Una vida entre la vocación de enseñar y el orgullo de ser mamá
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Claudia Mina fue mamá a los 23 años, cuando ya había comenzado su camino como profesora de danza. Su hija, Daiana Nanzer, creció entre clases y alumnas hasta convertirse en una referente de la gimnasia aeróbica argentina. En el Día de la Madre, Claudia recuerda cómo fue criarla sin abandonar su vocación y qué significa acompañarla también como entrenadora.
Daiana era chiquita y buscaba llamar la atención de su mamá en medio de una clase. “Mami, mami”, insistía, mientras Claudia Mina intentaba explicarles un ejercicio a sus alumnas. “Esperá, que estoy explicándoles a las chicas”, le respondía. Pero Daiana tenía un argumento difícil de discutir: “¡Pero yo también quiero que me expliques!”.
Claudia todavía se ríe cuando recuerda aquellas situaciones. Su hija creció prácticamente dentro del salón donde ella trabajaba, rodeada de música, coreografías y alumnas que también fueron parte de su crianza. Años después, aquella nena llegaría a disputar cuatro finales mundiales de gimnasia aeróbica y a consagrarse múltiple campeona panamericana y sudamericana, con su mamá acompañándola como entrenadora.
Claudia ya era profesora de danza cuando se convirtió en madre a los 23 años. Tenía un pequeño grupo de alumnas en el garaje de su casa y una actividad que no pensaba abandonar.
“Me casé a los 20 años y a Daiana la tuve a los 23”, recuerda. Durante el embarazo siguió trabajando y hasta participaba de las coreografías que preparaba para los talleres de verano. “Hacíamos una coreografía que tenía un rol hacia atrás y yo lo hacía con la panza. Daiana nació en febrero y en marzo empecé las clases normales. En ningún momento se me cruzó decir que iba a cortar”, cuenta.
La ayuda de su propia madre, abuela de Daiana, fue fundamental. El salón estaba junto a la casa familiar y Daiana podía pasar buena parte del día con ellas. “Tuve la suerte de contar con mi mamá. Daiana se despertaba, mi mamá la levantaba y ya venía al salón. Yo no sufría eso de tener que irme a trabajar y dejarla, porque ella estaba conmigo”, explica.
Las alumnas también se involucraban en el cuidado de la nena. “Siempre cuento que ella se crió un poco entre todos. El otro día nos encontramos con una chica que venía en aquella época y le dije a Daiana: ‘Mirá, ella fue la que te enseñó a atarte los cordones’. Las chicas la cuidaban, le enseñaban cosas”, recuerda.
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Cuando su hija encontró su propio camino
Claudia asegura que nunca le impuso a Daiana dedicarse a la danza o a la gimnasia. “Yo estuve siempre mucho en la parte de danza, entonces uno piensa que quizás a ella le iba a gustar eso. Pero se inclinó más por otro lado. Siempre le gustó mucho todo lo que era la parte acrobática, las destrezas”, explica.
En aquellos años trabajaban con aeróbica coreográfica y Daiana quería probar cada ejercicio nuevo. “Nosotros teníamos que ir a hacer cursos a Buenos Aires para especializarnos. Después volvíamos y el conejito de Indias era ella. Probábamos las cosas que habíamos aprendido y se enganchaba muchísimo”, recuerda Claudia.
Con las competencias llegó también la necesidad de seguir aprendiendo. “Siempre estuve muy abierta a recibir las enseñanzas de otras personas. Buscábamos profesionales que pudieran aportar más de lo que yo sabía”, explica. Así incorporaron el trabajo con especialistas extranjeros y Daiana fue construyendo su carrera internacional.
“Cuando voy como entrenadora de Day, juegan las dos cosas: la entrenadora y el orgullo de mamá. Entonces vivo mucho cada torneo, cada momento”, asegura Claudia. Esa emoción no desapareció con los años ni con la experiencia de acompañar delegaciones argentinas en campeonatos mundiales.
Entre sus responsabilidades, Claudia se desempeña como jefa de delegación, pero sigue prefiriendo el contacto directo con las alumnas. “A Daiana le gusta mucho la parte de juzgamiento y tiene hecho el curso de jueza internacional. Yo soy distinta, me juega mucho el corazón. Me encanta más la parte de entrenadora”, reconoce.
“Me gusta ese momento antes de que salgan a competir, o en los festivales cuando están por presentarse. Darles el empujoncito o las palabras para que salgan contentas. Eso lo disfruto muchísimo”.
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El reconocimiento de una hija
Mientras Claudia recuerda los comienzos de la academia como una experiencia familiar, Daiana interviene para destacar el trabajo de su mamá. “Ella dice que empezó todo muy casero, muy familiar, y es verdad. Pero siempre trabajó con una disciplina, una constancia y una responsabilidad que yo vi desde muy chiquita. Se manejaba como las grandes escuelas que después tuvimos la oportunidad de conocer en Europa”, señala.
“Yo creo que todo lo que es hoy la academia es un premio a ese primer esfuerzo de ella. De chiquita tomé esa responsabilidad y esa disciplina, y creo que también fue lo que me ayudó a convertirme en la deportista que fui”, expresa Daiana.
Claudia reconoce que nunca imaginó semejante crecimiento. “Lo mío empezó como algo muy casero, con un grupito. Después fue creciendo, fuimos anexando disciplinas y creo que hasta el día de hoy, tanto Daiana como yo, a veces no llegamos a dimensionar todo lo que se amplió y todos los resultados que tuvimos”, admite.
Hoy comparten la conducción de la academia. “Somos muy distintas y creo que eso nos sirve muchísimo. Las decisiones importantes de la academia las tomamos juntas, pero después cada una tiene su manera de hacer las cosas”, explica Claudia.
A sus 61 años, recibe a hijas de aquellas alumnas que conoció décadas atrás. “Es un placer. Porque quiere decir que, si vos como mamá elegís mandar a tu hija a un lugar, es porque cuando eras chica lo pasabas bien y te gustaba lo que hacías”, reflexiona.
Con las más chiquitas conserva esa cercanía de siempre, aunque ahora se permite algunos mimos extra. “Tenemos un turnito de nenas de dos y tres años y a veces digo que ya me salen los vicios de abuela. Un mimito, un abrazo... Son cosas que a lo mejor antes no permitía tanto”, cuenta divertida.
Aunque se jubiló el año pasado, sigue trabajando. “Estoy jubilada, pero sigo trabajando igual. La academia es grande, son muchas alumnas y me gusta”, asegura. Y cuando mira hacia atrás, no duda: “Si tuviera que volver a nacer, volvería a elegir lo mismo, porque lo disfruto mucho”.
Fue profesora antes de ser mamá. Crió a Daiana entre sus alumnas, la acompañó en sus competencias y terminó compartiendo con ella la profesión que había elegido. Hoy, aquella nena que interrumpía las clases para pedir una explicación es también su compañera de trabajo. Claudia sigue siendo su mamá y su entrenadora, sin haber dejado nunca de ser la profesora que quería ser.
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