Vóley
“Volver a casa”: la historia de Agostina Zurbriggen, la opuesta que otra vez viste la 5 de El Tala
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Formada en El Tala desde los siete años, kinesióloga, ex Selección y con 24 temporadas encima, Agostina Zurbriggen vuelve a la camiseta verde para disputar el Federal y cerrar un círculo emocional con el club que la vio crecer.
La historia de Agostina tiene un origen simple, casi doméstico, como suelen empezar las cosas grandes. Una amiga le alcanzó un folleto invitándola a jugar al mini vóley y ella, con apenas siete años, caminó por primera vez hacia el gimnasio de El Tala sin imaginar que ese lugar sería su segunda casa durante más de dos décadas. Lo que la atrapó no fue una estadística ni un título, sino algo mucho más humano: “Me atrapó el juego en equipo, conocer y hacerme amigas, los domingos de mini vóley”. Ahí empezó todo.
Con el paso del tiempo, el deporte dejó de ser solo un juego de domingo para convertirse en una parte central de su vida. Llegó un receso estival en el que, como ella misma dice, no paraban nunca de jugar. Entre picados eternos, sol, pelotas y arena, algo cambió. “Fue después de un verano donde en la pretemporada me di cuenta que había hecho el click”, cuenta. Regresó con otra confianza: “Me sentía mucho más segura en cuanto a la técnica y potencia”. La cancha lo confirmó: en Sub 12 y Sub 13 El Tala tenía un equipo que ganaba prácticamente todo, con muchas variantes de ataque y una ambición desbordada. “Teníamos un equipo amplio en ataque y con muchas ganas, que creo que es lo más importante”, resume, como quien sabe que la diferencia no la hace solo el talento, sino el deseo.
Al principio, Agostina no era la opuesta que hoy todos reconocen. Sus primeros pasos importantes fueron como central; así jugó sus primeras Linames y Argentinos, ocupando el centro de la red, bloqueando y siendo salida rápida en ataque. El giro decisivo llegó cuando quedó citada a la Selección Argentina. “Ahí comenzaron a probarme de opuesto y me cambiaron de posición y desde Sub 16 ya quedé jugando de opuesto”, cuenta. Ese cambio no solo le modificó el rol, también le dio una identidad dentro de la cancha. Hoy lo explica con una claridad que revela cuánto disfruta ese lugar: “Lo que más me gusta de mi rol como opuesto es el ataque. Disfruto ser una opción constante en ofensiva, buscar el punto y asumir la responsabilidad en los momentos clave del partido”.
El presente de Agos la encuentra con una vida dividida entre el deporte y su profesión. Es kinesióloga, trabaja todo el día en Córdoba y, además, sigue entrenando al más alto nivel posible dentro de sus tiempos. “Actualmente estoy jugando para SUE y entrenamos 3 veces por semana de 21.30 a 23”, detalla. Sale de su casa temprano, vuelve muy tarde y en el medio hay trabajo, gimnasio, pelota y viajes. “Soy kinesióloga, trabajo todo el día así que salgo temprano y vuelvo muy tarde a casa y a veces me lo replanteo”, admite. Aun así, se sigue haciendo un lugar para estar lo más presente posible en San Francisco: “Estoy tratando de venir a San Francisco todo lo que pueda ya que mi vida y trabajo están en Córdoba y a veces se complica, pero venimos bien”.
La preparación no es solo física. El vóley, por su propia naturaleza, exige una fortaleza mental particular para convivir con el error y la presión. Agostina aprendió a gestionarlo. “Trato de no quedarme con el error ya que de nada sirve, en ese momento el juego sigue y uno tiene que estar lo más concentrado y positivo posible para el siguiente punto”, explica. Y cuando algo no le termina de cerrar, busca otra mirada: “Cuando tengo dudas consulto al DT ya que desde afuera uno tiene otra visión”. Es un ida y vuelta que también habla de confianza.
Para ella, un equipo no se construye únicamente con sistemas, sino con vínculos. Le da un valor enorme a la química que se genera fuera de la cancha, a las charlas, a los mates, a los viajes compartidos. “Para mí lo más importante para que un equipo cumpla sus objetivos es ser unidas, responsables y conscientes de los roles que cada una tiene dentro del equipo”, asegura. Y agrega algo que la define: “Que todas somos importantes y que somos un equipo donde todas ganamos y todas perdemos ya sean titulares o no”. Es una forma de entender el juego, pero también una forma de entender la vida en grupo.
Si mira hacia atrás, son muchos los torneos y momentos importantes, pero hay uno que aparece siempre primero: la final de la Liname Sub 16 en Carlos Paz, contra Vélez. “Fueron muchos los logros importantes que tuvimos con la generación dorada, pero creo que el más importante y especial fue la final de la Liname Sub 16 en Carlos Paz contra Vélez donde terminamos ganando 3-2, un partidazo que podía ser para cualquiera de los dos”, recuerda. Ese partido resume un poco todo: sufrimiento, nivel alto, tensión y una alegría inolvidable compartida con un grupo que marcó una época.
