Análisis
Una pelota puede cambiar el mundo
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Resolver los conflictos estructurales no es tarea del fútbol. Pero el deporte global enseña que países con liderazgos e intereses divergentes acepten un marco común de competencia en el que subyace una experiencia compartida que supone ganar o perder dentro de reglas aceptadas por todos.
Cuando se inauguraba el Mundial de Fútbol de 2010, esta columna editorial se tituló de la misma manera. Allí se expresaba el deseo de que esa competencia se convirtiese en una ocasión propicia para el entendimiento, el diálogo y la búsqueda de paz entre los pueblos y entre los Estados.
Se afirmó que “el deporte es un nexo trascendente para acercar a los pueblos, aprender a convivir en la pluralidad de razas, religiones y maneras de ver la vida”. Dieciséis años después, la realidad tiene aspectos radicalmente diferentes. A la luz de los sucesos políticos, económicos, militares, sociales y culturales que hoy dominan el escenario, suena como algo ingenuo o romántico señalar que una pelota puede ser garante de la transformación hacia un mundo más humano, fraterno, pacífico.
El contexto global está hoy atravesado por conflictos bélicos y tensiones geopolíticas de las que tenemos información al instante y están signadas por el griterío, la división y el desprecio al que se ubica en otra vereda. Sin embargo, más allá del negocio que impera y a veces domina al deporte, el fútbol es un lenguaje común que sobrevive a la fragmentación. Como la gran mayoría de los deportes, tiene una gramática básica de reglas que deben ser respetadas. Que implican el reconocimiento del otro, aunque sea adversario. Por ello, puede convertirse en una herramienta pedagógica global que enseñe a redescubrir la convivencia.
La gran vidriera del Mundial de Fútbol se rediseña en un tiempo donde los liderazgos son oscilantes y las tentaciones autoritarias se esparcen por algunas democracias. En este marco, resulta pertinente vincular una idea planteada por el primer ministro canadiense -uno de los anfitriones del evento- en el último Foro de Davos, cuando subrayó que el crecimiento y el progreso sólo son sostenibles si son inclusivos y construidos sobre la cooperación. Trasladado al fútbol, puede afirmarse que no hay juego posible sin reglas compartidas ni reconocimiento mutuo. Así, el Mundial puede convertirse en una narración alternativa a la lógica del enfrentamiento permanente.
El contacto real entre personas de distintos países, culturas y creencias es una experiencia notable de coexistencia y desarmadora de prejuicios. Es válido por ello el ejemplo de 2010. Sudáfrica organizó una competencia que -junto con el Mundial de Rugby, un par de años antes- se transformó en el símbolo de la reconciliación tras el apartheid. Así, la que se inaugura en América del Norte puede también entregar el mensaje de que es posible compartir un espacio común sin negar las diferencias.
Resolver los conflictos estructurales no es tarea del fútbol. Pero el deporte global enseña que países con liderazgos e intereses divergentes acepten un marco común de competencia en el que subyace una experiencia compartida que supone ganar o perder dentro de reglas aceptadas por todos. La política internacional actual parece descreer o ignorar el simbolismo de convivencia que exhibe un balón rodando en un campo de juego.
El deseo de que nuestra selección llegue otra vez a instancias decisivas, con el anhelo de revivir sensaciones similares a las de diciembre de 2022 y aun cuando se tilde de ingenua esta pretensión, se impone no renunciar a la idea de que una pelota puede cambiar el mundo.
