Un viaje soñado
Vivir en un Fiat 600 y dejarse llevar por el viento, la historia de Daniela Bailo
Dejó la ciudad hace más de tres décadas y volvió sin saber por cuánto tiempo. Hoy recorre el país en su “fitito”, que es casa, trabajo y refugio. Vende artesanías, escribe poesía y sigue un camino sin mapa, con un destino soñado: México.
El sol de otoño empezaba a caer sobre la plaza General Paz cuando el Fiat 600 quedó en pausa, como si también necesitara descansar después de tantos kilómetros. Detrás, la Catedral; alrededor, la gente y el ritmo de la ciudad. Adentro, su mundo.
Daniela Bailo Giordana volvió, pero no volvió del todo. Hace más de 30 años que se fue y, cada vez que regresa, lo hace con la sensación de estar en un lugar que reconoce y a la vez le resulta ajeno. “Es raro”, dice. Y en esa palabra entra todo: la emoción de pasar por la escuela donde hizo primer grado, las calles de la infancia, y también la sorpresa de una ciudad que ya no es la misma.
Se fue en 1992, siendo adolescente. Después vinieron años de movimientos, de trabajos, de intentos, de caídas y de reinvenciones. “No tenemos tiempo para contar todo lo que pasó”, se ríe. Pero en ese recorrido hay algunas estaciones claras: la maternidad joven, la gastronomía —se formó como restaurateur—, la aviación —estudió para tripulante de cabina y llegó a ser seleccionada por una aerolínea— y también las frustraciones. Una empresa que prometía despegar terminó desapareciendo sin pagar sueldos. Otra vez empezar.
En la pandemia, en Neuquén, encontró una salida en la cocina. Armó un emprendimiento de mermeladas y chutneys, Lo Quiero Casero, que llegó a tener reconocimiento como iniciativa destacada. Con eso compró el auto que hoy es mucho más que un vehículo.
“Mi casa es el fitito”, dice, sin vueltas.
El Fiat 600 modelo 75 no solo la traslada: es dormitorio, cocina improvisada, taller, oficina y también vidriera. Lo bautizó “Paciencia” cuando entendió que ese iba a ser el único modo de seguir adelante. “Estaba parada hacía meses, quería largar todo, y dije: tengo que tener paciencia. Y así se quedó”.
El viaje empezó como un plan. Hoy es otra cosa. “Si me das mi GPS, es un garabato de jardín”, grafica. No hay línea recta, ni tiempos definidos. Va donde la llevan los encuentros, los afectos, los imprevistos. Puede pensar que se queda un día y terminar pasando meses en un lugar. Le pasó en Mendoza, donde estuvo siete meses, con escapadas a otras provincias, trabajos de temporada y también problemas mecánicos que la obligaron a parar.
Porque viajar así también implica aprender lo que nunca imaginó. “Odio la mecánica”, lanza, sin filtro. Pero enseguida matiza: “La odio y la amo”. En el camino aprendió a cambiar piezas, a entender cómo funciona un motor, a no depender del todo. “Antes confundía clavo con tornillo –bromea- Hoy no es lo mismo llegar a un taller sabiendo qué es un carburador. Me da orgullo todo lo que aprendí”.
Igual, cada vez que algo se rompe, el primer impulso es el mismo: “Temblar y llorar”. Después viene lo otro: pensar, resolver, seguir.
En ese movimiento constante también está la forma de sostenerse. Las artesanías son hoy su principal ingreso. Alambre, piedras, macramé. Objetos simples y otros más elaborados, todos hechos a mano. Esa habilidad no es nueva: la aprendió en 1999, cuando viajaba como mochilera por el norte del país. Ahora volvió a ella, como volvió a muchas cosas.
Otra de esas vueltas es la escritura.
“La poesía es una forma de catarsis”, explica. Escribe desde chica, desde aquel concurso en la escuela Iturraspe que ganó casi sin darse cuenta. Hoy, además, encontró una forma de compartirla: hay quienes le piden textos, encargos, palabras que no saben cómo decir. Ella las arma.
Algunas son más íntimas, otras más profundas, y otras se animan a explorar lo erótico, lo emocional, lo que muchas veces cuesta poner en palabras. “Me han pedido escribir sobre el yin y el yang, sobre el sexo, sobre cosas que por ahí la gente siente pero no sabe cómo expresar”, cuenta.
Pero si hay un destino en todo este viaje, aunque no tenga un camino fijo, es claro: México. No por desafío ni por récord, sino por deseo. “No me interesa demostrar nada. Quiero conocer, quiero estar”, dice. Allí la esperan amigas que conoció en pandemia y también una idea de vida distinta, más cercana a lo que busca.
Antes hay una parada que tiene otro peso: Perú.
Allí viven sus hijas gemelas, que se fueron hace unos años a reconectar con su historia. “Yo quiero que, cuando llegue, sigamos viaje juntas”, cuenta. No sabe si va a pasar. Tampoco necesita saberlo ahora.
Porque si algo define su forma de vivir es esa ausencia de certezas.
En el camino hay encuentros con otros viajeros, caravanas improvisadas, reuniones de “fititos”, invitaciones que cambian planes en cuestión de horas. También hay días en los que la economía aprieta y el margen es mínimo. Pero incluso ahí hay una decisión: sostener la libertad.
“Todo el tiempo me preguntan cómo hago para vivir. O cuándo vuelvo a mi casa”, dice. Y sonríe. Porque la respuesta siempre es la misma, aunque no todos la entiendan.
Su casa ya no es un lugar fijo.
Es un auto pequeño, con historia, que descansa por un rato frente a la Catedral mientras el día se apaga. Es también cada parada, cada persona, cada desvío.
Como esta visita ¿fugaz? a su San Francisco natal, para compartir con sus familiares, para reconectar, recargar energía y recuperar tiempo vivido lejos.
Cuando le piden que se defina, duda. No porque no tenga palabras, sino porque le sobran.
“Soy un cocoliche. Una curiosa. Una rebelde. Obstinada también”, enumera. Y después, sin buscarlo demasiado, llega a una síntesis que lo explica todo: “Soy una constante loca en busca de experimentar la felicidad que me da la libertad”.
El sol no termina de caer. El fitito sigue ahí, quieto.
Por un rato. Porque lo suyo, está claro, no es quedarse.
