Entrevista
Valentina Barrale: la juventud que se queda para construir
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A los 25 años, Valentina Barrale ejerce como abogada independiente, preside Puentes Enteros -la asociación que sostiene uno de los Modelos ONU más convocantes del país- y suma horas al servicio público. Su historia une vocación temprana, compromiso civil y la certeza de que los jóvenes pueden transformar lugares que antes solo habitaban.
Valentina Barrale tiene 25 años. Cuando lo dice parece un dato menor, pero enseguida uno entiende que es parte central de su identidad pública. Es abogada independiente, preside una asociación civil, organiza capacitaciones y acompaña a adolescentes que por primera vez se enfrentan a conceptos como democracia, representación y voto. Y ese presente no surgió de un golpe de suerte, sino de un camino que empezó antes de que pudiera poner la firma profesional que hoy lleva en su sello.
Egresó de la Escuela Normal en 2017. Su vocación estaba resuelta mucho antes: “Desde los catorce o quince años sabía que quería estudiar abogacía. Nunca dudé”, dice con naturalidad. Su papá le repetía que cuestionaba todo, que siempre buscaba la explicación y la vuelta de tuerca. Ella lo vivía como un rasgo propio; hoy lo reconoce como el primer latido profesional. Aunque cursó la orientación de Ciencias Naturales —“por mis amigas”, aclara entre risas—, sabía que su destino no estaba en fórmulas químicas ni diagramas celulares.
En 2018 ingresó a Abogacía en UCES. Al principio el plan parecía lineal: cursadas, recreos, grupos de estudio. Pero dos años después apareció la pandemia y con ella una nueva realidad universitaria. “Hice dos años presencial y dos años en computadora. Trabajo práctico por Zoom, la tesis por Zoom. Era raro. No veía a mis amigos y muchos eran de pueblos cercanos”, recuerda. Aun así, avanzó a paso firme: se recibió en 2022 y atravesó la carrera en tiempo y forma. “Tenía una sola meta y era recibirme”, resume.
Mientras estudiaba, la otra parte de su formación transcurría fuera del aula. Y ahí aparece el otro hilo conductor de su vida: el Modelo Naciones Unidas. Como muchos estudiantes, Valentina entró al proyecto desde el rol más básico: participante. Pero lo hizo antes de tiempo. “Empecé en tercero, cuando no se podía. No sé cómo entré, pero fui”. Su debut fue representando a Liberia, un país sobre el que tuvo que aprender desde cero. No importó: la experiencia la atrapó. “Es difícil explicar lo que te genera sin haberlo vivido. Te desconectás del teléfono y te metés en un papel”.
Viajó a Chajarí, Buenos Aires y participó cada año hasta terminar el secundario. Muchos de los recuerdos se parecen a los de cualquier aventura adolescente, pero con un giro inesperado: horas de búsqueda de información, noches sin dormir preparando discursos, debates que arrancaban de cero y se resolvían como si la sala fuera realmente la ONU. “Eso te daba nafta para el año siguiente”, cuenta.
Cuando egresó, lejos de cerrar esa etapa, decidió profundizarla. En 2018 se sumó como voluntaria a Puentes Enteros, el grupo que organizaba el modelo desde hacía más de una década. Primero representó el órgano Asamblea General, luego quedó al frente del mismo y, sin despegarse de la carrera de derecho, fue creciendo en responsabilidades. La pandemia desarmó parte de la estructura: integrantes históricos empezaron a correrse y los encuentros virtuales hicieron aún más difícil sostener un proyecto basado en la presencia y la energía juvenil.
Construir comunidad
Lo que vino después marcó su generación. “Con un grupo que habíamos empezado juntos en 2018, decidimos agarrar la asociación”, relata. Presentaron papeles ante la Inspección de Personas Jurídicas, ordenaron documentación y lo que hasta entonces era un nombre reconocido en la ciudad —“pero en los papeles no era nada”— pasó a convertirse en una asociación civil formal. Ese paso, que implicó burocracia, insistencia y aprendizaje, habilitó crecimiento, respaldo y continuidad. “Lo hicimos por amor al arte y porque Puentes nos había dado un montón”, repite.
Desde entonces, el Modelo ONU no fue su única actividad. Puentes Enteros organiza ciclos de charlas, proyectos educativos sobre efemérides y acciones destinadas a que los estudiantes comprendan qué significa participar en democracia, incluso antes de votar. Una frase que repite en capacitaciones sintetiza su mirada: “Muchos creen que la política está lejos, pero en actos de la vida cotidiana se hace política sin saberlo”. Esa constatación se volvió una brújula para los proyectos del grupo.
