Un largo camino hacia la vacuna
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En la jornada de ayer se realizó un nuevo operativo de vacunación por coronavirus en el Superdomo. En esta oportunidad, las 900 dosis de la vacuna rusa Sputnik fueron repartidas entre personas mayores de 60 años y aquellos menores de 60 años con comorbilidad que hayan sido notificadas a través de CIDI.
Es la primera vez que personas menores de 60 años con comorbilidad acceden a la vacunación en nuestra ciudad ya que en otros lugares este grupo fue inmunizado.
En el Plan Estratégico de Vacunación dispuesto por el Ministerio de Salud de la Nación, estas personas se ubican en el quinto lugar de priorización luego del personal de salud, los adultos mayores de 70 años, los adultos de 60 a 69 años y el personal estratégico (docentes, personal no docente, fuerzas de seguridad, etc), la segunda ola de la pandemia en la Argentina muestra que el 76% de los nuevos contagios totales se encuadra en ese rango de edades y muchos de ellos desarrollan cuadros graves de la enfermedad.
A esto se le suma, además, que se trata de la población laboralmente más activa, lo cual exige a estas personas a salir a diario de sus casas a cumplir con sus obligaciones.
La secretaria de Redacción de LA VOZ DE SAN JUSTO fue una de las convocadas a inmunizarse por pertenecer a este grupo. María Laura Ferrero a través de una crónica contó su vivencia personal de lo que significó poder acceder a vacunarse y cómo está atravesando la pandemia.

"Tengo que llegar fuerte y sana a la vacuna, tengo que llegar fuerte y sana a la vacuna", me repetía todas las mañanas al despertarme desde que la pandemia irrumpió en nuestras vidas.
Soy María Laura Ferrero, docente del nivel medio de la Escuela Normal Superior Dr. Nicolás Avellaneda y secretaria de Redacción de LA VOZ DE SAN JUSTO. En la jornada de ayer, fui una de las personas menores de 60 años con comorbilidades que fue vacunada en el operativo que organizó el municipio en el Superdomo.
Desde el sábado que recibí la notificación del Cidi tuve una mezcla de sensaciones. Por un lado, me sentía aliviada porque estaba muy cerca de llegar a mi meta que era inmunizarme sin correr ningún riesgo. También, lo tomé como una oportunidad para seguir cuidándome como hasta ahora y tener cierta esperanza hasta que encuentren la cura definitiva.
Soy obesa desde que era pequeña pero el encierro que viví este casi año y medio profundizó mi problema. Desde que el coronavirus llegó a mi vida todo dio un giro de 180 grados porque de casi no estar en casa pasé a estar encerrada las 24 horas. Mis músculos se debilitaron y me cuesta mantener un ritmo, la diabetes está controlada por las pastillas y la tensión fluctúa como a ella se le ocurre a pesar del tratamiento. Decidí compartir estas líneas con ustedes para contar cómo fueron estos meses casi sin salir de casa.
Fue un largo camino que transité hasta acá y si bien soy consciente que debo continuar con el cuidado como hasta ahora, me siento un poco más tranquila. La pandemia marcó a fuego mi vida y en muchos momentos tuve que armarme de valor porque sentí mucho miedo y angustia. El panorama no es bueno para los de mi condición y sufrí con cada mala noticia sobre las víctimas que dejó esta enfermedad.
Cuando el presidente decretó la cuarentena total nunca imaginé como se transformaría todo a mí alrededor. La mesa del comedor terminó en escritorio desde donde comando las clases y la edición del diario. A la escuela no pude volver y a veces me escapo a LA VOZ pero cuando hay poca gente y tengo mucho trabajo.

A pesar que me adapté al teletrabajo es mucho más complicado. Al principio nos costó un montón pero nos fuimos acostumbrando con el pasar de los meses. Tengo que agradecer los miles de favores que me hicieron para que yo pueda seguir desde casa.
Al vivir sola al principio mis amigas me hacían los trámites y las compras. Ahora con las medidas de seguridad salgo una vez al mes para tener las provisiones.
Lo que más extraño son los afectos que no los puedo ver desde hace mucho tiempo. La navidad de 2019 fue la última vez que estuve con mis hermanos que son mi única familia directa. Ellos no viven en la ciudad y son personas que trabajan con grupos de riesgo. Mi delicada situación hace que posterguemos el encuentro y creo que esa la mejor forma de decirnos que nos amamos. Nosotros sabemos lo que significa los lugares vacíos en la mesa y vamos hacer todo lo posible para que el coronavirus no meta la cola, como decía mi mamá.
Ya prometí miles de encuentros a mis amigos, pero todos saben que me debo cuidar y me respetan. Son contadas con los dedos de la mano los que entran a casa y se terminaron las reuniones y comilonas tan apreciadas por mí.
Ya amagué miles de veces irme a mí Devoto querido, pero con Analía sacamos siempre la misma conclusión... que no es el mejor momento.
Me estaba acostumbrando a la soledad pero el encierro fue otro tema. La imposibilidad de salir de mi casa, de postergar estar con mis afectos, perder la noción de lo que pasa afuera y muchas veces terminar el día sin salir ni siquiera al patio son algunas de las graves cosas que voy tratando de revertir porque seguimos estando en pandemia y nadie puede estar seguro cuándo finalizará.
En lo más profundo celebro la decisión de darme la posibilidad de vacunarme a mí y a un montón de personas que están atravesando por la misma situación.
Cuando iba camino al Superdomo me latía fuerte el corazón y no me podía contener mi felicidad ante esta oportunidad. El operativo fue impecable y todo está tan aceitado que una se siente querida y cuidada.
El protocolo se cumple al 100 por ciento y parece de película todo el despliegue. A pesar de la distancia de las sillas y los barbijos una busca la forma de conversar y compartir ese momento con el compañero más cercano.
Durante la espera miraba los rostros de los otros y a muchos se les notaba la emoción en ese momento. También la necesidad de aferrarnos a algo que nos puede ayudar a dar pelea a ese maldito virus que tanto daño causó la humanidad.
A medida que se acercaba el carrito sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. La enfermera me vio nerviosa y me dijo que respire profundo. Ni sentí el pinchazo y cuando me dijo "listo" fue inexplicable la sensación que atravesó mi cuerpo.
Me fui contenta y lo que esperé tantos meses ni duró 30 minutos. Regresé a casa a escribir estas líneas y a terminar la edición del diario, pero esta noche es distinta para mí... me siento más segura y tranquila contra esta enfermedad a pesar que seguiré cuidándome como el primer día.

