiva las zonas ásperas: canchas que “no se pueden jugar”, bancos mal ubicados que arman disputas, internas.
Al final, cuando le preguntan por qué siempre vuelve, Dani contesta con una imagen simple: “El fútbol es una sonrisa, un apretón de manos, un abrazo con amigos”. Y lo remata con una frase que podría ser el resumen de su historia: “Capaz mi vocación es la mecánica, pero hay una parte bastante amplia de mi razón de ser que es estar del lado del fútbol”.
A los 61, no promete nada para el año que viene. Solo dice que este sigue. Y se entiende: el fútbol, a veces, no es un lugar. Es una manera de quedarse.
