Entrevista
“Vivo un sueño a diario”: Mario Bessone, de aprender a bailar a dirigir la Escuela Municipal de Folclore
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El director de la Escuela Municipal de Danzas Folclóricas de San Francisco acaba de celebrar un importante reconocimiento nacional junto a sus alumnos. Pero detrás del premio hay una historia de pasión, esfuerzo y formación: la de un chico que llegó sin saber bailar y aprendió entre niños, y que hoy conduce la institución donde se formó.
La imagen todavía lo emociona. Un grupo de bailarines celebrando sobre el escenario, abrazos, aplausos y un reconocimiento que resume años de ensayos, viajes, sacrificios y amor por el folclore. La Escuela Municipal de Danzas Folclóricas de San Francisco volvió de la ciudad santafesina de San Jorge con importantes premios obtenidos en el Certamen Nacional de Danzas Folklóricas “A Don Lázaro”, pero también con una distinción especial: el reconocimiento a Mejor Delegación en la categoría Mayor Libre.
Sin embargo, para el director de la institución, Mario Bessone, el valor de ese premio va mucho más allá de un trofeo o una copa. Es también una especie de síntesis de un camino personal que comenzó hace más de tres décadas, cuando era apenas un adolescente que soñaba con bailar, aunque todavía no supiera cómo hacerlo.
“Uno no va buscando el premio”
En diálogo con Posta/LA VOZ DE SAN JUSTO, Bessone reconoció la felicidad que significó el reconocimiento obtenido en San Jorge, aunque aclaró que el espíritu con el que trabajan desde la escuela siempre es otro.
“Siempre que participamos de este tipo de eventos, de estos festivales, en realidad lo que vamos a buscar es compartir, pasar un día de danza y que los alumnos expongan el trabajo que se hace en el ensayo. Uno no va en búsqueda del premio, al menos no es nuestra impronta. Pero tampoco vamos a caer en la falsa hipocresía de decir que no te da felicidad obtenerlo. Si bien no es el objetivo principal, siempre es bueno recibir un reconocimiento de esta índole”, expresó.
La delegación sanfrancisqueña participó con 21 bailarines y obtuvo premios en distintos rubros: segundo puesto en solista de malambo femenino mayor, segundo puesto en conjunto de malambo mayor, tercer puesto en solista de malambo masculino mayor, segundo puesto en conjunto de danza tradicional, segundo premio en pareja tradicional y una mención especial en danza estilizada. Además, el bailarín Franco Abelar fue reconocido como Mejor Bailarín del certamen.
Pero el logro más significativo llegó con la obtención del premio a Mejor Delegación de la categoría Mayor Libre, una distinción que se obtiene a partir de la sumatoria de puntos obtenidos en todas las disciplinas.
“Este reconocimiento se pone en juego todos los años, así que el próximo tendremos que devolverlo. Se obtiene con la sumatoria de puntos de los distintos premios que uno va logrando en cada rubro. Cada puesto suma y, en función de eso, se define cuál fue la mejor delegación de la categoría. Nosotros tuvimos la suerte de conseguirlo”, explicó.
Detrás de cada resultado, aclaró, existe mucho más que talento arriba del escenario.
“Hay muchísimo trabajo. Principalmente el compromiso de los chicos con los ensayos, coordinar vestuario, maquillaje, peinados, traslados, porque también implica una logística importante. Entonces estos reconocimientos son un mimo, algo que alienta a seguir trabajando”, afirmó.
El primer clic: ver bailar a su hermana
Mucho antes de dirigir una institución, de viajar a certámenes nacionales o de formar generaciones de bailarines, Mario fue un chico que descubrió algo que le cambió la vida casi por casualidad.
Aunque en su casa no existía una fuerte tradición folclórica, sí había algunas señales dispersas: un padre que escuchaba chamamé popular, festivales televisados como Cosquín o Jesús María sonando de fondo y, sobre todo, una hermana mayor que comenzó a bailar.
“Mi pasión empezó un poco en el colegio, en los actos escolares. Ni siquiera teníamos profesora de danza, sino una profesora de música que armaba los actos y algunas veces me convocó. Pero el gran clic vino cuando vi bailar a mi hermana mayor, Gabriela. Ella fue la culpable de que toda la familia termináramos bailando, gracias a Dios”, recordó.
Y agregó: “Mis dos hermanas, mi sobrina, mi mamá… terminamos todos metidos en este bello colectivo de la danza folclórica. Pero la culpable fue Gabi, porque ella empezó primero y después nos fuimos enganchando todos”.
La fascinación definitiva apareció en un festival.
Mario recuerda que fue como espectador, cuando todavía era apenas un niño o estaba entrando en la adolescencia. Allí vio algo que lo impactó profundamente: chicos de su edad vestidos de gauchos, preparándose detrás del escenario y zapateando malambo.
