Tenis Celestial, opinión de lujo (Por Pablo Cantagáli)
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El ex tenista sanfrancisqueño Pablo Cantágali, narró este increíble y maravilloso análisis sobre la final Roger - Rafa en Australia. A disfrutar.
Dícese desde siempre que Dios creó el mundo a imagen y semejanza suya, es decir perfecto. Y tenía que ser domingo, justo el día que el creador descansó, para que la perfección persistiera viva, aunque esta vez reducida a los extremos de una cancha de tenis que, casualidad o no, pintada de celeste cielo parecía infinita en sus límites para los tiros de los dos más grandes jugadores, y caballeros del deporte, que ha entregado el mundo de las raquetas, hablamos por supuesto de Roger Federer y Rafael Nadal.-

Quizá el transcurso de los acontecimientos deportivos hacía difícil prever un nuevo choque decisivo, ni más ni menos que en una final de Grand Slam, entre estos dos colosos del deporte blanco. Un Andy Murray que en 2016, luego de superar algunos fantasmas del pasado que lo atosigaban en las grandes paradas, se hizo dueño absoluto del circuito y un Djokovic que no sorprendería si recuperaba el firme liderazgo sostenido por dos intensos años, solo daban estrecho optimismo a ver a estos dos monstruos deleitarnos con sus últimas pinceladas aggiornadas y desprendidas del inexorablemente paso del tiempo y de las lesiones que empezaron a hacerse carne en aquellos desgastados cuerpos, probablemente como situación más novedosa en los treinta y cinco años de Roger Federer. Pero la vida nos cacheteó a todos otra vez y nos aleccionó. Unos elegidos de la talla de éstos dos finalistas nunca hay que ponerlos en la vitrina del descarte. No, nunca jamás.-
Sumergidos ya en la final de ensueño solo puedo decir que ni el más alto guionista o cineasta pudiera haber transcripto tanto dramatismo y emoción. Lo deseado por todos para llenarse los ojos del mejor tenis jamás visto, cinco sets en los que, el repertorio de golpes y de cambios de tendencias en el predominio parecían no acabarse más, con el consabido suspenso del caso.-
Un comienzo en donde Nadal quedó enganchado en un partido que tal vez no debía de serle tan inconveniente puesto que a la frenética velocidad con que la pelota cruzaba la red desde ambos lados el mallorquín se sabía con el plus en su adn deportivo de su aptitud defensiva, no tan agraciada y desarrollada en el bailarín suizo, esa que cuando lo ponen contra las cuerdas, cuasi rendido y a merced de la voluntad final del rival, sorprendentemente lo devuelve con tiros tan ganadores como desmoralizadores para el contendiente de turno. Pero, análisis técnico rudimentario superado, hoy no era el caso, un Federer con fina precisión y advertido de ello cerró esos pequeños resquicios que el zurdo encuentra para lastimar y selló el primer set para dar el primer golpe al mentón.-
Pero claro, de acero están hechos estos seres geniales, por lo que Nadal recogió el guante y apuntó en su repertorio la lección del momento. El partido no era, para él, uno de ritmo descontrolado, por lo menos no desde el inicio del punto, sino más bien uno de bolas rotadas con top spin, que con su pique alto desestructuren el arquitectónico revés con que hoy se nos presentó el suizo, para luego con más espacio sobre la mortal derecha del helvético si lograr jugarle rápido, pregonando el cambio de velocidad a ese sector para que su rival debiera testear su mejor arma, la derecha, sin estar afirmado sobre sus pies, sino haciéndolo a la carrera. Y la receta, conjuntamente a algún reflejo de relajación y desconcentración que exhibió el más grande jugador de la historia, sirvió para poner la pulseada en el mismo lugar de inicio, con los codos apoyados en la mesa y los brazos elevados y formando ángulo de noventa grados para ambos. Hasta ahí un rugido por lado y nada para nadie.-
