Análisis
Una cuestión de sentido común
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El ejercicio del pensamiento crítico es, en este tema, imprescindible. Cuestionar la pretensión de reconocimiento social del “therianismo” no significa negar derechos ni atacar identidades.
En la prensa cordobesa se difundió una noticia que llamó la atención por su rareza. Una madre denunció que un joven, a quien identificó como un “therian”, mordió a su hija adolescente en una calle de Jesús María. La chica, de 14 años, le contó a su familia lo que pasó tras ver en redes sociales el fenómeno que rápidamente se extiende en Argentina y entendió qué le habría ocurrido tiempo atrás, a la salida del colegio.
Según el relato de la madre, luego de lo que habría sido un encuentro de “jóvenes therians” , se acercaron a su hija y “la empezaron a olfatear y a corretear un poco, y ella se reía, pensaba que era broma, pero después le mordieron el tobillo. Ahí se dio cuenta que no estaban bromeando y ella atinó a querer meterle una patada y se fue corriendo. Eran una bandita de tres o cuatro, más o menos con máscaras de perro”, explicó la mujer.
El episodio no sería más que una anécdota si no fuese porque la viralización de los grupos “therian” hace suponer -por cierto erróneamente- que se trata de un movimiento masivo. Más aún, existe la sensación de que una mal entendida corrección política impide críticas hacia esta práctica.
Los “therians” (abreviatura de therianthrope) son personas que aseguran identificarse de modo profundo y persistente con un animal. Algunos hablan de un componente psicológico; otros, de una dimensión espiritual o simbólica. Frente a esta definición, la polémica está servida. En este punto, determinados análisis aparecen temerosos de ser acusados de actitudes que lleven a la discriminación; algunas pocas voces manifiestan incomodidad porque este fenómeno podría deslegitimar las luchas por los derechos sexuales y de género.
El “therianismo” se expande principalmente en ecosistemas digitales juveniles, donde la visibilidad y el reconocimiento tienen fuerte efecto simbólico. Esto sugiere que se trata de una performance amplificada por las redes sociales, cuyo contenido lúdico hasta podría ser aceptable. Pero no podría asimilarse a una identidad biológica ni a una condición psicológica reconocida como para ubicarlo en categorías jurídicas o políticas. Además, la centralidad mediática de este fenómeno marginal genera una agenda pública desproporcionada respecto de su impacto social real.
El clima normativo de este tiempo consolidó la idea de que cuestionar públicamente prácticas como ésta ubica al crítico en la puerta de la discriminación. Entonces, surge el temor a la sanción y a la cancelación. Esto es aprovechado por el “therianismo” que se protege comparándose con luchas históricas por derechos civiles que no tienen relación conceptual ni política con este fenómeno. Advertir sobre posibles perjuicios que acarrearía este fenómeno podría ser tomado como un cuestionamiento a derechos conquistados a lo largo de los años.
Sin embargo, el ejercicio del pensamiento crítico es, en este tema, imprescindible. Más allá de que la experiencia demuestra que este tipo de grupos tienen corta existencia, no puede asumirse sin más que lo extravagante o ridículo quede blindado contra las críticas solo por inseguridad conceptual, circunstancias externas o corrección política. Cuestionar la pretensión de reconocimiento social del “therianismo” no significa negar derechos ni atacar identidades. Implica, simplemente, aplicar el sentido común.
