Solo gracias
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Hay una especie de limbo en los desenlaces dramáticos como el que nos tocó vivir. Uno aprieta tanto el puño por aferrarse a la esperanza que por acto reflejo los músculos se relajan y tienden a soltar. Al mismo tiempo, aunque se espera el gol salvador, un instinto de supervivencia presenta escenas de consuelo para alivianar el dolor de antemano.
Entre esa utópica esperanza y la desesperanza más racional, los minutos transcurren como si fueran flashes. Ya ni nervios siente uno.
Todas esas sensaciones experimentaba, con el plus de tener que explicarle -otra vez- a mi hijo que en el fútbol a veces nos toca perder de la manera más dolorosa imaginable. Y él, con esa ingenuidad de los niños, comentó: "es el minuto 78, quizás sea una buena señal, si no tendremos que esperar hasta el 86".
Y cuando Rojo metió ese zapatazo como una estocada letal que se transformó en el elixir de la victoria, lo abracé con todas mis fuerzas y me avergoncé por no haber compartido su optimismo incondicional, al tiempo que le agradecí a estos jugadores por darnos una chance más de compartir este sentimiento tan argentino.
Porque la misma escena se debe haber repetido en cada hogar del país. Y ese gol del minuto 86 no podría haber sido tan catártico sin todo el sufrimiento previo. Y ellos, con defectos y virtudes, son los exclusivos responsables de esta fiebre que nos aqueja desde 2014.
Los históricos, sobre todo. Los más criticados, fustigados, los protagonistas de los memes, los que fueron blanco de todas nuestras miserias. Se arriesgaron a caer en el infierno de los eternos condenados por el solo premio de darse (de darnos) una vida más. Un sábado más.
Probablemente las monedas alcancen solo para una vuelta más, para el brindis final. Y muy probablemente, si eso sucede, volvamos a hacerlos presa de nuestra ira desmedida.
Pero al que no se le aflojaron los mocos con la entrega de Messi, con las corridas de Fideo, con el rostro ensangrentado de Masche o la terquedad del Pipa, no solamente no sabe mucho de fútbol, sino que tampoco entiende mucho de la vida.
Yo prefiero agradecer por ese zapatazo del minuto 86 y por todo lo que representa. Y si el sábado es la última función, que sea. Ningún resultado va a borrar todas las emociones que nos hicieron vivir.