Puentes Enteros no se limita al Modelo. Durante el año, el grupo sostiene otras iniciativas que buscan ampliar el acceso a la educación cívica en distintas formas. Organizan ciclos de charlas con profesionales vinculados a efemérides, impulsan una competencia sobre la Constitución Nacional para estudiantes secundarios y preparan actividades para acompañar a quienes votan por primera vez. También trabajan en enseñar ciudadanía desde la práctica, explicando que la política no es ajena a la vida cotidiana, que uno toma postura sin advertirlo y que involucrarse no requiere carnet ni afiliación. Ese abanico de propuestas tiene el mismo espíritu: abrir puertas, poner herramientas al alcance de los chicos y demostrar que participar no es un privilegio sino una posibilidad real.
Todo el trabajo se sostiene con voluntarios, cientos de horas y una convicción que parece más grande que la edad de quienes la llevan adelante. “Somos entre 25 y 30 personas. Nadie cobra. A veces hasta ponemos plata de nuestro bolsillo”, explica. Con esa estructura, el Modelo ONU creció hasta convertirse en uno de los encuentros más convocantes del país. Llegaron delegaciones de escuelas de San Juan, de Córdoba, de Río Negro; Morteros replicó la experiencia con asesoramiento del equipo sanfrancisqueño; y Puentes Enteros pasó a ser una referencia regional, incluso para instituciones que recién empiezan.
En paralelo, Valentina construía su identidad profesional. Cuando se recibió, trabajó junto a un abogado mientras tramitaba su matrícula. Y apenas la obtuvo, hizo lo que había imaginado siempre: se lanzó sola. “Siempre quise ser abogada independiente. Aunque digan que no podés empezar sola porque sos joven, yo digo que sí se puede”. Hoy ejerce en su propio espacio, atiende consultas por expediente digital y, como todo profesional nacido en la era postpandemia, combina atención presencial con comunicación online. Su cuenta de Instagram, donde explica conceptos legales con lenguaje simple, es parte natural de su ejercicio cotidiano. “El expediente es electrónico y la consulta también. La gente quiere entender las cosas claras y simples”, definió.
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Su área de interés ya está marcada: “Lo que más me gusta es penal. Es lo que más estudio y lo que quiero hacer sola en un futuro. Es una rama muy manejada por hombres y quiero que haya mujeres ahí”. En esa frase se condensa un aspecto clave de su perfil: mujer joven, abogada, ocupando espacios tradicionalmente masculinos con naturalidad, sin discursos grandilocuentes, solo con trabajo.
Avanzada la charla aparece otro capítulo de su presente: hace pocos meses sumó su conocimiento jurídico al área de Deportes de la Municipalidad, donde asesora instituciones, clubes y eventos. No lo plantea como giro profesional, sino como ampliación del mismo compromiso que sostiene en Puentes Enteros: acompañar a personas y espacios donde “lo legal” suele quedar en segundo plano, pero define responsabilidades, accesos y posibilidades.
Entre expedientes, capacitaciones, juventudes que se forman y clubes que ordenan papeles, Valentina todavía encuentra tiempo para un ritual que no negocia: caminar todos los días con su mamá y desconectarse en el gimnasio. “Ni llevo el teléfono”, dice. Una hora lejos del ruido, antes de volver a la computadora, al estudio, a la asociación, o a algún espacio donde una tanda de adolescentes aprende qué significa representar un país que tal vez ni sabían ubicar en un mapa.
En el cierre, vuelve a donde empezó: la ONU. Cuando le preguntan si alguna vez imaginó estar en un Modelo real, fuera de la simulación, responde sin vueltas: “Me proyecté muchas veces en un debate real. Me gusta la política. No sé si llegaré, pero me lo imaginé”. No lo dice como objetivo, ni como anuncio. Lo deja suspendido en el aire, como tantas cosas que hacen los jóvenes cuando todavía tienen tiempo, margen y voluntad para que algo improbable termine ocurriendo.
Para lo que viene, Valentina prefiere hablar de continuidad más que de grandes volantazos. En lo profesional, quiere seguir creciendo en un espacio físico propio y sostener el impulso que tuvo el año pasado, que define como “muy bueno”. Agradece a quienes confiaron en ella cuando recién empezaba y confiesa que al principio temió que las cosas no fluyan como lo hicieron.
En Puentes Enteros, su horizonte pasa por mantener unido al grupo que sostiene los proyectos y sumar apoyos privados que permitan dar aire al voluntariado, sin depender enteramente del municipio. Pero hace hincapié en la calidad humana del grupo: “Eso es lo más importante. Eso es lo que nos caracteriza, lo que nos distingue”.
Su historia todavía no tiene capítulo final. Pero si algo queda claro es que la fuerza de esa juventud que nació adentro del aula, floreció en los comités del Modelo y hoy atraviesa expedientes, asociaciones civiles y oficinas municipales, no piensa aflojar.
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