Lo más desconcertante para alguien no entendido en la materia proseguía a continuación. Un Federer intratable, rozando la perfección de los relojes suizos machacaba con su saque, arma que lo sostuvo incluso en los momentos más críticos, sobre todo en el set definitivo, dando crédito a la incorporación de su equipo de trabajo al gran sacador croata Ivan Lubjicic; con su revés cruzado, y fundamentalmente con su derecha que, como bien lo sabía Roger, debía salir disparada como un rayo de su raqueta para encontrar brechas que lastimaran la férrea resistencia que, aún en momentos claramente desfavorables, cuando todo parecía un vendaval, seguía ofreciendo Nadal, quien aferrado al libreto de la bola alta sobre el revés de su admirado rival, proseguía en esa secuencia sin quizá poder imponerle en definitiva, a esa altura de la contienda, la cuota final restante para hacer un combo perfecto que le permitiera otra vez equilibrar acciones, esto es invertirse para jugar con su drive desde el sector donde más lastima, sin dar pistas de donde arroja los misiles por esconder con el perfil, y con la pelota casi superando la línea del cuerpo, la intención decidida con suficiente antelación por lo que la lectura de juego le impone pero decidida a ultimísimo instante para no dar al"gps" rival adivinación posible del rincón atacado. Ese 6/1 del tercer set a favor del oriundo de Basilea parecía sepultar todo lo que Nadal se proponía, pero además le mostraba la luz de bienvenida al cuarto set a un Federer que solo parecía necesitar un poco más de la misma dosis. Pero nuevamente no, el partido iba a reservar más episodios que ni la mejor ficción de las películas de Rocky, cambiando los predominios y vistiendo de héroes a uno y a otro boxeadores de aquellas tiras cinematográficas, hubiera podido representar, so pena de pecar de inverosímil y perdiendo la credibilidad de película de taquilla. Nadal salió en su mejor versión, esa que aparece cuando lo damos por muerto, reviviéndole en cuerpo y espíritu como a nadie se ha visto, desahuciando hasta al más entusiasta y optimista de las personas que creen la faena prácticamente culminada. Y entonces el partido volvía a ser de pronóstico indescifrable, incluso para los especialistas que se preguntaban que más quedaba por venir, más aún cuando a la previa del quinto y definitivo set Federer ingresa a los lockers privados debajo del estadio para ser masajeado en un aductor que ya en la semifinal ante su compatriota Wawrinka le recordaba que tres décadas y medias repercuten y son sentidas hasta en el más privilegiado de los cuerpos cuando la máquina es llevada al límite.-
Y el recomienzo del capítulo final parecía que iba a entregar lo que en 2009 había sido otro épico capítulo que el español atesora en su palmarés. Quiebre al esplendoroso servicio del diestro más ganador de la historia y salvadas milagrosas con su saque para pensar que la cabeza del suizo de una vez por todas iba a decir basta. Pero la sorpresa, y principalmente la lección, fue mayúscula cuando parece que la cabeza de Federer absorbió de la de Nadal (la más fuerte de la historia sin dudas) y no solo que no tiró la toalla, como con lógica hubiéramos los espectadores imaginado que ocurriría luego de predominar por largo tiempo y ver que todo ese imponderable esfuerzo se esfumaba una vez más, sino que además volvió a jugar en el tramo final el tenis que en la primera manga lo había posicionado como claro dominador, con todo lo que significa luego de la batalla librada por largas horas. Y recuperando el quiebre de saque cuando promediaba ese quinto capítulo y las chances se acotaban finalmente, y capitalizando otro más a renglón seguido llegó para sacar directo a campeonato y alzarse con un título grande luego de cinco años de sequía. Y entonces como si esto fuera poco todavía, por último, nos demostró que no solo Dios lo baño de tenis sino de una cabeza que expuso precisión quirúrgica en uno de esos momentos más delicados, cuando Nadal lo dejó 0-30 y por, enésima vez, parecía volver con los colmillos listos para engullir y enterrarse en el cuello enemigo. El suizo no se nubló, no arrugó, y pensó más que nunca que si la mayor presión estaba en la muñeca del español debía jugar con lucidez esperando el momento para dar el zarpazo de ataque. Así fue. Con un zurdo batallador que ya, prácticamente, solo atajaba con resignación y rogaba el sobrevuelo por fuera de las líneas de la pelota ajena, pero no lastimaba en demasía, diezmado físicamente, y viéndose superado en la batalla de misiles, era saber para el suizo que todo se volvía a la cuestión de esperar el "momento", apurar sin apurarse (como decía un viejo profesor local), arriesgar en la pelota más cómoda que hubiera en la secuencia de punto a jugar. Como corolario, en el segundo match point disponible para Roger, una derecha abierta al revés del ibérico que se besó con la línea no tuvo retorno y depositó al inoxidable suizo en el olimpo de los grandes campeones nuevamente. Así como todo el mundo quería pero que costaba volver a imaginar.-

