Una pelea ridícula con las tarifas de fondo
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Tan viejo como gastado, un refrán bien argentino enfatiza que Dios es compatriota nuestro, pero que siempre atiende en Buenos Aires. En este caso, y más allá de la ridícula disputa por un cargo en el área energética, la metáfora de la frase se verifica en la realidad.
Ha tenido fuerte repercusión la controversia generada en el gobierno nacional por la disputa suscitada frente al intento de desplazamiento de su cargo de un subsecretario de Estado por parte de un ministro. Que se pida la renuncia a algún funcionario de menor rango si éste no comparte la acción política o no da muestras de eficiencia debería ser un hecho natural de la política en cualquier Estado. Menos en nuestro país.
La particular composición del poder actual quedó expuesta de la manera más cruda con las idas y vueltas del ministro de Economía que pretendió desplazar al subsecretario de Energía, quien por el momento resiste en su despacho apuntalado por el apoyo recibido de una de las facciones de la coalición gobernante, específicamente la liderada por la vicepresidente de la Nación. Como tantos otros ministros del gabinete nacional, el de Economía ha visto así desdibujada su imagen, mientras su cuota de poder se licuaba de manera drástica.
Como ya no sorprenden estas situaciones que rozan el ridículo, tanto en el oficialismo como en la oposición, la ciudadanía asiste absorta a una pelea más en el poder, casi resignada a presenciar circunstancias que dañan a lo que queda de creíble de la política. Pero que además exhiben un manejo del poder extraño y singular que es altamente corrosivo. El ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti ya describió hace mucho esta situación: "El poder puede estar afuera. Normalmente está arriba. Pero nunca puede estar abajo".
En el fondo, es por la imposición de una determinada visión de poder la disputa en el seno del gobierno por la presencia o no de un funcionario de rango secundario. La política energética es un elemento sensible para cualquier gobierno. Y, dentro de ella, las tarifas juegan un rol central a la hora de analizar su impacto en los votantes. La mirada del kirchnerismo es la misma de siempre: no se pueden aumentar los precios de los servicios públicos en un año electoral por más que esto suponga un descalabro en las cuentas del Estado.
Sin embargo, es central observar que esta situación solo se da en ese nuevo ente geográfico que se pasó a denominar Área Metropolitana de Buenos Aires. Es en el Amba donde está la discusión por las tarifas. Que solo aumentaron 9% en dos años, mientras en el interior del país los incrementos se suceden de manera vertiginosa sin que al gobierno "nacional" se le mueva ninguna estantería.
Se produce así nuevamente aquel desequilibrio del que tanto se habló años atrás. Sectores con poder adquisitivo muy alto -el más alto del país en algunos barrios capitalinos y áreas del Conurbano- gozan de tarifas regaladas, mientras que en el resto de las provincias el costo de la energía y de los demás servicios acompaña o supera los índices inflacionarios y jaquea los bolsillos de prácticamente todos los sectores.
Tan viejo como gastado, un refrán bien argentino enfatiza que Dios es compatriota nuestro, pero que siempre atiende en Buenos Aires. En este caso, y más allá de la ridícula disputa por un cargo en el área energética, la metáfora de la frase se verifica en la realidad.
