Taller de costura: oportunidades que se cosen puntada tras puntada
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En 2012, Rita Bergia y Sofía Agonil egresaron de ese curso para dar molde a su propio proyecto personal que les permitió salir adelante venciendo mandatos y prejuicios.
Detrás de cada máquina de coser del Taller Formador de Emprendedores Textiles, hay una mujer que comienza a escribir un nuevo capítulo en su vida.
En 2012, Rita Bergia y Sofía Agonil egresaron de ese curso para dar molde a su propio proyecto personal que les permitió salir adelante venciendo mandatos y prejuicios.
Ellas son solamente dos ejemplos de las 250 mujeres que capacitó la profesora Marisa Lombardo, quien desde hace ocho años brinda la posibilidad de aprender este oficio y encarar su emprendimiento.

Sofía Agonil vive en barrio Acapulco, desafiando los prejuicios que hay por ese lugar y tratando de crecer e invertir en su emprendimiento
Romper mandatos y crear en libertad
Un par de cortinas están sobre la mesa de Rita Bergia de 53 años. Ella las está arreglando, dejándolas lo mejor posible tal como se las pidió el cliente.
Ella está sentada con sus máquinas de coser que son sus aliadas, sus compañeras de vida en este nuevo capítulo que escribe, luego de haber tomado la decisión de separarse a los cincuenta, hace tres años atrás.
Da una puntada y sonríe. Está feliz con lo que hace que es algo impensado para ella hace tres años atrás. "La costura para mí es poder crear. A partir de los retazos que me van quedando hago cosas diferentes", contó la mujer, mientras sigue trabajando.
Poder vivir de este oficio le cambió la vida, pero ella sabe que debe cuidar a sus clientas. "Venís y me pedís un arreglito, yo te lo hago; necesitas que cambie el cierre del pantalón, también lo puedo hacer. Todos los días es un nuevo desafío para mí. Esto - señalando una remerita que se convertirá en musculosa- es algo que nunca hice pero voy a dejar conforme a mi clienta", sostuvo.
Dar un paso
Como muchas mujeres de su edad, Rita cursó los niveles primario y secundario además de computación; lo que por ese entonces era toda una novedad. Sin embargo, llegó el momento del matrimonio y atrás quedó esa formación para el futuro.
Típico de la época, apenas terminó el nivel medio su papá le regaló la máquina de coser, un símbolo del patriarcado de aquellos tiempos. "Eran otros tiempos. Dejé de estudiar y me dediqué a la crianza de mis dos hijos -hoy de 25 y 18- y a la casa", recordó la mujer.
"Hoy está mal visto que a una mujer le regalen una máquina de coser, pero para mí fue visionario ya que me dio independencia", explicó Rita.
Tras su divorcio, el Taller Municipal de Costura llegó como una oportunidad de salir adelante. "Cuando me separé mis hijos ya estaban grandes e independientes. En ese momento me dí cuenta que algo tenía que hacer porque siempre viví dependiente de mi marido. Tengo la suerte de vivir del alquiler de los departamentos del complejo en el que vivo pero no podía sobrevivir solo con esa renta, necesitaba generar otro ingreso".
"El Taller me abrió la mente. Por un lado, un mundo nuevo de la costura que no conocía donde empezamos de a poco con moldería en pequeño tamaño pero por otro lado, conocí la diversidad. Conocí chicas trans, que tal vez en otro momento de mi vida, no las hubiera conocido. Son personas maravillosas que tienen ganas de aprender y ellas me enseñaron que hay otras formas de vida", señaló.
Con el pasar de los meses, Rita compró otra máquina de coser que se sumó a la que estaba allí guardada. Después, agregó una collareta y sin quererlo, aparecieron los trabajos y con ellos, los ingresos. "Al principio no sabía cuánto cobrar. Le pregunté a una costurera conocida que siempre trabajó de esto y me dijo que lo que se cobra es el tiempo que lleva la mano de obra", agregó.
A la ropa, esta emprendedora le agregó otras producciones como carteras, neceseres, canastos para ropas entre otras cosas. Ya empezó a dar sus primeros pasos y sueña con tener su propia mercería. "No quiero más salir a comprar hilo y aguja, quiero tenerlo todo a mano y que nada me falte", concluyó.
Invertir rompiendo prejuicios
Sofía Milagros Agonil de 20 años hace menos de dos meses compró sus primeras máquinas de coser con mucho esfuerzo.
Con mucho esfuerzo montó un taller de costura en barrio Acapulco, donde vive con su mamá y su novio. La joven está dando sus primeros pasos en el mundo de la costura, pero no es fácil tener trabajo ya que son pocas las personas que le dan la oportunidad al vivir en ese sector de Josefina tan estigmatizado por la sociedad. "Cuando la gente pregunta por un trabajo y le digo la dirección, dejan de contestarme y pierdo la oportunidad", afirmó Sofía.
A pesar de ese prejuicio con el que lucha todos los días, esta jóven no baja los brazos y sigue invirtiendo en su futuro. "Todavía no vi importantes ganancias porque todo lo que gano lo invierto en materiales para mi trabajo y mantenimiento de las máquinas pero sí me permite subsistir", explicó.
La emprendedora reconoció que el Taller Municipal de Costura fue la única oportunidad que tuvo de poder acceder a un estudio fuera del colegio. "La costura es mi modo de vida porque fui como a tres entrevistas laborales y nunca me llamaron".
Además de los trabajos de reparación, modificación y confección de prendas también se animó a crear cartucheras y mochilas. "La costura es algo que siempre me gustó porque en la escuela me enseñaron. Pasaron dos años para que hiciera el curso y recién en 2019 pude hacerlo. Hoy es mi modo de vida, puedo tener algo pero sueño con seguir aprendiendo y creciendo", concluyó.