“Me acuerdo patente de esa sensación. Vi chicos de mi edad vestidos de gaucho, preparándose para salir a bailar y zapatear, y dije: ‘Wow, quiero hacer esto’. Me voló la cabeza. Después fui aprendiendo qué era cada cosa, cómo calentaban, cómo se preparaban, pero en ese momento dije simplemente: quiero estar ahí”, relató. Desde entonces, ya no hubo vuelta atrás.
“No sé si alguna vez pensé que tenía talento o no. Lo que sí sé es que me apasionó muchísimo. Ese fue el clic. Después todo lo demás vino por impulso, por querer mejorar, aprender y vivir más momentos como esos”, aseguró.
Mario quería ir a bailar donde estaba su hermana, en Devoto, pero la situación económica familiar no lo permitía. Era mediados de los años noventa y sus padres atravesaban un momento complejo.
“Mis papás habían perdido el trabajo. Era el año 94, una época de crisis muy fuerte, similar a la actual, y no estaban en condiciones de darme plata para el colectivo ni para viajar”, recordó. Fue entonces cuando su mamá averiguó y descubrió que la Municipalidad de San Francisco ofrecía clases gratuitas de danzas folklóricas.
Así conoció a quienes serían sus grandes maestros: José “Cacho” Carballo y Cristina Escudero. “No conocíamos absolutamente nada del ambiente de la danza. Mi mamá averiguó y fuimos a hablar con Cacho y Cristina, que son mis maestros de toda la vida, no solo desde lo profesional sino como maestros de vida”, dijo. Pero había un problema: Mario no sabía bailar. Nada. Por eso tuvo que empezar desde cero junto a niños mucho menores que él.
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“Yo ya iba al secundario, estaba en primer año de la Escuela del Trabajo, y me pusieron con chicos de 6 o 7 años porque tenía que aprender desde cero. Me acuerdo que salía del taller, con la ropa llena de grasa, y los chicos me miraban raro porque yo era más grande, más alto y llegaba vestido de taller”, contó entre sonrisas. Sin embargo, esa diferencia duró poco.
“Fue un período muy corto porque estaba tan apasionado que todo lo que me enseñaban los profes lo practicaba en mi casa. Ensayaba todo el tiempo. Me gustó tanto que eso terminó siendo el motor para avanzar”, recordó.
Del alumno al director
La historia siguió creciendo dentro del mismo lugar. Mario pasó por todos los grupos de la Escuela Municipal según las edades, estudió el profesorado cuando se abrió dentro de la institución y comenzó a asumir cada vez más responsabilidades.
“Hice toda mi formación acá. Después de unos años bailando se abrió el profesorado, lo estudié, me recibí y fui quedando como docente de distintos grupos. Poco a poco los directores me fueron dando más responsabilidades”, relató.
Hasta que llegó el momento inesperado. Hace dos años, Cacho Carvallo y Cristina Escudero decidieron retirarse y él quedó al frente de la escuela donde se había formado. La emoción todavía aparece cuando habla de ese momento.
“Es inexplicable. Vivo un sueño a diario. Obviamente el trabajo tiene problemas y responsabilidades, pero sigue siendo un sueño. A veces llego al salón y hago una retrospección: pienso que entré ahí sin saber absolutamente nada y hoy tengo la responsabilidad de dirigir la escuela”, confesó.
Para Mario, ese espacio es mucho más que un salón de danza. “Ese salón es mi vida. Creo que pasé más tiempo ahí que en mi casa. Ahí encontré a mis mejores amigos, lloré, me reí, me lesioné, transpiré muchísimo, aprendí, crecí. Entonces pensar que llegué sin saber nada y hoy puedo compartir conocimientos con las generaciones que vienen es un orgullo demasiado grande”, afirmó.
El futuro, una generación detrás de otra
Aunque el reconocimiento nacional llena de satisfacción a toda la escuela, Bessone evita hablar de metas personales grandilocuentes. Su mirada está puesta en el crecimiento de los alumnos y en sostener un proceso formativo que considera clave.
“No me pongo objetivos personales. Sí pensamos mucho institucionalmente: cómo seguir evolucionando con los grupos, cómo acompañar a cada alumno. Nosotros hacemos un seguimiento permanente, especialmente con niños y jóvenes, porque van cambiando de grupo y queremos que el proceso sea gradual, que no sea un cambio brusco”, explicó.
Ese acompañamiento, sostiene, es parte de la identidad de la escuela. “Nos enfocamos mucho en eso, en estar presentes, acompañar y seguir participando de festivales y convocatorias. Todo el tiempo estamos planificando y pensando cómo seguir creciendo”, sostuvo.
Mientras tanto, cada ensayo, cada viaje y cada presentación parecen devolverle algo de aquel chico que un día vio un malambo por primera vez y decidió que quería estar arriba del escenario. Hoy, décadas después, Mario Bessone no solo sigue bailando: también ayuda a que otros encuentren en la danza el mismo lugar que él encontró cuando apenas estaba empezando.
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