En su camino también hubo referentes. De chica miraba mucho a Marcos Milinković y se inspiraba con sus actuaciones. Hoy su mirada se posa en otro nombre propio. “Hoy en día me gusta De Cecco, su simpleza y humildad dentro de la cancha”, confiesa, poniendo sobre la mesa valores que también intenta llevar a su propio juego: claridad, serenidad, liderazgo sin estridencias.
Tal vez la parte más fuerte de su historia sea la que no se ve en una estadística. Agos tuvo la oportunidad de dar el salto profesional y vivir del vóley. A los 17, 18 años, cuando muchas jugadoras se van a Buenos Aires o al exterior, ella tomó otro rumbo. “Tomé la decisión de no jugar profesional cuando tuve la oportunidad a los 17/18 años en donde uno da el salto”, cuenta. No fue una decisión sencilla: “Me llevó algunas sesiones de terapia, pero decidí quedarme en Córdoba y no irme a vivir a Buenos Aires a dedicarme al vóley en su mayor tiempo”. Eligió el estudio, su carrera como kinesióloga, su familia y otra forma de vivir el deporte. “Lo tomé como un complemento al estudio y a lo que quería ser”. Aun así, se dio gustos: “Algunos veranos jugué a un mayor nivel como Bolivia o cuando me recibí que hice la última liga en Estudiantes de La Plata. Pero volví”. Tiene algo muy claro: “Tengo muy claro que no quiero vivir del vóley sino disfrutarlo lo que me queda complementándolo con mi trabajo y familia cerca”.
Por eso, cuando hoy se proyecta, lo hace con los pies en la tierra. “Hoy en día creo que mi carrera en el vóley está llegando a su fin, juego hace 24 años al vóley y no proyecto jugar a nivel más alto y profesional ya que no me dan los tiempos ni tampoco es lo que anhelo”, reconoce. Pero eso no significa que baje los brazos. Todo lo contrario: se sumó a El Tala para ayudar a que el club pueda competir al máximo. “Quisiera poder cumplir los objetivos en el torneo con El Tala y ayudarlo a poder avanzar y que año tras año lleguen a jugar al máximo nivel, por ese motivo decidí sumarme a este proyecto y aportar la experiencia y amor por los colores”, dice. Y remata con un deseo que va más allá de lo personal: “Ojalá sea algo positivo para todas las chicas que hoy en día juegan en El Tala”.
La pregunta inevitable es porqué volver a El Tala ahora, con una vida armada en Córdoba, mucho trabajo y tantos recorridos encima. Agostina lo cuenta con humor: “Estoy pensando en cuándo va a ser el día que ‘cuelgue las rodilleras’, según muchos que no las uso nunca porque no me gusta tirarme jajajaja”. Cada año siente el cansancio y cree que es el último, pero siempre hay algo que la hace regresar. “Todos los años termino muy cansada del ritmo del año y digo que es el último, pero siempre hay algo que me hace volver”, admite. Esta vez, el empujón fue múltiple: “Me llegó la oportunidad de poder sumarme al equipo para el Federal, lo dudé por momentos pero mi familia como siempre, mi novio y Mica que no me dio casi opción a decir que no me apoyaron para poder volver a vestir una vez más los colores del club que me vio crecer”. Ella misma lo siente casi como una cuenta pendiente: “Creo que es una deuda que tenía: volver a jugar con la 5 del Tala”.
Cuando habla de El Tala, ya no lo hace como jugadora, sino como persona. “El Tala me vio crecer, me formó, me enseñó lo que es el compromiso, responsabilidad, independencia ya que viajábamos de muy chiquitas y teníamos que hacer todo solitas”, explica. El club le dio amigos por distintas partes de Argentina, la enseñó a ganar y a perder, a levantarse después de una frustración y a celebrar con otros. “Creo que no sería la misma persona si no hubiera jugado al vóley toda mi infancia”, afirma. Y enseguida amplía la mirada: “Es muy importante que los niños puedan vivenciar este y cualquier otro deporte que quieran pero grupal”. Sabe que el deporte de equipo es, también, una escuela de vínculos.
Por todo eso, volver no es un gesto menor. Es cerrar círculos, agradecer y, al mismo tiempo, abrir caminos para las que vienen detrás. Hoy, con la camiseta de El Tala en el pecho, Agostina Zurbriggen no persigue contratos ni proyecciones internacionales. Persigue algo mucho más profundo: la coherencia entre lo que fue, lo que eligió y lo que siente cada vez que pisa el parquet de su casa deportiva. “Estoy muy agradecida de poder volver al lugar donde crecí”, dice. Y en esa frase se condensa todo: una vida entera atravesada por una pelota de vóley y un club que, para ella, siempre será sinónimo de hogar.
